Murió un duro entre los halcones de la política israelí

POR MARCELO KISILEVSKI

Tenía 85 años. Y fue uno de los últimos veteranos que fundaron Israel. Ex general, ministro de Defensa y premier, estaba en coma desde hacía ocho años. Fue una figura intensa y controvertida.

Image TEL AVIV. ESPECIAL PARA CLARIN – 12/01/14 Dejó de respirar, luego de ocho años de coma, quien fuera uno de los políticos más famosos y controvertidos de la historia israelí, Ariel Sharon. Fue uno de los últimos veteranos que fundaron el país junto con David Ben Gurion, y que acompañaron como el asesinado Yitzhak Rabin, o el presidente Shimon Peres, la historia de Israel desde sus comienzos. En diciembre de 2005 cayó en coma, luego de dos infartos cerebrales. Una insuficiencia renal lo llevó al colapso primero y al final después. Sharon nació como Ariel Sheinerman en el poblado de Kfar Malal, en 1928, en una familia de pioneros agrícolas provenientes de Rusia. En 1945 se incorporó a la Haganá, la principal milicia clandestina judía en la Palestina del Mandato Británico, que luchaba contra la potencia colonialista y contra las milicias árabes locales. La Guerra de Independencia, en 1948, lo encontró como comandante de pelotón, y fue herido de gravedad en la batalla de Latrún. Al parecer, la herida sería fundacional en su ideología y en su accionar posterior. En la Guerra de los Seis Días, en 1967 fue factor clave, al frente de la División 38, en la conquista de la Península del Sinaí de manos de Egipto. La Guerra del Día del Perdón, en octubre de 1973, fue la última guerra de invasión emprendida por Egipto y Siria, pero que tomó por sorpresa a la mayoría de los israelíes y al gobierno de Golda Meirpreso de una concepción según la cual los países árabes ya no se atreverían a atacar a Israel. Luego de una desventaja inicial, Sharonimpulsó y condujo un audaz operativo, resistido en principio por el alto mando, para cruzar el Canal de Suez pasando entre fuerzas egipcias, lo que empujó a El Cairo a pedir el alto el fuego. Pero uno de los episodios que más trascendieron al mundo fue el papel de Sharon como Ministro de Defensa durante la Primera Guerra del Líbano en 1982. Uno de los incidentes más graves fue la matanza de palestinos por las falanges cristianas en los campos de refugiados de Sabra y Chatila. La comisión investigadora israelí Kahanadeterminó la responsabilidad indirecta de Sharon y del propio Menajem Begin (“No se les podían haber escapado los hechos de las falanges”, rezó el informe), que un año después renunció y se retiró de la política hasta su muerte. Sobre Sharon, la comisión r ecomendó que no se le permitiera retomar Defensa. Nada dijo de la posibilidad de que fuera Primer Ministro. En 2000, luego del fracaso de las conversaciones de Camp David entre el premier israelí Ehud Barak y el presidente palestino Yasser Arafat, Sharon efectuó como jefe de la oposición una resonante visita al Monte del Templo, donde se halla la Mezquita de Al Aqsa. Lo hizo acompañado de mil efectivos de policía por temor a disturbios y, según se supo luego, con la anuencia del Waqf, la autoridad religiosa a cargo de los lugares santos para el islam en Jerusalén, que había asegurado al gobierno israelí que no habría incidentes. Las razones de la Intifada de Al Aqsa son más profundas, deben buscarse en l a frustración palestina por el fracaso del diálogo de paz y la continuación de una situación incierta. Sin embargo, y aunque ya había habido incidentes pocos días antes, la visita de Sharon se inscribió como la chispa que la encendió. Luego de numerosos cargos ministeriales, Sharon llegó a la jefatura de gobierno en 2001, pero no fue sino hasta 2005, ya al frente de Kadima, el nuevo partido que fundó luego de perder en las internas del Likud frente a Benjamin Netanyahu, que efectuó su acto más dramático y, tal vez, el más controvertido: la retirada unilateral de la Franja de Gaza. Muchos, incluida la propia Autoridad Palestina presidida por Mahmud Abbas, se oponían a la jugada: el fundamentalista grupo Hamas, opuesto Al Fatah de Abbas, era hegemónico en la Franja, decían, y la policía palestina no era suficiente para imponer control. Pero Sharon insistió, con el argumento de que “no hay con quién hablar de paz” en el lado palestino y, por lo tanto, se deben efectuar medidas “que aseguren la mayoría judía en el Estado de Israel”, al replegar las tropas hacia líneas más defendibles, según dijo. La retirada se efectuó en agosto de 2005, y las imágenes de los 8.000 colonos judíos evacuados a la fuerza recorrieron el mundo. El resultado, si bien pudo haberse leído como el principio del fin de la ocupación israelí, fue “vendido” por Hamas como una victoria propia sobre el “enemigo sionista” y, entre otros factores, le valió la victoria en las elecciones palestinas de 2006. Para algunos, fue el error más grande de Sharon, al signar el cisma que separa hasta hoy, tanto geográfica como políticamente, a Cisjordania de Gaza. Hay quienes dicen que fue ése, precisamente, el resultado que quiso conseguir, si bien habrá que esperar a los historiadores para determinarlo. Eso, y la construcción de la discutida Cerca Separadora o “Muro”, fueron los últimos actos de Sharon, que cayó en coma en diciembre de ese mismo año.

Algunas notas optimistas sobre las últimas elecciones

Los dos ganadores, discurseando en simultáneo. Lapid, a la derecha, Netanyahu a la izquierda.

Los dos ganadores, discurseando en simultáneo. Lapid, a la derecha, Netanyahu a la izquierda.

Los israelíes están más optimistas. Quieren un estado judío y democrático en paz con sus vecinos, y la ola derechizante que se venía los terminó de hacer sentir incómodos, no sólo frente al mundo sino también ante sí mismos. No significa que automáticamente vayan a salir a festejar si se cierra el trato con los palestinos al día siguiente de formado el próximo gobierno. Después de todo, Yair Lapid, la nueva estrella de la política israelí, habla sólo de negociar. Es intransigente en el tema de Jerusalem, pero no dice nada de todo lo demás. Con lo cual se vuelve potable para la izquierda, pero también para Netanyahu. Es una política de abrir espacios y perspectivas. Eso es lo que quería y quiere el israelí de la calle: no cerrar puertas ni que se las cierren.

