Comunidad judía de Palestina: ¿por qué no?

POR MARCELO KISILEVSKI

Por primera vez en las negociaciones sale a la luz la posibilidad de que los colonos judíos en los asentamientos en los territorios de Cisjordania, aquellos que no sean anexados a Israel, permanezcan en sus casas y vivan como ciudadanos comunes del futuro estado palestino. Esta vez es la reacción palestina la que pone de manifiesto una de las grandes paradojas del proceso negociador. 

JudiosArabes

“Vecinos llaman a la paz”. Judíos y árabes manifiestan por la convivencia del lado israelí. ¿Próximamente en Palestina?

La noticia fue tapa ayer, cuando la agencia de noticias francesa AFP citó a una alta fuente gubernamental según la cual el premier israelí Netanyahu “cree que en la paz, así como en Israel existe una minoría árabe, no existe razón lógica para en el estado palestino no haya una minoría judía, y que a los judíos que viven hoy en Judea y Samaria (Cisjordania) se les otorgue la posibilidad de quedarse allí”.

Por estas playas todos, a uno y otro lado de la Línea Verde, pusieron el grito en el cielo, y ahora veremos las razones. Pero cabe recordar que la incógnita de “qué hacer con los colonos” ya flota en el aire desde el primer día en que Israel, de la mano de Ehud Barak en Camp David versión 2000, instalara el principio de “intercambio de territorios”.

Según este principio, Israel anexaría ciertos bloques de asentamientos, cercanos a la Línea Verde, y entregaría todo lo demás. El cálculo grueso es de integrar a Israel a unos 150 mil colonos, y nada se decía de los restantes 200 mil. A cambio, Israel entregaría a Palestina, territorios actualmente bajo soberanía israelí, pero no poblados.

Con los años hubo insinuaciones de escenarios futuros. Se dice que si Ariel Sharón no hubiera caído en coma, habría continuado la retirada unilateral también en Cisjordania. Y que si su continuador Ehud Olmert no se hubiera enredado en la aventura de la Guerra del Líbano II en 2006, habría puesto en marcha un plan que ya tenía nombre: Operativo Convergencia.

En 2008, Olmert mostró al presidente palestino Mahmud Abbas (Abu Mazen) un mapa con ocho bloques de asentamientos que serían anexados por Israel y los territorios que serían entregados a cambio, a Palestina. Abbas pidió consultarlo, pero Olmert le dijo que era la línea roja y rehusó entregarle el mapa secreto, que fue filtrado por el diario Haaretz. Como quiera que sea, si bien el mapa de Olmert implica anexión, también significa la disposición tácita a renunciar a todo lo demás.

Un fantasma recorre Cisjordania

Ya el entonces presidente norteamericano George Bush hijo, durante el mandato de Ariel Sharón, había dado su beneplácito a Israel para la anexión -siempre a cambio de otros territorios- de tres de dichos bloques: Gush Etzion en el sur, Maalé Adumim al este de Jerusalén, y la ciudad de Ariel y alrededores en el norte de Samaria. Desde esa posición negocia desde entonces Israel: la anexión de los bloques es explícita; la renuncia a 200 mil colonos y sus asentamientos es tácita, pero siempre estuvo ahí.

El único que parecía advertir el problema parecía ser el Rabino Menajem Fruman de Tekoa, en el sur de Cisjordania, que hablaba de paz con imanes musulmanes, y que proponía la permanencia de los colonos en sus casas en un futuro arreglo.

Fuera de eso, el interrogante flotaba como un fantasma del que nadie hablaba: qué hacer con los colonos, pues, a la luz de la Desconexión de Gaza en 2005, queda claro que será técnica y políticamente imposible evacuar a todos. De repente sale la voz oficial: es un interrogante que habrá que resolver, dijo la fuente del Despacho del Primer Ministro en Jerusalén, y el premier no se opone a que permanezcan en sus lugares bajo soberanía palestina. Nada dijo de qué ciudadanía habrían de adoptar, ni de miles de detalles más, pero la piedra ya fue lanzada.

Del lado israelí, la derecha ya se ocupó de poner a Netanyahu en el banquillo de los acusados de alta traición. Naftali Bennett, líder del partido religioso nacional “La Casa Judía”, miembro de la coalición, dijo que “las palabras citadas son muy graves y demuestran una pérdida de cordura y de valores. Dos mil años de añoranza por Eretz Israel no pasaron para que vivamos bajo el gobierno de Abu Mazen”. Así se refirieron también personeros del ala derecha del propio Likud, como el vice ministro de Defensa Dany Danón y el vicecanciller Zeev Elkin, que hace ya un buen tiempo se la tienen jurada al titular de su partido.

Con todo, y a pesar de que como siempre no ofrecen solución alternativa al embrollo, las reacciones de la derecha israelí son previsibles. Lo que grita al cielo, en cambio, es la reacción palestina. El jefe del equipo negociador palestino, Saeb Erekat, fue contundente: “Todo aquel que hable de dejar a los colonos judíos en el estado palestino, de hecho está diciendo que no quiere un estado palestino. A ningún colono le será permitido permanecer en el estado palestino, ni siquiera uno, dado que los asentamientos son ilegales y la presencia de los colonos en territorios ocupados es ilegal”.

