EL “PLAN DEL SIGLO” SE PONE EN MARCHA

Si anteayer parecía que la presentación del “Plan del Siglo” de Donald Trump era una farsa para correr el foco de atención del impeachment de Trump y del debate por la inmunidad o no para Netanyahu en su procesamiento por corrupción, hoy vemos que el acelerador es pisado hasta el final: no se trataría de un “Plan” sino de una decisión, a ser implementada de modo expeditivo y unilateral, con respaldo del mundo árabe, a expensas de una Autoridad Palestina a la que se le dice: tu intransigencia ya no es gratis.
Por Marcelo Kisilevski
 
200128 Mapa de Trump
 
Hoy se anunció en la Casa Blanca el “Plan del Siglo” de Trump para la paz entre Israel y los palestinos, llamado pomposamente “Paz para la Prosperidad”. Ya explicamos en un post anterior cómo sería. Ahora se supieron algunos detalles más, como la “no división” de Jerusalem, pero que el Estado palestino también tendría su capital en Jerusalem, donde “orgullosamente” Trump, dijo,  pondría su embajada.
 
¿Cómo sería eso? Es que el muro, la Cerca Separadora en Jerusalem, no pasa por el límite municipal de la ciudad, sino por el medio de la parte oriental. Tres barrios: Kafr Aked, la parte oriental de Shoafat, y especialmente Abu Dis, que están dentro del límite municipal de Jerusalem, están, sin embargo, del otro lado de la Cerca Separadora. De ese modo, los palestinos recibirían esa parte de “Jerusalem”, mientras que Israel y los judíos en el mundo no sentirían que está dividiendo nuevamente la ciudad, especialmente porque la Ciudad Vieja quedará entera bajo soberanía israelí.
Resumen actualizado de los puntos del plan:
 
1) Soberanía israelí sobre todos los asentamientos israelíes en Judea y Samaria, incluidos los aislados.
2) Anexión a Israel de hasta el 30% de Cisjordania.
3) Soberanía israelí total sobre el Valle del Jordán.
4) Jerusalén permanecerá bajo soberanía israelí, incluida la Ciudad Vieja.
5) Compensación territorial a los palestinos en Jalutza, en el límite con Egipto.
6) No “derecho al retorno“ de refugiados palestinos, salvo un número simbólico de ellos.
7) Creación de un Estado palestino con capital en Abu Dis (barrio árabe de Jerusalem Oriental, pero del otro lado del muro), en el 70% restante de Cisjordania y en los territorios en compensación (punto 5). Ello sería 4 años después de iniciado el proceso, pero sólo si cumplen a rajatablas con el punto 8.
8) Reconocimiento palestino de:
* Israel como Estado del pueblo judío.
* Jerusalén, capital exclusiva de Israel.
* Desmilitarización de Franja de Gaza.
* Desarme del Hamás.
9) El Estado palestino estaría desmilitarizado, Israel continuaría siendo responsable de la seguridad, del espacio aéreo y de las fronteras.
 
Hasta acá todo bien y suena excelente, incluso por primera vez desde el Plan Olmert de 2008, se presenta el mapa de lo que serían, por fin desde la creación de Israel, las fronteras definitivas, y que presentamos en la imagen más arriba.
 
Entonces, ¿cuál es el problema? Los planes de paz tienen dos niveles: lo que proponen, y el principio de su implementación. En los Acuerdos de Oslo, el principio era el gradualismo; en la Hoja de Ruta, la reciprocidad. En el Plan del Siglo de Trump es la implementación expeditiva y unilateral.  
En efecto, este anuncio no se está presentando ni percibiendo como un “Plan del Siglo”, una propuesta, sino como una “Decisión del Siglo”, un anuncio de lo que se hará, en lugar de ser una pregunta a los palestinos a ver si les gusta el plan o si seguimos negociando. Si les gusta bien, tendrán su Estado en cuatro años. Y si no, también, y que les vaya bien.
 
Netanyahu, incluso, ha anunciado que ya este domingo, en la reunión de gabinete, elevará a votación la anexión expeditiva del Valle del Jordán, y que era sólo el comienzo. Y en pasillos gubernamentales han comenzado a fantasear con creativos planes de ingeniería de Estado: ¿por qué no entregarles en compensación por la anexión de los asentamientos, en lugar de los arenales de Jalutza en el límite con Egipto, el Triángulo del Valle de Ara, lindante con Cisjordania por el norte, poblado por alrededor de 150.000 árabes israelíes?
 