En las negociaciones coalicionarias en Israel se delibera siempre en torno a dos ejes: las políticas que tendrá el gobierno a formarse, llamadas “Línas básicas”, y el reparto de ministerios, comisiones parlamentarias y otros cargos. El tema político con los palestinos será discutido por Lapid en las negociaciones por las “Líneas básicas”. Las líneas iniciales de Netanyahu, enumeradas en su discurso triunfal, y en este orden, son también bastante laxas: 1) Impedir la nuclearización iraní; 2) Aumentar el reparto de la “carga” en el servicio militar (o sea, que los ultraortodoxos, paulatinamente, se sumen a él); 3) Responsabilidad económica frente a las crisis globales; 4) Responsabilidad por la seguridad, hacia una “paz verdadera”; 5) Lograr una baja en los precios de la vivienda. Él también está abriendo puertas, las más posibles.

Se lo acusa a Netanyahu de agitar temibles fantasmas para asustar al electorado y ganar su voto. Pero en estas elecciones, con aliados tan a su derecha, no sólo Liberman, sino el campo ultraderechista de “los Feiglin” que lograron invadir en las internas la propia lista de diputados del Likud, parece que el pudor le pudo también a él: el tema palestinos y el tema Irán estuvieron prácticamente ausentes en la mayor parte de las campañas. Como si Sheli Yajimovich, del Laborismo, hubiera triunfado en su desesperado intento de mover el eje de votación, del tema político-militar al tema socio-económico. El tiro le salió torcido: el grueso del electorado aceptó -probablemente por primera vez en la historia del país- votar por otra cosa que no sea el conflicto, pero eso no significó darle el voto a ella.

En resumen, en las líneas de Bibi aparecen ciertamente Irán y los palestinos, pero son dos puntos más, entre el resto, que hablan de una política con la mirada puesta hacia adentro. (Recuerdo alguna vez -no se me tome la palabra- en que había dicho algo así como: “Los 3 temas más importantes del país son: Irán, Irán e Irán”. No deja de ser un cambio).

Incluso Naftali Bennet de Habait Hayehudí, el partido de los ortodoxos sionistas de derecha, que logró duplicar su poder parlamentario, se mandó con un discurso que no fue triunfalista ni militarista. Su discurso luego de los comicios fue en cambio inclusivo, con el eje puesto en la necesidad de sanear el país de todas sus desigualdades, y retrotrayendo su agrupación a los tiempos en que también era fiel de la balanza entre izquierda y derecha. De la “Gran Eretz Israel” ni siquiera se acordó. No tendrá problema en sentarse en la mesa del gabinete con Lapid.

Este último, mientras tanto, exigiría hoy, según tapa del matutino Haaretz, la presidencia de la Comisión de Finanzas de la Knesset y el Ministerio de Vivienda, para ponerse en el centro de la acción reclamada hace ya un año y medio en la “Protesta de las Carpas”. La Comisión de Finanzas, la más importante de la Knesset, estaba hasta ahora en manos de Iahadut Hatorá, los ultraortodoxos ashkenazíes.

Meretz también duplicó su fuerza, de 3 a 6 diputados. Los árabes aumentaron un poco su índice de votación, reduciendo su boycot al juego democrático israelí. Los israelíes en general votaron más: 67,5% (frente al 65,2% anterior). Habrá más mujeres diputadas en la 19° Knesset: 27, en comparación con las 21 de la Knesset anterior.

Nuevos vientos, y varios, soplan en Israel.

 

Se baraja y da de nuevo en Israel

Prácticamente empate entre los bloques izquierda y derecha según boca de urna: Likud-Beiteinu: 31; Iesh Atid: 19; Avodá: 17; Bait Yehudí: 12; Shas: 12; Livni: 7; Meretz: 7; Yahadut Hatorá: 6; Jadash: 4; Raam: 3; Balad: 2. Bloque derecho: 61; Bloque izquierdo: 59. Si Lapid de Iesh Atid se pasa para Bibi, éste tiene 80, con opción a formar gobierno con menos partidos religiosos. Por eso, Lapid es la gran sorpresa y el gran ganador. Meretz más que duplicó su presencia en la Knesset, también buena noticia. Salud!

Nuestro gobierno te educa, nuestro gobierno entretiene…

"La democracia comienza por la educación". Cartel de los chicos del Colegio Arara.

Linda manera de terminar el año. Noticia en Haaretz: el director de una escuela árabe en Israel salió con todos sus alumnos a una manifestación por los derechos humanos y contra el racismo. Recibió por ello una reprimenda del Ministerio de Educación: “Los alumnos portaban pancartas contra el racismo, la demolición de casas y otros, lo cual contraviene las instrucciones del Director General”.

En la escuela respondieron anonadados: “Se trató de una apasionante clase de educación cívica. Los alumnos  actuaron según las reglas de la educación y la democracia, y propusieron ellos mismos su participación en un evento de esta naturaleza, a expensas de sus días libres. Se encontraron allí con todo el abanico social del Estado de Israel. ¿Por qué el estado nos ataca?”

En octubre de 2000, al iniciarse la Intifada de Al Aqsa, los árabes israelíes salieron a protestar en paralelo con los palestinos de los territorios. Lo hicieron “a la palestina”: en lugar de salir a las plazas con carteles, lanzaron piedras y cócteles molotov y quemaron coches. La policía los reprimió, también “a la palestina”: con balas de goma y de las otras, muriendo 13 ciudadanos árabes.

En la escuela árabe Arara, en la zona del Triángulo (norte de Israel) decidieron enseñar a sus alumnos, por fin, a protestar “a la israelí”: caminando, con pancartas y con cánticos, tomando parte activa en la lucha por el perfil democrático de Israel. Tampoco esto es suficiente para nuestro nacionalista gobierno, que prefiere ver bocas cerradas a bocas educadas y críticas, eso sí, pero en pacífica coexistencia.

En su respuesta, la dirección de la escuela también citó textualmente al ministro de Educación, Gideon Saar, en su comunicado difundido con motivo del Día Internacional de los Derechos Humanos: Saar llamaba a TODOS los docentes israelíes a enseñar a sus alumnos a “demostrar compromiso y responsabilidad personal, social, cívica y nacional, que los lleve al involucramiento y la participación”. En el Ministerio se abstuvieron de replicar. Parece que el sentido del absurdo de todo este gobierno tiene también sus límites, aunque esto podría ser wishful thinking.