Es decir: mientras que Israel mantiene la igualdad de derechos de su minoría árabe, mientras también se le exige recibir a los refugiados palestinos, a los palestinos les está permitido negarse a poseer una minoría judía en su futuro estado, y las razones escapan a toda lógica.

Cuando el débil siempre tiene razón

¿Qué pasaría si los judíos que actualmente viven en territorio de lo que será el estado palestino pasan por un proceso de integración, anulando las desigualdades y ateniéndose a las nuevas leyes? Algunos dirán que se tratará de una minoría hostil, pero recordemos que la mayoría musulmana en el futuro estado palestino tampoco les será exactamente amigable. Así que dejemos eso por un momento y hablemos de principios.

Las negociaciones entre Israel y el futuro Estado de Palestina son las únicas en las que las exigencias de una parte son que millones de habitantes propios, pasen al territorio del adversario. En efecto, los palestinos tienen muchas exigencias que implican traslado masivo de población, luego que durante décadas vienen denunciándolo como violatorio de los derechos humanos: nos solamente millones de palestinos a los que llaman refugiados (a los que se han negado sistemáticamente a integrar, dar bienestar, vivienda, etc.) deberán pasar a Israel, en el marco del derecho al retorno palestino, sino que cientos de miles de judíos deberían abandonar Palestina y retornar al lado israelí.

Cuando se señala que la postura de Abu Mazen y Saeb Erekat de que “ningún judío permanecerá en territorio palestino” rememora el Judenrein de Hitler, los propalestinos se rasgan las vestiduras: no se puede comparar a Hitler con Abu Mazen. ¿Por qué? Porque los palestinos son la parte débil y Hitler era el poder, y porque los colonos viven como reyes y armados hasta los dientes, hacen vandalismo, etc. Pero en el marco de la paz, esto será modificado y los palestinos pasarán a ser el poder. Mientras tanto, en el altar de la debilidad palestina, la izquierda cae en la justificación de todas las atrocidades palestinas, tanto las de violencia física como las de violencia retórica. Y esto es violencia retórica.

A mis amigos de la izquierda les digo: la debilidad no otorga automáticamente la razón. Pues lo que están planteando los palestinos es un escenario para cuando dejen de ser débiles, para cuando posean en sus manos una maquinaria estatal igual a la de cualquier país, con poder para reprimir, para controlar, para dar ciudadanía o expulsar, para dar bienestar o para decidir sobre la vida y la muerte de sus habitantes. Yo también quiero el estado palestino y que dejen de ser débiles. ¿Pero qué diremos entonces de su ideología de no permanencia de judíos?

Los colonos deberán pensar qué harán en la perspectiva, por ahora lejana, de un estado palestino que quizás los incluya. Los palestinos, por su parte, deberán dar explicaciones: ¿por qué se oponen al nacimiento de la comunidad judía de Palestina?

¿Se puede ser pro-Israel y criticar a su gobierno?

Biniamín Netanyahu ofreció al mejor y más brillante defensor del “Caso de Israel”, el famoso abogado norteamericano Alan Dershowitz, ser embajador de Israel en la ONU.  Éste rechazó cortésmente la invitación, porque le crearía problemas con su ciudadanía norteamericana, pero además, según dijo, porque “tiene problemas” con la política israelí de asentamientos en los territorios.

Si en el post anterior hablábamos de la posibilidad o no de criticar las políticas de Israel desde una postura pro-israelí, tres iniciativas que son una, tocan esa posibilidad con por medio de la acción. Empezó J-Street (http://jstreet.org/), un grupo de lobbistas judíos norteamericanos que decidieron impulsar la política oficial de la Casa Blanca de impulsar la solución pacífica del conflicto palestino-israelí basada en “dos estados para dos pueblos”. Lo hacen como saben los estadounidenses, con mucho fundraising, con imagen, nivel intelectual y contactos en las altas esferas. Fue fundada por Jeremy Ben-Ami, ex asesor político de Bill Clinton, en abril de 2008.

Les siguió una iniciativa llamada J-Call (http://www.jcall.eu/?lang=es), que comenzó como un petitorio internético titulado “Un llamado judío europeo a la razón”, y fue lanzado como agrupación este 3 de mayo en el Parlamento Europeo en Bruselas, autoproclamándose como la versión europea de J-Street.
Por último, despacio, los latinoamericanos han decidido promover “J-Llamada” (http://www.petition.fm/petitions/jllamado), un petitorio titulado: “Un llamado a la razón: judíos lationamericanos por la paz en el Medio Oriente”. Lo impulsa Darío Teitelbaum, miembro de la dirigencia del movimiento Hashomer Hatzair Mundial, y la idea es también tender a convertirlo en movimiento. Los principios y el texto del petitorio son los mismos que en la versión europea:
 
Llamamiento a la razón

Ciudadanos de países Latinoamericanos, judíos, estamos implicados en la vida política y social de nuestros respectivos países. Cualesquiera sean nuestros itinerarios personales, el vínculo al Estado de Israel forma parte de nuestra identidad. El futuro y la seguridad de este Estado al que estamos indefectiblemente ligados nos preocupan.