Los países árabes, salvo Jordania, están aceptando el Plan, como un mensaje a los palestinos de que tienen que aceptar lo que se les da, porque el mundo árabe tiene problemas más graves que seguir preocupándose por ellos, y los están abandonando. Sus problemas tienen un nombre: Irán.
Los palestinos, por su parte, se están organizando para protestar, y todavía no sabemos qué energía tienen para hacerlo, pero ya han habido manifestaciones y muchos posters de Trump y Bibi quemados en medio de gritos y amenazas ultranacionalistas y ultrarreligiosas islámicas radicales. ¿En cuatro años no habrá un Hamás armado hasta los dientes, reconocerán a Israel como Estado cuna nacional del pueblo judío y se creará entonces un Estado palestino sin Jerusalén, sin derecho al retorno de los refugiados, y acantonado dentro de Israel? Cuánto lo dudo. 
 
Pero qué sabe uno, quizás funcione. En el Medio Oriente, tan proclive a eternizar conflictos, a veces una fuerza que viene de afuera a patear el avispero ayuda a las partes en pugna trabadas en sí mismas, a salir del pantano, o conformarse con lo que impone el más fuerte. Quizás, después de haber rechazado todos los planes de paz sin proponer nada a cambio, los palestinos tengan que atenerse a esto que están recibiendo hoy por decisión imperial, y por traición de un mundo árabe que los mandó a una intransigencia suicida en primer lugar, allá por 1947.
 
Lo que sí digo es que, en el camino, quizás tengamos que pasar por una etapa de levantamiento, terrorismo y muertes, de un lado y del otro, que es lo que el “Plan de Paz” de Trump, queremos creer, quería evitar. 

EL SHOW (perdón, el Plan) DE LA PAZ

TrumpBibiGantz

¿Cuáles son los puntos principales que componen el famoso “Trato del siglo”? ¿Por qué tienden a cero sus posibilidades de éxito? Los jugadores, tanto en Washington como en Jerusalén, saben que no prosperará. ¿Por qué, entonces, se anuncia su presentación ahora y en esta forma?

Por Marcelo Kisilevski

El Foro Internacional por la Shoá en Jerusalén, el jueves, terminó con una sorpresa: el vicepresidente norteamericano, Mike Pence, entregó una invitación al premier Biniamín Netanyahu y al líder de la oposición, Benny Gantz, de parte de Donald Trump, para visitarlo pasado mañana, y escuchar de él los detalles del “Trato del siglo”, como llama su Administración al nuevo plan de paz con los palestinos.

En realidad, fue la nueva maniobra genial de Bibi “Houdini” Netanyahu: este martes se tenía que discutir en la Knesset el otorgamiento o no de inmunidad parlamentaria a Netanyahu para que pueda (o no) ser juzgado por corrupción ya desde antes de los comicios del 2 de marzo. Entonces sugirió/pidió/propuso a su amigo Trump que presentara ya ahora la fase política de su Trato del Siglo.

La maniobra es genial porque con ello logra tres cosas: 1) Pone a la oposición en una situación embarazosa: no queda bien tratar su situación in absentia en la Knesset, cuando el premier está en una misión de tan vital importancia para el Estado. 2) Corre el eje del debate público, para que las elecciones no parezcan ser ya sobre su situación judicial, “Bibi sí o Bibi no”, que hacían quedar a Netanyahu como que trababa al país por sus necesidades personales, sino por algo de contenido ideológico profundo, la paz con los palestinos y cómo lograrla. 3) Tiende una trampa mortal a Gantz, su adversario: si acepta la invitación, ¿en calidad de qué lo hará? Será un novato, “una estadística”, se dijo en los pasillos políticos, un testigo mudo de los conciliábulos de los dos zorros veteranos, Trump y Netanyahu. Si no viaja, estará desairando al líder norteamericano para conspirar en la Knesset contra Netanyahu, en su ausencia y a sus espaldas.

Al final le encontró la salida a la trampa: viajará, pero se reunirá privadamente con Trump: “He aceptado la invitación personal del presidente norteamericano, y me reuniré con él el lunes (mañana) de modo personal, como líder del partido más grande de Israel”, dijo. Los medios, sin embargo, dijeron que también participaría en la reunión del martes, así que se verá cuál es la dinámica grupal.