Tengo amigos que me propondrán una solución drástica a este problema: “¡Dejá de leer Haaretz de una vez!” Pero no puedo. Junto con mi optimismo a ultranza termino este año con un sentimiento de preocupación por el año que está por empezar.

Yo tengo otra solución. Seguir bregando por un Israel mejor, más seguro pero también más democrático, transitar este 2012 en puntas de pie (pero con pancartas en alto) y esperar pacientemente a las elecciones de 2013.

Feliz año nuevo para todos.

Terrorismo otra vez, sobre la ciudad

El atentado múltiple en el sur de Israel constituye una fase nueva en la saga del terrorismo palestino, es una secuela de la revolución egipcia y eleva signos de pregunta sobre lo que pasará en tan solo un mes.

Por un lado, como lo dijo la líder de la oposición, Tzipi Livni, la frontera con Egipto ha dejado de ser la frontera de la paz. Por alguna misteriosa razón, Israel decidió no construir una frontera física, llámese cerca, en la frontera entre el Néguev y el Sinaí durante todos los años de “paz fría” con Egipto. Treinta años después, y con el status quo cambiado, ya es tarde. La larguísima frontera con Egipto se ha convertido en un paraíso para contrabandistas, y para “Sinaí Tours”, como llaman la Jihad Islámica y el Hamás las posibilidades ilimitadas abiertas ante sí.

Operativamente, un atentado combinado, con por lo menos quince terroristas con un estupendo entrenamiento militar, incluyendo uniformes, armas largas, cinturones explosivos, disciplina de desplazamiento y emboscada, comunicación sofisticada, y ejecución de una operación militar compleja, son la muestra de que el paradigma Hezbollah, con el knowhow iraní, han bajado hacia el sur.

Políticamente preocupa más todavía el silencio de  Mahmud Abbas y Salam Fayad, presidente y primer ministro respectivamente de la Autoridad Nacional Palestina, que controlan Cisjordania. Tal como lo señala Avi Dichter, ex jefe del Shin Bet, en una columna en el sitio Ynet, la pregunta es con qué cara se presentarán ahora ante la ONU dentro de exactamente un mes, para reclamar el reconocimiento de un estado palestino normalizado, unificado políticamente y en paz con sus vecinos. Lo menos que cabría esperar es que condenaran la acción de una formación terrorista satélite de Hamás o tolerada por esta organización, y que garantizaran que sobre los responsables recaería todo el peso de la ley palestina.

Pero el moderado partido Fatah se ha llamado por ahora a silencio. Tal vez es mejor, piensan, esperar hasta que pase la tormenta. Porque lo cierto es que el atentado múltiple perpetrado entre ayer y hoy puede ser leído como un intento de Hamás por torpedear esa jugada diplomática pergeñada por Fatah, a espaldas del Hamás.

Así ha ocurrido, desde los albores del proceso de paz con los palestinos. Ante cada avance por la senda de la paz sobre la base del reconocimiento mutuo, los terroristas, en especial su vertiente fundamentalista, ha buscado torpedear la maniobra por medio de una ola de terrorismo. La primera vez fue en 1996, con la ola de atentados suicidas que acabó dándole la victoria electoral al intransigente Biniamín Netanyahu. Entonces la ola paró, o más bien amainó: Bibi garantizaba que el proceso de paz cesaría si el terrorismo actuaba a fuego lento. No importa si Bibi entendió o no la dinámica, pero ella le sirvió para adjudicarse el éxito en la lucha contra el terrorismo frente a la mano blanda de sus antecesores.

Tampoco importa ahora si el establishment israelí ve en la maniobra de septiembre en la ONU un crimen de lesa diplomacia palestina contra Israel. El Hamás la ve también con ojos negativos, como una nueva traición del Fatah contra los dictados de Allah. Pues, a no olvidarlo, la creación de “un estado palestino en las fronteras de 1967 con intercambio de territorios”, como en la fórmula oficial de Obama que tanto escandalizó a la derecha israelí, implica también el definitivo reconocimiento palestino e internacional de la existencia de Israel en todo el resto de la Tierra de Israel, lo que ellos llaman “Palestín”. Y eso, para el jihadismo fanático, es una traición al dogma teológico islámico, y su pena es la muerte.

Una contracara de esta lectura, que explicaría también la connivencia del Fatah de Mahmud Abbas, es el intento palestino de arrastrar a Israel a una nueva vuelta de violencia en Gaza, lo que proporcionaría carne de cañón, literalmente hablando, al esfuerzo diplomático palestino en la ONU. La jugada es de un cinismo monumental, pues coloca nuevamente a los propios civiles palestinos otra vez en la mira de los cañones israelíes, para que las víctimas sirvan como irrebatible argumento propagandístico en pos de una votación favorable en la Asamblea General. Hasta ahora han utilizado la técnica con sumo éxito, e Israel ha caído una y otra vez en la misma trampa mortal.

Los próximos días y semanas dirán. Pero si estas lecturas son correctas, el terrorismo y sus represalias, con vistas al 20 de septiembre en la ONU, sólo han comenzado.

Desafíos y oportunidades en el nuevo Medio Oriente

Por Marcelo Kisilevski*

Hasta que no se estabilice el volcán que todavía ruge en el Medio Oriente, no será posible medir las consecuencias que esta erupción histórica tendrá para Israel. Estas podrán ser positivas, negativas y combinadas, y las acciones que emprenda este país pueden reducir los riesgos y potenciar las oportunidades. No queda claro, sin embargo, qué panorama (o qué canal) está viendo el actual gobierno israelí.

El gobierno de Tantawi en Egipto ha declarado que cualquier gobierno que surja en el actual proceso de democratización respetará los acuerdos firmados con Israel. Esta es la principal preocupación en Jerusalem, y el gobierno ha hecho bien en mantener un silencio de radio prácticamente total en lo que va de las revueltas.

Pero el punto no está asegurado. Un 77% de los egipcios ha votado a favor de las reformas, que implican el llamado a elecciones abiertas, una presidencia de 4 años con una sola posibilidad de reelección, entre otros puntos.