Sin embargo, vemos que la existencia de Israel está de nuevo en peligro. Lejos de subestimar la amenaza de sus enemigos exteriores, sabemos que este peligro se encuentra también en la ocupación y la implantación ininterrumpida de los asentamientos en Cisjordania y en los barrios árabes de Jerusalén Este, lo que constituye un error político y una falta moral. Y esto alimenta, además un proceso de deslegitimación inaceptable de Israel como Estado.

Por estos motivos hemos decidido movilizarnos en torno a los siguientes principios :
El futuro de Israel pasa necesariamente por el establecimiento de una paz con el pueblo palestino según el principio de “dos Pueblos, dos Estados”. Lo sabemos todos, es urgente.

Pronto Israel deberá enfrentarse a una alternativa desastrosa: o convertirse en un Estado donde los judíos serían minoritarios en su propio país o establecer un régimen que deshonre a Israel y lo transforme en un campo de guerra civil. Si bien la última palabra pertenece al pueblo soberano de Israel, la solidaridad de los judíos de la Diáspora les obliga a actuar para que esta decisión sea la correcta. La alineación sistemática en favor a las políticas del gobierno israelí es peligrosa ya que va en contra de los intereses verdaderos del Estado de Israel.

Queremos crear un movimiento latinoamericano capaz de hacer oír la voz de la razón a todos. Este movimiento se sitúa más allá de desacuerdos partidistas. Ambiciona trabajar por la supervivencia de Israel como Estado judío y democrático y dicha supervivencia se ve condicionada por la creación de un Estado palestino soberano y viable.

Más allá del escándalo que pueda producir su contenido pro-estado palestino, la novedad de estas tres iniciativas, que son en realidad una sola, no es esa. En efecto, la idea de “dos estados para dos pueblos” ya había sido instituida en los avatares del proceso de paz desde la Hoja de Ruta, el primer documento -elaborado por la Administración Bush (hijo)- que explicitó las palabras “estado palestino” como estación terminal de las negociaciones. El documento, recordemos, fue firmado por el entonces primer ministro israelí Ariel Sharón y refrendado por el gabinete israelí. La última expresión oficial fue el pronunciamiento del actual premier, Biniamín Netanyahu, en su discurso de Bar Ilán, en favor de la fórmula de dos estados.  La verdad es que, con su llamado a la paz y a dos estados, estos judíos de la Diáspora no están haciendo más que dar un espaldarazo a lo que ya es política oficial del Estado de Israel.

Por eso, no es ésa la innovación de J-Street y sus vástagos. A decir verdad, se trata por ahora de llamados a la paz bastante generales y, si bien se lee, simplistas: paz en el Medio Oriente, dos estados, no a la construcción en los territorios, incluido Jerusalem, hasta que se decida qué pasará allí. Eso es todo. La idea, lo declaran ellos mismos, es ser abarcativos, tratar de superar las diferencias partidistas, anteponiendo la preocupación por la letigimidad y la seguridad de Israel como estado judío.

La novedad, en cambio, es que se trata de judíos de la Diáspora que intentan romper un tabú: el de que “nuestros desacuerdos los ventilamos sólo puertas adentro”, pues “críticas de judíos son utilizadas por los antisionistas para deslegitimar a Israel”.

Ya he dado mi posición al respecto en más de un lugar y ocasión: este argumento se ha utilizado para censurar a las izquierdas comunitarias, más que lo que ha servido a la hasbará de Israel o a la lucha contra el antisionismo. En la era de Internet, no se puede plantear como real que, por ejemplo, la prensa crítica israelí se acalle. Se ha llegado a asegurar que el escritor israelí  “Amós Oz y muchos como él son los peores enemigos de Israel”. ¿De verdad se pretende que Amós Oz, Premio Israel y Premio Príncipe de Asturias, entre otros premios, deje de escribir lo que piensa y que sus artículos no sean traducidos al inglés y al español? ¿De verdad piensan que el silencio de Amós Oz sería “bueno para los judíos”? Al contrario, Amós Oz debe seguir escribiendo, y a él se le deben sumar voces judías pro-israelíes en la Diáspora.

El mentado tabú está basado en ciertos supuestos erróneos o irrealistas:

- Como está dicho, “los antisionistas se basan en opiniones judías para atacar a Israel”. Vean, si no, el ejemplo de Noam Chomsky. Respuesta: el problema es que los judíos pro-israelíes no habían hecho hasta ahora oír su voz. Noam Chomsky es un judío judeófobo, enfermo de auto-odio. Aquí hablamos de voces judías sionistas que se atreven a disentir desde el amor a Israel, desde el denominador común entre izquierda sionista y derecha sionista, de la defensa del derecho de autodeterminación del pueblo judío. A partir de ahí, el judío diaspórico no debe estar obligado a defender toda política del gobierno israelí de turno. Esa censura interna es la que ha terminado por alejar a masas de judíos de los ámbitos comunitarios institucionalizados. Lo que faltaba no era una voz judía crítica, sino una voz judeo-sionista crítica.