Pero de este modo, Netanyahu busca ser una vez más el mago “Houdini”, el maestro de la huida de situaciones difíciles, porque en cada uno de los anteriores comicios, fue perdiendo altura de vuelo. Si ahora gana las elecciones, incluida la formación de gobierno, habrá que ovacionarlo de pie por tan excelente show.

En sí, el famoso “Trato del siglo” no tiene ninguna oportunidad de tener éxito, ni por su contenido, ni por la dinámica de su presentación. Desde el vamos, Washington no tenía intención de presentarlo antes de formado un gobierno estable en Israel, para no convertirlo en materia de campaña electoral. Lo hacen “a pedido”. “Hemos aceptado el pedido del Premier israelí”, formulaba explícitamente Pence. Por otro lado, la Casa Blanca invita a Netanyahu, a Gantz, y a nadie más. ¿Y los palestinos? Bien, gracias. Ellos ya han anunciado que no mirarán el plan siquiera de reojo, así que, ¿para qué perder tiempo invitándolos a que todos pasemos un mal rato y salga mal la foto?

Los puntos del “Trato del siglo”

A decir verdad, si uno ve el plan, según lo que ha trascendido, no se entiende en qué están pensando los norteamericanos. Parece una negociación entre Washington y Jerusalem, más que entre Israel y los palestinos.

Según lo que trascendió, por ejemplo lo difundido en el Canal 12 (Mako) del viernes, el plan incluiría:

1) Soberanía israelí sobre todos los asentamientos israelíes en Judea y Samaria (Cisjordania). Todos, menos 15 asentamientos aislados, serán conectados en continuidad territorial con Israel. Pero también los 15 estarán bajo control israelí, tipo cantones pequeños.

2) Israel podrá anexar hasta un 40% de los territorios C, hoy bajo control militar israelí, tanto civil como de seguridad, según el Acuerdo de Oslo 2.

3) Soberanía israelí total sobre el Valle del Jordán.

4) Jerusalén permanecerá bajo soberanía israelí, incluida la Ciudad Vieja. Acceso palestino a los lugares santos, pero con una representación administrativa apenas simbólica.

5) Compensación territorial a los palestinos en la zona de Jalutza en el Neguev, en el límite con Egipto.

6) No concreción del “derecho al retorno” de los refugiados palestinos, fuera de la absorción simbólica de algunos de ellos, sin mecanismo de indemnizaciones.

7) El “caramelo” para los palestinos: al final del proceso, la creación de un Estado palestino independiente, a unos cuatro años de presentado el Plan. El Estado será desmilitarizado, sin posibilidad de trabar tratados internacionales, y sin control de sus fronteras.

8) Reconocimiento palestino de Israel como Estado judío, de Jerusalén como capital de Israel, desmilitarización de la Franja de Gaza, y desarme de Hamás.

Análisis final

La Autoridad Palestina ya ha dado muestras de no tender a una solución práctica y racional que lleve a la creación de un Estado palestino posible. La prueba es que, ante los planes presentados desde los tiempos de Oslo, no sólo han rechazado todo, sino que jamás han contrapropuesto absolutamente nada. Nada que no sea la retirada total a las líneas de 1967, capital en Jerusalén Oriental, y el derecho al retorno de los refugiados a suelo israelí.

Todo eso es cierto, pero este “Trato del siglo” parece diseñado de antemano para el rechazo palestino. Entonces, ¿para qué se presenta? Respuesta posible: los palestinos son el componente menos importante en esta jugada, y el plan está dirigido, en realidad, a oídos de los países árabes, en un intento de consolidar una gran coalición contra el bloque ruso-chino-iraní-turco.

En efecto, todos ellos fueron invitados a Washington para ponerlos en tema, aunque separados de los líderes israelíes. A los países árabes, la causa palestina hace tiempo les ha dejado de importar, pero el plan, que sería aceptado por Israel (aprovechando una vez más el rechazo palestino) puede darles la excusa para aceptar un acercamiento más abierto con Israel. Recordemos también, que el Plan Saudita de Paz de 2002, que llama al reconocimiento de Israel por todos los países árabes y normalización de las relaciones con este país bajo ciertas condiciones, plan que no ha sido siquiera respondido por Israel, no ha sido retirado, sin embargo, por la Liga Árabe. Podría tratarse, al final de cuentas, de una oportunidad.