Sólo que, de los grupos opositores, el grupo fundamentalista Hermanos Musulmanes es el mejor organizado. Llegaron a un acuerdo con Tantawi para su relegalización e, incluso, la restitución de cuantiosos fondos congelados durante años por el gobierno de Mubarak, que los ha sabido mantener a raya por décadas. Ahora, los Hermanos han anunciado que no postularán un candidato presidencial propio, pero sí participarán en los comicios parlamentarios. No hay sondeos de intención de voto, pero el grupo, que se ha fortalecido mucho en esta revolución, podría tener un peso decisivo en el parlamento egipcio y signar desde allí el destino del acuerdo con Israel, al que detestan.

Este acuerdo, en efecto, es visto por la calle egipcia como uno de los signos de la corrupción del régimen de Mubarak, lo cual se reflejó en la última interrupción del suministro de gas a Israel. Esto, y los Hermanos Musulmanes, padres ideológicos del Hamás en los territorios palestinos, y de la Jihad Islámica en todo el Medio Oriente, siguen siendo factores de cuidado para Israel.

En Jordania, el rey Abdallah pertenece a la tribu Hashemita, descendiente de la dinastía de Mahoma en persona, lo cual le vale cierta popularidad y prestigio. Pero los Hermanos Musulmanes, que allí se llaman Frente de Acción Islámica, rechazaron la propuesta del nuevo primer ministro jordano, Maaruf Batith, de participar en una comisión reformadora. En Jordania en general hay una fuerte oposición al acuerdo de paz con Israel, liderada por los Hermanos Musulmanes y los sindicatos de trabajadores. Con manifestaciones masivas, sobre trasfondo del congelamiento en el proceso de paz con Israel, buscan hacer tambalear el trono de Abdallah.

El tema israelo-palestino prácticamente desapareció de los titulares en la prensa mundial. Más significativamente, desapareció también de la prensa árabe. Aquí y allá, como en el Yemen, los mandatarios jaqueados intentaron jugar la carta de Israel, acusándolo de estar detrás de los desmanes, pero las opiniones públicas árabes no compraron. El continuado bloqueo, la reapertura del paso de Rafah, el malestar de las masas en la Franja de Gaza, dejaron de ser relevantes para los medios a la hora de seguir los procesos en el mundo árabe. Los jóvenes que manifiestan en la Plaza Tahrir, en El Cairo, también en Siria, Yemen y Bahrein, están más preocupados por su falta de futuro, el estancamiento económico, la falta de libertades y la violación a los derechos humanos, que por la construcción israelí en la Margen Occidental.

Probablemente con eso tenga que ver la escalada de violencia en las últimas dos semanas. La organización fundamentalista Hamás en la Franja de Gaza intenta recuperar la pantalla perdida, y para ello vuelven a escalar el lanzamiento de misiles, Qassam y Grad, estos últimos suministrados por Irán. Con un nuevo proyectil, lograron mejorar su capacidad de puntería, al dar de lleno en un autobús escolar israelí lleno de niños.

En la Margen Occidental, en tanto, el panorama es bien diferente. Los intentos de instigar una tercera intifada en mayo, “a la El Cairo” desde facebook, no parece levantar vuelo, según lo mostró un relevo del Canal 2 de la televisión israelí. Si bien “nunca se dice nunca” en el Medio Oriente, en Ramallah y demás ciudades se ha comenzado en los últimos años un proceso de construcción del futuro estado palestino. La calidad de vida de la gente está mejorando, crece paulatinamente el empleo y la cultura del tiempo libre.

Al punto tal, que el Banco Mundial ha indicado hace una semana que, desde un punto de vista estrictamente económico, los palestinos, siempre en Cisjordania, están listos para tomar las riendas del estado en ciernes. Dadas esas circunstancias, una intifada en estos momentos no sería una buena apuesta. La mejor prueba tuvo lugar ya en 2009, durante la operación Plomo Fundido: si ese fulminante ataque israelí en Gaza no desató entonces la tercera intifada de sus hermanos en Cisjordania, significa que hay una interna bien abierta entre los dos bloques palestinos, y que del lado de Mahmud Abbas y el Fatah, la gente interpreta que tiene mucho más para perder que para ganar, de decidir volver a empuñar piedras y cinturones explosivos.

Hasta ahora, en los hechos, la influencia cairota en la Autoridad Palestina se manifestó en la forma de un nuevo movimiento, el “15 de marzo”, de jóvenes que se autoconvocaron vía facebook a manifestar –y lo hicieron con mucho éxito de asistencia- por la reunificación de Cisjordania y Gaza y, en una segunda etapa, por el fin de la ocupación israelí. Ni Fatah ni Hamás sienten simpatía por este grupo no violento y no alineado. Por ello, Mahmud Abbas lanzó una iniciativa de reconciliación con Hamás, para un gobierno de unidad nacional y un llamado conjunto a elecciones, pero el plan fue vetado por Hamás-Damasco. En septiembre, la ONU podría deliberar sobre la creación de un estado palestino en las fronteras de 1967, con una aprobación internacional masiva, tal como ya lo prometieron numerosos países latinoamericanos, entre ellos la Argentina.

Ante esta situación de incertidumbre, Israel haría muy bien en recuperar la iniciativa, y neutralizar el frente palestino para poder dedicarse a asegurar las defensas frente a Egipto y, sobre todo, frente a Irán. En este caso, neutralizar no significa reprimir, sino, por el contrario, ejecutar los principios de la propia doctrina israelí de seguridad. A saber, lo que viene diciendo siempre Israel: que en el momento en que los palestinos abandonen el terrorismo como base de su accionar, Israel estará dispuesto a tender su mano de paz, y a firmar “mañana mismo” el acuerdo.

Pero el gobierno actual se ha llamado a parálisis. Le es muy cómoda a Biniamín Netanyahu la situación actual: en Cisjordania no disparaban desde hace ya años –sólo cabe esperar que los atentados en Itamar y en la Estación Central en Israel no hayan signado el cierre de esa ventana de oportunidad- y el Hamás está aislado en Gaza. La Fuerza Aérea responde sin problemas, y la nueva maravilla, el sistema Cúpula de Hierro, intercepta exitosamente los misiles palestinos más peligrosos. La construcción en los territorios empieza a recobrar vida, y la coalición, en este estado de cosas, está más estable que nunca.