-“Los antisemitas no deben ver nuestras divisiones; debemos mostrar una imagen de fuerte unión, y sólo así los disuadiremos de atacar nuestra legitimidad”. Como se diría en inglés: yeah, right. Los ataques, lejos de disminuir debido a la supuesta unión, aumentan, con o sin ayuda de los Amós Oz del mundo. Yo prefiero otra estrategia: no dirigirnos a los antisemitas deslegitimadores, sino a la gran mayoría que desea entender la complejidad del conflicto desde el derecho de todos los pueblos a su autodeterminación, incluido el judío. A esa gran mayoría, yo quiero contarle de nuestra pluralidad, nuestra disidencia interna, nuestra política de inclusión de todas las opiniones, cuyo denominador común son el sincero deseo de paz.

-“El gobierno israelí necesita ‘silencio de radio’ en la calle judía, un alineamiento incondicional con el estado israelí”. Nuevamente, este supuesto confunde entre estado y gobierno. Las comunidades están unidas incondicionalmente con Israel como estado judío, pues es un componente central -aunque no el único- de su identidad como pueblo. Pero eso no significa que deban apoyar sus políticas coyunturales.

Más aun: el gobierno de turno no quiere “silencio de radio”, sino apoyo a sus políticas gritado a los cuatro vientos. Lo busca con fruición Biniamín Netanyahu cuando habla ante AIPAC, y cuando recluta a Elie Wiesel para que haga hasbará “pro-israelí”, que es en realidad pro-gobierno de derecha israelí.

Tengo noticias para ustedes: yo estoy de acuerdo con Bibi, aunque ahora mis amigos de la izquierda frunzan la nariz. Me parece absolutamente legítimo que Netanyahu busque apoyo donde le dé la gana. Que lo haga en AIPAC, que lo haga en Francia con Elie Wiesel, y que mande a Avigdor Liberman a buscar el apoyo de la AMIA a su gobierno, aunque la institución judeo-argentina esté dirigida por el Laborismo; allá ellos y sus incoherencias. Estoy incluso de acuerdo con que el Likud israelí recaude fondos en USA para sus campañas electorales.

Con lo que no puedo estar de acuerdo es con la hipocresía de estimular voces judías diaspóricas cuando están a favor de su gobierno, pero censurar las voces judías diaspóricas que le están en contra. Si se abre el juego a las voces judías diaspóricas, que se abra para todas ellas.

Pero tengo mejores noticias aun: el gobierno israelí no es hipócrita porque no censura ni puede censurar nada, sino que la autocensura viene de adentro. La verdad es que a Israel le importan bien poco, lamentablemente, las repercusiones de sus políticas en las comunidades judías del exterior. Y por eso es peligroso, no solamente para Israel sino también para las propias comunidades, alinearse con todas las medidas, políticas y acciones del gobierno de Israel de turno. Parafraseando a Clemenceau, la identidad judía es demasiado importante para los judíos de la Diáspora, como para dejarla en manos de Israel y, mucho menos, de los antisionistas.

Es hora de otra mirada judeo-diaspórica sobre Israel. Una mirada de militancia por reafirmar el derecho del pueblo judío a su propio estado, pues esa es la línea roja, y es innegociable. Una mirada, también, que no se alinee automáticamente con todo lo que hace Israel en tal o cual situación. Una mirada que sirva también a sus hermanos en Israel para obtener otra perspectiva: ni mejor ni peor, sencillamente con otro ángulo. Una mirada que sirva de posibilidad a los judíos de relacionarse de otra manera con el Israel que en el fondo aman. Una mirada que le sirva al judío diaspórico preocupado para hacer la defensa de Israel desde una postura que no violente sus principios en pos de la paz.

Biniamín Netanyahu ofreció al mejor y más brillante defensor del “Caso de Israel”, el famoso abogado norteamericano Alan Dershowitz, ser embajador de Israel en la ONU.  Éste rechazó cortésmente la invitación, porque le crearía problemas con su ciudadanía norteamericana, pero además, según dijo, porque “tiene problemas” con la política israelí de asentamientos en los territorios.

Israel también se puede beneficiar la nueva voz del judío diaspórico, al ganar a un amigo que le sea sincero, que le diga de verdad, y sin obsecuencia, lo que espera de él.

Una visita a Caracas

Un pasaje del Hatillo, el sector típico de Caracas.