 

 

 

5 AÑOS SIN NISMAN: REFLEXIONES DESPUÉS DEL DOCUMENTAL

Nisman

Por Marcelo Kisilevski

Algunas reflexiones después de ver el documental sobre la muerte de Alberto Nisman en Netflix, a cinco años del crimen. La primera es que, después de haberlo visto, sigue siendo obvio que lo asesinaron, que fue la víctima 86 del atentado a la AMIA, que se politizó el homicidio en lugar de investigarlo, y que la discusión del suicidio es una “discusión argentina”, que no resistiría el menor análisis en ninguna otra parte del mundo. Sin embargo, el documental, para alegría de Cristina, que lo ha elogiado emocionada, legitima la discusión: suicidio u homicidio. Esa (y no quién lo mató ni por qué) es la cuestión.

Como mucho, se habló de “suicidio inducido”, pero eso es también homicidio: no constituye la resolución del caso, sino una hipótesis inicial. Si fue inducido, la pregunta sigue siendo quién lo indujo, y se debe investigar. En lugar de eso, se concluye en el documental que hay “tres teorías”: suicidio, suicidio inducido, homicidio. La primera tranquiliza; las otras dos interpelan, desafían, dan miedo. En ningún programa de TV reflejado allí se hace la pregunta obvia: si fue asesinado, ¿quién fue?

Si no fueron los K, si “les tiraron un muerto”, ¿quién se los tiró? Parrilli es el único que va más allá en el análisis (bueno, no tanto más allá): el mayor perjudicado, dijo, es el gobierno de Cristina. Ponele, pero ¿entonces? Conclusión: no sabemos si fueron los K o los anti-K, y tampoco sabremos nunca si Lagomarsino fue asesino, cómplice o fusible, porque nadie parece tener fuerza (ni, parece, voluntad política) contra aquellos a los que les conviene que no se resuelva.

Segunda reflexión: no se investiga, como no se investiga el atentado a la AMIA, porque cualquiera que se meta, sabe que alguien (los K, los Stiuso, “el poder” o el que sea) lo tendrá agarrado de los huevos. Y los que agarren huevos, estarán a su vez agarrados por otros. Es la ley de la selva, literal. O, mejor dicho, la ley de los carpetazos. El próximo crimen sin resolver está a la vuelta de la esquina. Las organizaciones terroristas que han penetrado en América Latina, comenzando por Hezbollah y sus amos iraníes, lo saben bien. La “mano de obra desocupada” en la Argentina, también. Es debido a este festival de impunidad, precisamente, que la Argentina sigue siendo blanco potencial y fácil del terrorismo internacional.

Tercera reflexión: ¿De verdad pusieron a una funcionaria judicial como Viviana Fein al frente del caso? ¿En qué estaban pensando? ¿Esos son los detectives que hay en la Argentina? ¿Cómo puede funcionar una justicia penal donde los jueces son los detectives, y donde su investigación consiste en citar testigos o expertos a declarar? ¿Cómo puede ser que sea una fiscal la que entra a la escena del crimen y la dirige (y la contamina) como si fuera el detective Starsky o una científica forense de CSI? ¿Cómo puede ser que diga: “el que dice que fue asesinato que traiga pruebas”? ¿Para qué la mandaron a usted, entonces, señora? ¿Cómo puede decir que “los que dicen que contaminé la escena no vieron que primero se filmó y fotografió todo”? ¿Ese es el nivel? Descubrió decenas de llamadas extrañas entre agentes de inteligencia durante toda la jornada previa al asesinato. ¡Muy bien! ¿Y? Dele, siga. Pero no: “no hay suficientes pruebas de homicidio” y punto. Ahí se quedó lo más tranquila la buena funcionaria. O alguien la “tranquilizó”.

Sobre todo, funcionarios o jueces, ¿no deberían actuar en el tribunal, en base a las evidencias recogidas por detectives y forenses? Si jueces o fiscales son los que investigan, ¿a qué se dedica la policía? Un juez o un fiscal que investiga, ¿no se transforma en parte, en lugar de estar por encima, en lugar de ser neutral a la hora de juzgar? Y ser parte, en la Argentina, además de viciar el juicio, ¿no lo hace sujeto a presiones y sobornos? Galeano fue posible porque era “juez investigador”, un invento absurdo. ¿Quién diseñó el aparato de justicia penal en la Argentina? Me dirán, como siempre: no entendés. Es cierto, es tan absurdo que es incomprensible.