¿Por qué habría un primer ministro en su sano juicio, cuyo objeto principal es llegar al fin de su mandato sin haberse caído del sillón, de cambiar el status quo? Las amenazas que plantea el nuevo Medio Oriente en gestación, que no son pocas, bien podrían llenar una exitosa campaña electoral del Likud. Las oportunidades, en cambio, se transmiten, en lo que a Bibi Netanyahu y el Likud respecta, por otro canal.

* Publicado por Nueva Sión, http://www.nuevasion.com.ar/articulo.php?id=5351, 26.4.11. El artículo fue escrito antes del acuerdo de unidad nacional entre Fatah y Hamás. 

¡Y dale con “Estado judío”!

¿A qué se debe, de verdad, la negativa palestina y de todo el mundo árabe a reconocer a Israel como Estado del pueblo judío?

Por Marcelo Kisilevski

Las dos partes en las negociaciones, Israel y los palestinos, se enfrentan actualmente en torno a dos puntos no elevados anteriormente como condición para negociar: en este rincón, la exigencia palestina de continuar con el congelamiento de la construcción en los territorios. En el otro, la exigencia israelí del reconocimiento palestino de Israel como estado judío.

Ninguna de los dos puntos había trabado antes las negociaciones. La construcción en los territorios es un punto central de ellas, no está fuera de ellas. Es cierto: ya había sido uno de los hitos de la Hoja de Ruta, luego que los palestinos atinaran a desmantelar todas las organizaciones terroristas. En Cisjordania, el terrorismo ha descendido a niveles nunca conocidos, de la mano de una verdadera persecución policial de la Autoridad Palestina contra los miembros de Hamás, y una “movida” general de construcción de un eventual estado viable en los territotorios gobernados por Mahmud Abbas y Salam Fayad.

Pero las organizaciones terroristas siguen vivas y coleando: el Hamás no sólo existe, incluso gobierna la Franja de Gaza. La Jihad Islámica está muy lejos de desaparecer. El Tanzim y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, los brazos armados del partido oficial Fatah, tampoco se han llamado a disolución. Eso solo ya libera a Israel, a nivel legal, de tener que paralizar los bulldozers en la Margen Occidental.

Pero, como quiera que sea, con construcción o sin ella, con “estado judío” o sin él, esto no había detenido antes las negociaciones. Los palestinos, de Oslo a esta parte, habían negociado a la sombra de más y más asentamientos. Los israelíes elevan en cada etapa –lo hizo Barak, lo hizo Olmert- la exigencia de reconocimiento de Israel como Estado judío, pero aun así, nunca dejaron de avanzar en el proceso.

Dicho sea de paso, para aquellos que todavía siguen sosteniendo el supuesto fracaso de Oslo: hoy, todo el mainstream israelí, incluido el mismísimo Likud de Biniamín Netaniahu, acepta la fórmula de “dos estados para dos pueblos”. Seguirá llevando tiempo –y sobre todo vidas humanas, lamentablemente- pero hacia eso vamos. Cuando este escriba iniciaba su carrera periodística en Nueva Sión, a fines de los ’80, se trataba de una frase “subversiva”.

Más allá de las estratagemas de Mahmud Abbas y de Netanyahu para empantanar las negociaciones, lo que resulta extraño es la negativa palestina a reconocer a Israel como estado judío. La exigencia israelí no fue elevada en Oslo, y luego fue rechazada sin que Israel se escandalizara, pero la negativa palestina no deja de ser enervante. Pues la fórmula de “dos estados para dos pueblos” es una copia de la votada en la ONU en noviembre de 1947: un estado judío y otro árabe en lo que se conoce como Palestina. Israel aceptó la Partición entonces, y vuelve a aceptar dicha fórmula hoy en día. En los círculos progresistas, nos hemos resistido a formular preguntas: ¿por qué los palestinos la rechazan? ¿Cuáles son las motivaciones palestinas profundas para rechazar el derecho de autodeterminación del pueblo judío en Israel, como reflejo especular directo del derecho de autodeterminación del pueblo palestino en el mismo lugar? Para los palestinos, se debe crear un Estado palestino en Cisjordania y Gaza. Pero Israel no puede ser del otro pueblo: debe ser binacional. Quien crea en la autodeterminación de los pueblos, de todos los pueblos, podría sopesar seriamente la posibilidad de enviar a los palestinos delicadamente a freír espárragos.

Como se diría en Israel, algunos argumentos de esta negativa hacen levantar las cejas. Dijo el canciller egipcio, Ahmed Abu Gheit, en una entrevista televisiva: “La demanda de Israel de ser reconocido como un Estado judío es preocupante”, y la equiparó con la decisión iraní de llamarse “República Islámica de Irán”. Saeb Erekat, jefe del equipo negociador palestino, fue más lejos: “No existe país en el mundo en el que las identidades nacional y religiosa estén entrelazadas”.

Existe un pequeño problema: se trata de una vil mentira, y los palestinos lo saben. No sólo porque la Constitución griega diga que la religión “imperante” allí “es la de la Iglesia Ortodoxa Oriental de Cristo”, y así en muchos países pequeños y alejados del tema, sino porque en la propia constitución de la Autoridad Nacional Palestina se lee, en el artículo 4, que “el Islam es la religión oficial de Palestina” y que “los principios de la Shaaría Islámica (equivalente a la Halajá judía, M.K.) serán la principal fuente de legislación”. De Irán no hace falta hablar. Y en la bandera de Arabia Saudita se puede leer la fórmula de fe islámica “Alahu Ajbar” (Alá es el más grande), y así sucesivamente.

Y eso es sólo si permitimos que los palestinos definan al judaísmo como religión. El judaísmo es una entidad histórica y nacional, con un componente religioso fuerte. Otra vez, como en las épocas más oscuras, otros vienen y nos definen desde afuera. La totalidad de los países árabes pertenecen tanto a la Liga Árabe como a la Organización de la Conferencia Islámica. La organización que los define como “pueblo árabe” y la que les da carácter religioso musulmán. Nuevamente: a freír espárragos.

La pregunta se repite, ensordecedora: ¿qué es lo que hace, a ojos de los palestinos y demás países árabes y musulmanes, que su definición como tales sea aceptable y legítima, mientras que la definición de Israel como judío sea inadmisible?

Los palestinos aducen varios argumentos: que ello pondría en peligro a la minoría árabe en Israel, por ejemplo, y por lo tanto se trata de una exigencia que acerca a Israel a los límites del fascismo. Vamos: ninguna minoría del Medio Oriente está más segura que la árabe israelí. Usted no quisiera ser parte de una minoría en ningún otro país árabe. Con todos los problemas que quedan por resolver, ni los propios árabes israelíes desean ser parte de ningún otro estado árabe.