Acabo de volver de Caracas, donde participé como docente en el novelísimo proyecto de Diplomacia Pública Israelí, que ya está haciendo olas en América Latina, conocido como “La otra cara”. Se trata de impartir seminarios en distintos ámbitos comunitarios sobre actualidad israelí, y sobre “Hasbará”, la exposición clara y complejizante de la posición israelí, ante lo que se interpreta como opiniones deslegitimizantes del derecho de autodeterminación del pueblo judío en Israel.

Tengo mis opiniones personales acerca de este fenómeno. No soy conocido como un portavoz del Israel oficial, y creo que es bueno hacer escuchar voces críticas en proyectos de Hasbará. Creo que le agrega una imagen de pluralismo saludable, tanto a la sociedad israelí como a toda comunidad judía en las diversas diásporas. Creo en la posibilidad de una hasbará crítica basada en los siguientes principios:

1) El pueblo judío tiene derecho a su estado, e Israel es probablemente el logro más inmenso de la historia judía.

2) Negar este derecho desde círculos que, a renglón seguido, defienden el derecho de autodeterminación de todos los demás pueblos menos el de éste que nos ocupa, huele a judeofobia, aun desde una postura de izquierda israelí. Esa debe ser una línea roja, tanto para el sionismo de izquierda como el de derecha, y de todos los no judíos que dicen defender el derecho de autodeterminación de los pueblos.

3) A partir de esa línea roja, tengo derecho a la crítica, tanto dentro como fuera de Israel. Se critica lo que se ama, como lo dijera el fundador del judaísmo conservador en América Latina, el Rabino Marshall Meyer. Como amante de Israel, desde esa base de defensa del derecho a la existencia de Israel como estado del pueblo judío, tengo derecho a criticarlo, para que sea mejor. Es más, como lo digo a mis amigos en todas las comunidades, éstas no tienen por qué defender toda política de todo gobierno israelí. Porque Israel, además del derecho a existir, tiene derecho a la imperfección. Y a veces, como lo sabe todo progenitor, un buen tirón de orejas (bueno, hoy es un buen diálogo constructivo, o “cinco minutos solo en el cuarto para pensar”, el chas chas en la cola ha quedado hasta nuevo aviso fuera de la corrección política…) también es una muestra de amor. A veces, desde lejos se ven las cosas con una perspectiva diferente, no necesariamente mejor, pero sí distinta.

4) Los llamados a no criticar por parte de las dirigencias comunitarias, que temen “dar pasto a los leones antisionistas” son legítimos y comprensibles, porque el temor es comprensible. Pero a veces esta discusión conlleva el intento de censurar a la oposición dentro de las comunidades, que también tienen su interna. Los antisionistas -aquellos que critican a Israel no desde un intento de mejorarlo sino desde el de deslegitimar su derecho a la existencia- no necesitan del pasto de nadie para ser antisionistas-judeófobos. O, en todo caso, siempre lo habrán de encontrar. Ante tal realidad, perdido por perdido, yo estoy por la sinceridad, puertas adentro y puertas afuera.

5) Desde el otro rincón, creo que la izquierda sionista ha dejado el campo de la Hasbará demasiado en manos de los “hasbaristas clásicos” con visiones más conservadoras, cuando hay temas en los que izquierdistas judíos de buena voluntad deberían hacerse preguntas como: ¿Qué tiene que hacer Israel en la agenda de agrupaciones como Quebracho?? ¿No nos debieran molestar las críticas que pretenden socavar las bases de Israel como expresión de la autodeterminación judía? Las respuestas y las acciones para con estos fenómenos extraños -pero ya no sorpresivos- no debieran venir sólo de la derecha comunitaria.

El proyecto “La otra cara” es una buena noticia, porque deja lugar a todas estas y otras opiniones y modelos en Hasbará, desde la Hasbará clásica, pasando por la Diplomacia Pública, más dialogal, hasta el último grito de la moda, el Branding, la construcción de Israel como marca (ver post al respecto). Se plantea la formación a largo plazo de judíos y no judíos en lo que realmente ocurre en el Medio Oriente, con una visión pluralista, desmitificadora y complejizante. Está dirigido por mi amigo y colega Gabriel Ben Tasgal, un periodista y docente de intensa trayectoria en Hasbará, Educación y Medios, que lo concibió bajo el modelo de un arte marcial, con “Dargot” o “Niveles” que hay que ir atravesando en el camino del conocimiento. El racional es promesa de continuidad, que es el problema de muchas iniciativas en el área.

En Caracas dimos dos seminarios, uno para dirigentes comunitarios y otro para jóvenes en edad universitaria, con diverso grado de participación y liderazgo en marcos diversos. El guante del proyecto lo levantó la Unión Mundial Macabi y CLAM, la Confederación Latinoamericana Macabi, con la intención de llevar estos seminarios a todo el continente, a nivel local y con seminarios regionales. Heroína si las hay del proyecto es Anabella Jaroslavsky, directora ejecutiva de CLAM y Hebraica de Caracas, que supo verlo como propio.

Estuvimos también con periodistas locales, y dimos conferencias en varias universidades caraqueñas. Descubrimos que las posturas antiisraelíes están muy lejos de haberse hecho carne en todo claustro o pasillo universitario, ni en todo medio de comunicación en el convulsionado país. A veces, muy por el contrario.

Pero la comunidad judía venezolana está atribulada por razones conocidas. Muchas veces, hablarles y aclararles los tantos acerca de Israel es trabajar acerca de su identidad judía. Por momentos, es terapia de grupo, con todo y catarsis. Porque Israel está en el centro de su identidad y de su afecto, ya sea por ellos mismos o porque se los recuerdan los críticos deslegitimadores. Y si el afuera no hace diferencia, es mejor saber de qué se los acusa y cuál es el caso de la defensa.

Nos fuimos de Caracas contentos, cargados de “chuches”, después de varias sesiones de arepas, paseos por el Monte Ávila y el Hatillo, y de charlas sobre lo que vendrá. Yo me fui encantado con la hospitalidad venezolana, el carácter cordial y el sentido de profesionalismo. Muchos venezolanos me pusieron cara de “pobre idiiota, no tienes idea”, cuando se los digo como observador desde afuera, que anduvo por allí apenas una semana, pasando horas en sus simpáticos embotellamientos urbanos. Pero yo les insisto:  es cierto, y no tengo un pelo de tonto (como reza una publicidad local): ustedes pierden muchas horas hombre por día, tienen muchos problemas políticos y socio-económicos, pero eso no niega que tienen mucho sobre lo que construir.

Ni Madoff, ni Einstein

Esta semana, por no decir este año, estuvo signada, signado, por judíos e israelíes que se portaron y se portan mal. Digo año por Madoff, que ya fue condenado a unos cuantos añitos en prisión. Pero esta semana se le agregaron una madre ultraortodoxa que tal vez casi mata a su hijo de inanición, una banda de israelíes que tal vez trafican con óvulos, explotando quizás a adolescentes rumanas en Bucarest, y ahora una quizás mafia de rabinos pro-Shas en Nueva York, que posiblemente han lavado toneladas de millones de dólares utilizando para ello, y quizás, asociaciones de beneficencia en Israel.

No es improbable que salgan los antisemitas de siempre con sus diatribas: “¿Ven? ¡Se los dijimos! Así son. Es el judaísmo internacional en su máxima expresión! Ta, no podemos esperar otra cosa de los antisemitas de siempre.

Pero a mí me interesan los de mi lado, los judíos, que al fin y al cabo soy uno de ellos. Los delincuentes israelíes y judíos en el mundo, ponen en un brete al “pueblo judío”. Porque existe un “pueblo judío que cierra filas”. A veces las cierra tanto, que espanta a otros, a los que después sorprende que pasen a llamarse los “desinstitucionalizados”. Y los medios de comunicación del “pueblo judío que cierra filas” escacearon en la información sobre estos casos, salvo honradas excepciones.

El “pueblo judío que cierra filas” es el que se escandaliza cuando los antisemitas atacan al pueblo judío como un todo cuando un judío comete un delito. “Que lo condenen por delincuente, no por judío; la generalización es prejuicio antisemita”, claman con razón. Pero el mismo “pueblo judío que cierra filas” es el que, a renglón seguido, escribe artículos y libros sobre “el aporte del pueblo judío al mundo”, y como ejemplo ponen a Einstein, a Freud, a los escritores, a los inventores de ICQ y a todos los Premios Nobel.

¿En qué quedamos, vive Agnón? ¿Se puede generalizar respecto de lo judío o no se puede generalizar? ¿O acaso se puede generalizar sólo si es a favor? ¿Se puede ensalzar al pueblo judío por haber dado al mundo a Einstein, pero no se lo puede juzgar por haber dado al mundo a Madoff? De verdad, oh, hermanos judíos, ¿cuál es ese “mérito judío” que ha generado a Einstein, distinto del “desmérito judío” de haber generado a Madoff? Mmm, disculpen, pero yo, judío, respiro un leve tufillo a prosemitismo, que no es menos peligroso que el anti. Porque la generalización en contra ha dado origen a la violencia antisemita, eso queda claro. Pero la generalización a favor hace algo más sutil, y por lo tanto más grave: legitima la generalización, sea del signo que sea. Y al hacerlo, deslegitima la denuncia.

Madoff es un delincuente, y no se lo ataque ya por su origen o apellido.Einstein fue un genio, y no se lo alabe ya por su origen o apellido.

Y que quede bien claro: yo no tengo nada contra los judíos. Es más, mis mejores amigos lo son. Boina semana.

Pastillas electorales

"A la hora de la verdad, Barak". Siempre y cuando Bibi mire para otro lado, y a Tzipi -como en todos los carteles de Jerusalem- le escrachen la cara, para que nos libre de todo instinto carnal (de votarla).

"A la hora de la verdad, Barak". Siempre y cuando Bibi mire para otro lado, y a Tzipi -como en todos los carteles de Jerusalem- le escrachen la cara, para que nos libre de todo instinto carnal (de votarla).