Las razones no declaradas tienen que ver, precisamente, con la naturaleza totalitaria del Islam al que adscriben todos los países del Medio Oriente sin que nadie se atreva a acusarlos de oscurantistas, pues ello sería cometer el pecado capital de “imperialismo cultural”, Dios nos libre.

Pero las cosas deben ser dichas. Desde un punto de vista teológico, existe una estrecha vinculación entre la ley islámica y la soberanía política, de un modo que no se da en el cristianismo ni en el judaísmo. El Corán divide al mundo entre Dar El Islam (Casa de la Paz) y Dar el Harb (Casa de la Guerra). La Casa de la Paz consiste en todos aquellos territorios donde ya gobierna o ha gobernado alguna vez el Islam. Así, tanto Israel como Al Andaluz (toda la Península Ibérica), deben ser reconquistados primero. La Casa de la Guerra está compuesta por todos aquellos territorios que aún no han conocido el gobierno de Alá. La paz universal llegará cuando todos los hombres acepten a Alá, o bien se sometan al gobierno del Islam mediante la condición de “dhimmi” (minoría tolerada y protegida) y el pago de la “jizya“, el impuesto de los no musulmanes.

La aceptación de una soberanía no musulmana en Palestina, cuyo territorio es parte de Dar El Islam, va contra las leyes del Corán y la Shaaría. Lo comprendió muy bien Anwar Sadat en el momento de ser asesinado brutalmente por los Hermanos Musulmanes en 1981, luego de aceptar el Estado de Israel a cambio de la Península del Sinaí. Cuando se le preguntó a Arafat por qué no aceptaba la oferta sin precedentes de Barak en Camp David versión 2000, dijo sin ambajes: “Si yo no vuelvo con la bandera palestina flameando en el Monte del Templo y con el derecho al retorno de todos los refugiados, a mí me matan”. Tenía razón: la soberanía es teológicamente fundamental, y el derecho al retorno de los refugiados acabaría con el carácter judío de Israel.

Podríamos haber esperado que con el ascenso del Panarabismo en los años ’50, todo el paradigma islámico de Dar El Islam-Dar El Harb se hubiera suavizado, “europeizado”, para dar paso a las posturas, quizás no menos totalitarias, incluso expansionistas, pero sí más moderadas teológicamente, en los estados que llevan la voz cantante en la región. El no reconocimiento de Israel como expresión de la autodeterminación judía, pone esta supuesta moderación histórica en tela de juicio, y acerca las posturas palestinas a las más reaccionarias y premodernas concepciones islámicas fundamentalistas.

Netanyahu no se equivoca en la esencia de su demanda, pero la banaliza, al utilizarla para “franelear” a los palestinos y a Estados Unidos: el reconocimiento de Israel como estado judío no debe ser una mera “precondición” para seguir negociando, sino que debe ser elevado como uno de los puntos centrales de las tratativas, al mismo nivel como lo son Jerusalem, la delimitación de las fronteras, los asentamientos y el destino de los refugiados palestinos.

He aquí una base, poco tratada hasta hoy por el “campo de la paz”, para una paz duradera entre los pueblos: la del reconocimiento mutuo, verdadero, profundo y justo.

 Publicado en Nueva Sión N° 955, noviembre 2010

El proceso de paz y sus lecturas

Para la foto... o quizás no solamente. Netanyahu, Clinton, Abbas.

Recuerdo dónde estaba yo el 13 de septiembre de 1993. Hacía un año nomás que vivía en Israel, vivía en un departamento con “shutafim” co-inquilinos, en Ramot Eshkol, un barrio de Jerusalem que después dejó de ser buen albergue para estudiantes universitarios, y se convirtió en otro barrio de religiosos.

Nos sentamos todos, Rami, Malke, yo y amigos sin tele, para ver la transmisión en vivo del apretón de manos histórico entre Itzjak Rabin y Yasser Arafat. Bill Clinton dio un pasito para atrás, y extendió sus manos empujando tácitamente a los dos líderes por la espalda para que se dieran la mano. Rabin titubeó ante la mano del palestino, después se la estrechó. Nosotros lloramos.

Por entonces escribí en el periódico judeo-argentino y de izquierda Nueva Sión algo así como: “El proceso de Oslo que se inicia hoy puede ser visto como la confirmación de lo justo de un camino. Pero el camino es largo, y en el camino habrá minas explosivas. Algunas de ellas habrán de estallar”. Palabra más, palabra menos.

Desde entonces, muchos vieron en las minas que estallaron la confirmación de su profecía contraria, a saber, de que Oslo fracasaría. Razones no les faltan, desde la Intifada de Al Aqsa hasta los Qassam, pasando por el terrorismo suicida, el golpe del Hamás y tanto más. De nada sirvieron las concesiones israelíes ni la mismísima Desconexión.

Pero allí está hoy el primer ministro Biniamín Netanyahu, del Likud, negociando la paz con Mahmud Abbas. Con Clinton, pero diferente; con el líder palestino, pero otro. Con la bandera israelí de fondo, pero también con la palestina. El mismo Netanyahu que frenó supuestamente el proceso, en su primer mandato de 1996, debido al terrorismo suicida desbocado, lo continúa hoy -desde esta lectura- a pesar de los atentados de los últimos tres días, que tienen por objeto, precisamente, que Netanyahu vuelva a frenar el proceso. Netanyahu, adalid de la derecha israelí, opuesto antiguamente a toda concesión de territorios a cambio de paz, brillante orador de la intransigencia, negocia hoy no sólo bajo esa fórmula, sino la más extrema desde su punto de vista: dos estados para dos pueblos. Un estado palestino al lado de Israel. Ya no se negocia el “si” condicional, sino el “cómo”. ¿La izquierda israelí ha desaparecido? No. Tan sólo ha triunfado.