 

Me siento como en uno de esos diarios argentinos de los años ’40, que usaban palabras como “misceláneas” para sus crónicas costumbristas. Acá lo de “pastillas” es eso y además política, pero quizás sea también, para algunos, pastillas contra la náusea. Ahí vamos.

Día de fiesta

En fin, hoy los israelíes salen a votar y después a gastar en el kenion (shopping, mall). Porque llueve y está feo ahí afuera, y además porque los israelíes, tan acostumbrados a paseos en la naturaleza, están ya acostumbrados, también, a paseos por el ruido de la ciudad y el consumo. Y hoy los kenionim aprovechan, con cientos de ofertas, que mejor ni aparecer por ahí. Parafraseando un aviso estatal, a veces, también un día de fiesta puede ser una pesadilla…

Y en la política

Lo más interesante de estas elecciones es el ascenso de Avigdor Liberman, del partido de derecha, a la derecha del Likud, llamado Israel Beiteinu (Israel es Nuestro Hogar). Las claves habrá que buscarlas en el miedo, las mismas cuerdas que toca desde el comienzo de su carrera Biniamín (Bibi) Netaniahu, líder del Likud y favorito en las intenciones de voto. Así quedan, en este orden: Likud, Kadima (Tzipi Livni), Israel Beiteinu, Avodá (Ehud Barak).

En efecto, en las últimas encuestas Liberman se convirtió en el tercer partido, luego de Likud y Kadima. En estos dos últimos partidos la brecha se ha achicado hasta alcanzar los 3 mandatos de diferencia.

Liberman parece concentrar en sí la suma de los miedos israelíes, empezando por el “asunto no terminado en Gaza” frente al Hamás, y siguiendo por el “enemigo interno”, los árabes israelíes, que para el líder derechista, ex mano derecha de Netaniahu, ex militante (en su lejana juventud) del movimiento de ultraderecha religiosa Kaj, son “peores que los externos”.

La coalición de sus sueños

Si de miedos hablamos, Bibi teme a Liberman. Dice en su campaña que votar a Liberman no asegura un gobierno “nacional”, o sea de derecha. Hay que votarlo a él. Liberman dice que al contrario, votando Israel Beiteinu, se asegura el gobierno de Bibi. Es como votar con boleta doble, como en los regímenes presidenciales. “Votá a Liberman para la Knesset, estarás votando también a Bibi para primer ministro”.

Para Bibi, no sólo se trata de la posibilidad de, al final, perder frente a Kadima hoy. Se trata también de un abrazo de oso: él no quiere ser el “puntal izquierdo” de su propio gobierno. Su coalición de los sueños está formada por muchos: Liberman, Shas, Avodá (con Barak como su ministro de Defensa), y entonces sí, se puede invitar a Ijud Leumí por derecha, a Iahadut Hatorá e, incluso, a Kadima. A Tzipi le será difícil rechazar, porque ella quiere “ganar y llamar a un gobierno de unidad nacional”. Si pierde, no se sentirá muy unida, pero tampoco será muy coherente si rechaza.

Esperanza para Guilad Shalit

Mientras tanto, en Ciudad Gótica, Egipto ha logrado en los últimos días, con mucho trabajo de hormiga, ir quebrando la oposición de Irán y de Hamás-Damasco a un acuerdo de cese el fuego entre Hamás-Gaza e Israel. Logró que Israel aceptara que un alto líder oculto en los bunkers, Mahmud A-Zahar, pudiera asistir a las negociaciones en El Cairo sin que le cayera un misil israelí encima. Su presidente, Hosni Mubarak, logró que A-Zahar viajara a Damasco a convencer a Khaled Mashal, líder político del Hamás en el exilio, de que dejara al pueblo palestino en paz y cerrara trato para dar vuelta de página.

Mubarak logró también algo para Israel: incluir a Guilad Shalit en las negociaciones. Antes, Hamás se oponía, insistiendo en que se trataba de dos asuntos separados: por un lado, los Qassam y los pasos fronterizos; por otro, Guilad Shalit y el intercambio de prisioneros.

Ahora, el trato, que pareciera inminente, según fuentes egipcias, incluiría todo de un saque: cese de las hostilidades mutuas, apertura paulatina de los pasos fronterizos, incluido el de Rafah entre Gaza y Egipto; intercambio entre el soldado Guilad Shalit y cientos de presos palestinos en cárceles israelíes. Éstos, advirtieron los medios en Israel,  incluirían a terroristas que han perpetrado atentados terribles: el del Hotel Park en Natania, durante el Seder de Pesaj de 2002, en el que 30 civiles israelíes fueron masacrados; los terroristas del restaurante Maxim en Haifa, en octubre de 2003, donde 21 comensales fueron asesinados por una mujer suicida de la Jihad Islámica; también serían liberados los asesinos del entonces ministro de Turismo, Rehavam Zehevi (a) Gandhi.

Egipto e Israel están corriendo contra el reloj, para que estos temas se resuelvan todavía en tiempos de Ehud Olmert, y no en los del nuevo gobierno, y para limpiarle el escritorio a Obama.

En Israel, en tanto, parece ser que la sociedad israelí está dispuesta a pagar el altísimo precio de este dilema de vida o muerte, en el que ninguna solución es aceptable. Sólo se está eligiendo la menos terrible.

Y en Caracas

Una sinagoga ha sido incendiada.

Punto final.

¿Hacia una tercera Intifada?

Vista de Acco, por lo general.

Vista de Acco, por lo general.

Parece que Taufik Jamal, taxista de Acco, actuó con poca inteligencia, pero sin malas intenciones, cuando entró en una calle judía de la ciudad con su coche, ya comenzado el Día del Perdón el miércoles por la noche. Según testigos y gente que lo conoció y publicó, es un hombre maduro, padre de familia a la que mantiene con un taxi, y que asegura que no viajaba rápido ni con música a alto volumen, como lo acusaron. Pero, diga o no la verdad, no es eso lo que importa. Lo verdaderamente importante es que sobre sus hombros podría cargar con el comienzo de una nueva Intifada.

Porque los judíos se enojaron y respondieron a la provocación, intencional o no, con un casi linchamiento. Y los árabes de su barrio, el barrio Wolfsohn, respondieron con disturbios y pedradas. Y los judíos, entonces, no se quedaron atrás, y hoy quemaron una casa árabe. Para muchos judíos, todo esto “demuestra” que “con los árabes no se puede convivir”. Bueno, ok. Pero cuidado, porque para muchos árabes, esto “demuestra” exactamente lo mismo, pero al revés.

Y decir que “ellos empezaron” es infantil. No porque dude o no de que Jamal diga la verdad, ni porque crea o no que su acto fue estúpido pero inocente. De nuevo, eso es irrelevante. Es infantil, porque, primero: si los árabes empezaron, los judíos siguieron; devolvieron con la misma moneda, y en extremo. Segundo y más importante: porque, en ese caso, Jamal no fue más que el emergente de una tensión que ya existía. Y que la tan “emocionante” convivencia entre árabes y judíos en Acco era una ilusión. La pregunta no es quién empezó, sino cómo fue que se desarrolló el odio mutuo que estalló el miércoles.

Está bien que la policía prevenga, que contenga, que arreste. Pero el gobierno tendrá que ponerse las pilas para atacar el problema. Abrir canales de diálogo, no suspender el Festival de Teatro de Acco. Escuchar a los vecinos, resolver problemas concretos, proponer proyectos, generar acuerdos.

Una de las razones por las cuales los árabes israelíes están cada vez más disconformes es por la desigualdad en las políticas de desarrollo, en paralelo con el mensaje democrático del país. Se trata de un mensaje para esquizofrénicos: los árabes son iguales ante la ley, gozan de todas las libertades y tienen 10 diputados en la Knesset, ya hasta un ministro. Pero las zonas industriales, construidas por el estado, y el estímulo a la inversión y el desarrollo, son para los poblados judíos. No hay una sola zona industrial árabe en Israel. Y eso, en paralelo con un proceso de desagrarización y proletarización de la minoría árabe que viene desde la creación del estado. Los sociólogos Horowitz y Lissac lo llamaron “proletarización sin industrialización”. Y eso como ejemplo y síntoma.

El mensaje esquizofrénico funcionaba quizás con los padres y abuelos de los actuales jóvenes árabes, que fueron los derrotados en la Guerra de la Independencia en 1948-49. Sólo podían estar agradecidos de, a pesar de quedar incluidos en el estado vencedor, no fueron expulsados ni, mucho menos, eliminados o sometidos, sino que, para su sorpresa, les fue concedida la ciudadanía y la igualdad legal. Con eso podían darse por conformes.

Pero sus hijos ya nacieron dentro de la democracia israelí. Ellos no perdieron ninguna guerra ni atacaron al naciente estado judío, y comparten, no sólo la igualdad, sino el atrevimiento, la “jutzpá” israelíes. Si el estado es democrático, los árabes de hoy no pagar las culpas de sus padres y abuelos. Si el estado dice que es democrático, que lo sea hasta el final, dicen. Si va a haber nuevos barrios y poblados judíos, que los haya también árabes, si hay ayuda para los estudios para los judíos, que la haya también para los árabes. Aunque más no fuere, con un “ulpán”. Estos son dilemas que el estado no ha resuelto, pero existe el temor de que no sepa, no esté interesado, o no esté capacitado para resolver.

Si hay una buena noticia en todo esto, es que no hay aquí racismo involucrado, sino un dilema no resuelto: la discriminación positiva del pueblo judío visto como minoría perseguida en el mundo en perspectiva histórica, al precio de una discriminación de otra minoría dentro de la actual coyuntura del pueblo judío como poseedor justo de un estado. Confío en que se trata de un gigantesco malentendido. No estoy convencido de las intenciones ni de la inteligencia de los tomadores de decisiones para resolverlo con seriedad.