Aunque todavía queden minas en el largo camino por delante, aunque algunas de ellas todavía estallen, aunque la izquierda con forma de partidos, (a saber, Meretz, por ejemplo) estén en franca vía de extinsión; aunque la aceptación del estado palestino por parte de la sociedad israelí se deba al hartazgo respecto del conflicto y no de un resurgido amor por el prójimo palestino; aunque la mansedad del consenso israelí se deba también a un cese del terrorismo palestino en la Margen Occidental que, a la luz de los últimos tres días no sabemos si ha sido coyuntural y si ha llegado a su fin, lo cierto es que, a largo plazo, en términos de proceso, las banderas de la izquierda israelí ligadas a “territorios a cambio de paz” y “dos estados para dos pueblos” han conquistado la calle y casi todos los bastiones del espectro político, plantando bandera, al menos desde lo discursivo, incluso en la cúpula del Likud.

Aunque de Washington no salga el humo blanco, aunque Netanyahu podría estar sólo fingiendo (¿tal vez sí, para alegría de sus socios coalicionarios? ¿y tal vez no?), aunque a este tren le falten todavía varias estaciones por recorrer, aunque todavía muchas vidas se vayan a perder, no es poco. En absoluto.

El analfabetismo mediático de (parte de) Israel

Últimamente se me ocurrió que existe, entre las llamadas inteligencias múltiples, una “inteligencia mediática”… de la que parte del liderazgo israelí carece casi por completo. Hablo, en este caso, de parte de su gobierno y del sector militar. Venimos lidiando con esta ceguera de imagen desde hace años, pero ahora se ha dado una seguidilla que vale la pena mencionar.

El primer ejemplo de estos últimos días fue la denegación de la entrada del filólogo judeo-norteamericano Noam Chomsky. Si la empleada del Ministerio del Interior lo hubiera dejado hablar, el académico habría hablado sólo para universitarios palestinos en Bir Zait en Ramallah, que de todos modos son su público de convencidos. Hubiera hecho menos daño a la imagen israelí que la que se produce ahora al haberle denegado la entrada. Lo cual además fue un hecho ilegal -o ilegítimo, o inmoral, o decididamente estúpido- en un estado democrático, de lo que tanto se vanagloria Israel.

El segundo hecho es la conmemoración de 10 años de la retirada del sur del Líbano. Este hecho es un ejemplo de la mentada miopía mediática y de relaciones públicas, en el sentido de lo que Faucault llamó “Las palabras y las cosas”. Los diseñadores de políticas parten de la premisa -un poco por la mentada miopía y otro poco por arrogancia paternalista- de que los actos hablan por sí mismos. En este caso, que la sola retirada del Líbano en 2000 habría de demostrar al mundo cuán amante de la paz es este país. No había nada que explicar, no había nada que decir.

Error. Existen “cosas” básicas que son reales, y hasta por ahí nomás. En este caso: Israel se retiró del Líbano. El resto son las “palabras”, pues a las cosas hay que ponerles nombre. Y el campo de los nombres, es decir de las interpretaciones, las relaciones públicas y el marketing, es abandonado por Israel en manos del otro bando, una y otra vez.

Hezbollah sí supo ponerle “nombre” a la “cosa”. Llamó a la retirada israelí:  “una victoria más de la resistencia islámica contra el enemigo sionista, que sólo entiende el lenguaje de nuestras santas armas; seguiremos con la jihad hasta la derrota total del invasor sionista”, etc. ¿Qué nombre le puso, en cambio, Israel? Podía haber sido, por ejemplo: “Una nueva e incontestable demostración de la voluntad de paz de Israel”. Pero Israel no habló. Estiró la nariz para arriba, y esperó que “el mundo entendiera solo”.

Y otro tanto ocurrió en 2005 con la Desconexión, la retirada unilateral de la Franja de Gaza. Lo máximo a que llegó Ariel Sharón fue a que se trataba de “asegurar la mayoría judía en el Estado de Israel”. También balbuceó algo de “fronteras más defendibles”, no vaya a ser cosa que fuera a ser tomado por a-patriótico y a-militar. Pero ello fue para convencer a sus votantes. Al mundo, Sharón no le dijo nada: que todos vean por televisión las imágenes de los pobres colonos siendo expulsados de sus casas, y verán qué sacrificios hace el país por la paz. Pero el mundo no entendió nada de eso, porque el único que le puso nombre fue Hamás: “Una nueva victoria de la heroica resistencia palestina”…, etc.

Último ejemplo: el gabinete israelí acaba de aprobar una propuesta de ley -por suerte debe pasar todavía por la Knesset- para retirar beneficios a los presos de seguridad pertenecientes al Hamás. Si se aprueba, los presos no podrán leer periódicos ni ver televisión, no podrán seguir sus estudios académicos en la cárcel, ni recibir visitas de familiares y otras. Sólo gozarán de los derechos que marca la Convención de Ginebra: visitas de sus abogados y de la Cruz Roja, y poco más. La llamaron “Ley Shalit”, porque es un intento de responder a las malas condiciones de Guilad Shalit en su cautiverio de 4 años a manos del Hamás.

La medida ya ha sido catalogada por sus opositores de populista: no tiene otra motivación ni efecto que la sensación venganza de quienes votan al partido de sus impulsores, el Likud. No va a tener el efecto buscado: que las madres de estos presos presionen al Hamás para que alivie las condiciones de cautiverio de Guilad Shalit y permita cuanto menos la visita de la Cruz Roja.

Porque existe otra suposición israelí, dentro de este analfabetismo mediático de cierta parte del liderazgo israelí: que con sus medidas agresivas, y sólo con ellas (es decir con la “cosa”) basta para que, automáticamente, la opinión pública palestina reciba el mensaje y actúe como Israel quiere: presionando a su liderazgo para que se porte bien. Pero qué vamos a hacer: no es así como funcionan las cosas.

Ya desde la guerra civil en el Líbano en los años ’70, Israel debió entender que no se puede influir en los procesos socio-políticos de países y pueblos vecinos. Podemos llenar otro blog con los fracasos israelíes en este terreno. Pero sobre todo, para que las madres de los presos reciban semejante mensaje, debe ocurrir primero lo obvio: Israel se los tiene que decir. La sola medida no configura el mensaje.

Porque, insisto, una cosa es la medida, y otra bien distinta es el “nombre” que se le habrá de poner. Israel no habla con los palestinos de la calle. El que habla con los palestinos de la calle, con las madres de los presos, se llama Ismail Haniyeh, primer ministro del Hamás en la Franja de Gaza. ¿Y qué va a decir Haniyeh a las madres de los presos si esta medida nefasta se pone en práctica? Adivinaron: que es “otra medida de opresión del régimen sionista genocida para torturar a nuestros héroes y mártires encarcelados por la liberación de nuestra tierra islámica”.

El efecto de esta medida miope, si se aplica, será que una vez más el gobierno autoritario y fanático del Hamás tendrá al enemigo externo de siempre al cual echar la culpa de los sufrimientos de la gente en la Franja. Históricamente, cada vez que se agravaron las condiciones de encarcelamiento, ello sólo condujo a huelgas de hambre, motines dentro de las prisiones que se extendieron a disturbios fuera de ellas. Y en cuanto al pobre de Guilad Shalit, Hamás puede vengarse del “opresor sionista”, agravando más aún sus condiciones, porque “Israel empezó”, y después vaya uno a explicar. A no preocuparse: si se cae un solo pelo de Guilad Shalit, ya sabrán Dany Danón (paladinezco impulsor de la “Ley Shalit”) y sus amigos impulsar acciones de venganza. Vamos a estar bárbaro acá.

Hay muchos otros muchos otros hechos que no pasan el examen de la cámara, como la construcción de las viviendas judías en Ramat Shlomo y la habilitación de viviendas judías en pleno barrio palestino, al mismo tiempo que se amenaza con demoler viviendas palestinas construidas “ilegalmente”.

Hago votos por que alguien imparta un curso acelerado y urgente de inteligencia mediática a nuestros líderes. Porque de un tiempo a esta parte, la imagen -es decir el “nombre”- que sale de estos lados es el de un país feo y oscuro. Es una lástima, porque la “cosa” es mucho más linda que eso.

Israel 2010: adiós paz, hola disuasión

Si algún balance real se puede hacer de lo que fue esta década para Israel, es el abandono de la estrategia de una paz negociada por la de una disuasión mutua con los vecinos enemigos, tal como lo presenta el analista Aluf Ben del diario Haaretz de este viernes.

La nueva estrategia fue un invento de Ehud Barak, que partió de la idea de que “no hay con quién hablar del otro lado”. Y si no hay con quién hablar, todo lo que le queda a Israel por hacer es imponer hechos consumados en el terreno de modo unilateral, que aseguren el máximo posible de seguridad para la ciudadanía israelí.

Empezó con Siria. Ehud Barak intentó llegar a un acuerdo por el Golán y, al no conseguirlo de modo negociado, realizó una movida sorpresiva que involucraba al protegido de Siria en el Líbano, Hezbollah, en la forma de la retirada unilateral del sur del Líbano. Israel abandonó la Zona de Seguridad del Sur del Líbano y continuó vigilando y castigando desde lejos, a través de su fuerza aérea. Cuando esto no fue suficiente, Israel lanzó una arremetida bélica aparentemente desproporcionada, pero que tenía por ebjeto crear un equilibrio de disuasión. El mensaje era: el vecino Israel se ha vuelto loco, y no conviene provocarlo más. Desde entonces, fuera de algún misil lanzado por alguna banda indisciplinada, el equilibrio se ha mantenido. También ocurrió con el intento de Siria de hacerse con poder atómico. Cuando Israel destruyó desde el aire el reactor en ciernes, Siria balbuceó una protesta y se llamó a cuarteles.

Lo mismo ocurrió en el sur. Israel se retiró en 2005 de la Franja de Gaza, la organización Hamás quedó como hegemonía, batalla civil con Al Fatah mediante, y a los redoblados misiles Qassam siguió el desproporcionado -en apariencia, desde este angulo- Operativo Plomo Fundido. Luego de algunos misiles de compromiso luego de la retirada israelí, siguió un equilibrio que, a un año, todavía se mantiene. Hamás, vuelto gobierno, incluso reprime a las bandas y hamulas que osan disparar misiles contra el sur israelí.

Porque la estrategia de disuasión tiene dos aristas interesantes. La primera es que tanto Hizbollah como Hamás han adoptado la misma estrategia. El terror directo parece haber dado paso, en la última década, cada vez más, al lanzamiento de cargas explosivas a larga distancia y por aire, es decir sus respectivos misiles. Todo ello, para contrabalancear el poder de fuego de la fuerza aérea israelí.

La segunda arista es en realidad una paradoja de la estrategia iniciada por Barak: para funcionar, necesita del otro lado un poder bien establecido que disuada y sea disuadido, es decir, que pueda responder contrabalanceando el poder propio. Que pueda decidir e imponerse en su terreno. Al retirarse del sur del Líbano primero, y con la Segunda Guerra del Líbano después, el poder de Hezbollah quedó afianzado en esa zona del país de los cedros, y es la organización shiíta la que decide si se dispara y qué se dispara. Para más exactitud, qué no se dispara. Y si hay una katiusha rebelde cada tantos meses, responde al juego interno de fuerzas entre hamulas y la milicia, al otro lado de la frontera, y no a un deseo de recalentar la frontera. Al quedar como poder, Hezbollah se convierte, de una banda de terroristas ruidosos de teorías y mitos, en un gobierno paralelo que debe velar por una población de carne y hueso.

En 2005, Israel emprende el mismo camino en la llamada Desconexión, de un Ariel Sharón convencido de que con el gobierno de la ANP no se podía hablar. Eso, su triunfo en las elecciones palestinas y su reyerta con Al Fatah convirtieron también al Hamás, de una banda de terroristas despreocupados e irresponsanbles, en un gobierno que debe velar por un millón y medio de palestinos. Luego de Plomo Fundido, la principal función de Hamás es garantizar que el operativo no se repita, si quiere perpetuarse en el poder.

Luego de la Desconexión, Ehud Olmert quiso continuar con la nueva estrategia israelí, y ya había comenzado a lanzar globos de ensayo sobre su “Plan de Convergencia” para la retirada unilateral de parte de la Margen Occidental, pero la Segunda Guerra del Líbano le hizo encajonar los planes.

Justamente esta simetría en la estrategia de disuasión es la que puede convertir a las partes del conflicto en interlocutores más válidos y más competentes que antes, como parece probarlo, por ejemplo, la negociación indirecta entre Israel y Hamás por la liberación de Guilad Shalit. Pero si los actuales intentos de reanudar las negociaciones de paz vuelven a fracasar, no será extraño ver nuevamente a Israel fijando hechos consumados de modo unilateral, que ciertamente vayan poniendo fin a la política de ocupación, pero desatando en el terreno situaciones y dinámicas impredecibles.