Además, como lo dijo un entrevistado de la CIA: “Nos encontramos con un aproach según el cual primero hay una hipótesis y después se buscan evidencias que las sostengan, en lugar de ver qué evidencias hay, y luego trazar hipótesis”. Ah, pero lo dice alguien de la CIA, entonces no sirve. Sepan disculpar.

Y la última: la Argentina se ha convertido, a fuerza de grieta, en el país donde la justicia no existe, donde las evidencias nunca son tales, porque depende de quién las encargue, de quién las presente y de quién las reciba, las escuche y las vea. Es un país donde después de que investigan jueces, fiscales, la SIDE, hay que traer también a la Gendarmería, porque la Argentina es un Estado enfermo.

Es un país donde Maldonado fue “desaparecido y asesinado” porque lo dicen algunos, aunque se pruebe en quince peritajes que murió ahogado, en lugar de llorar su muerte cuando protestaba por una causa justa (flaco favor se le hace así a la causa justa); y donde un fiscal que estaba por presentar la acusación de su vida y aparece muerto unas horas antes, en realidad “se suicidó”. Muy parejo ese sentido común. Todo eso, en lugar de reclamar la verdad y hacerse cargo de ella, como gente adulta. Incluso los K, que dicen “nos tiraron un muerto” (sin siquiera advertir que eso contradice la infantilidad del “suicidio”), debían haber sido los primeros, precisamente por eso, en impulsar, ordenar, ¡imponer! la resolución del caso a la semana de ocurrido.

En fin, suerte con eso. El documental de Netflix es la ilustración de un país en el que no hay justicia, en el que la verdad siempre es relativa, en el que nadie confía ya en nadie, un país irreconciliable, un país desquiciado. Un país que da miedo.

Por qué de verdad Trump abandona a los kurdos (pista: no es por el impeachment)

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Civiles kurdos huyen del norte de siria ante los bombardeos turcos. Ya suman más de 100.000.

Por Marcelo Kisilevski

Todos los medios señalan con razón el estilo brutal de gobierno de Trump, en este caso su política exterior. Una llamada telefónica al presidente turco Recyyp Erdogán dando luz verde a un plan encajonado hace años para crear una zona de buffer en el norte sirio para así separar a los kurdos de ese país de los kurdos turcos; y un tuit anunciando el retiro de tropas norteamericanas, eso fue todo. La CIA no estaba informada, tampoco el Pentágono, mucho menos los miembros de su gabinete. Los kurdos han sido traicionados con una llamada y un tuit, cuyos resultados, que ya suman más de 300 civiles y combatientes kurdos muertos, están lejos de verse.

Pero el analista israelí Alón Pinkas, en el suplemento de fin de semana de Yediot Ajaronot, va más allá a la hora de explicar las razones y los alcances geopolíticos de la medida. Tampoco se pliega al coro de quejas israelíes, en el sentido de “sólo podemos confiar en nosotros mismos, somos los próximos en la fila”, etc. Para él, la victimización israelí, que compara entre el poder de fuego y la proyección disuasoria israelíes por un lado, y la indefensión kurda por el otro, es no sólo incorrecta, sino incluso ofensiva.

También el impeachment que pesa como espada de Damocles sobre la cabeza de Trump es apenas un detalle coyuntural. Para Pinkas, la proyección y las razones de la retirada norteamericana se remontan nada menos que al fin de la Guerra Fría y el fracaso de las Primaveras Árabes.

En efecto, si se unen los puntos dejados por sucesos de la última década, quedará dibujado un panorama claro: EEUU se está retirando del Medio Oriente. Es un proceso lento, con altos y bajos, con desafíos y realidades puntuales en el terreno, pero la tendencia es clara. Algunos de esos puntos: las manifestaciones en El Cairo, que llevaron a la caída de Hosni Mubarak, la guerra en Libia, la guerra civil en Siria desde 2011, la guerra interna en Yemen y con Arabia Saudita, el conflicto saudita-qatarí, el enfrentamiento a fuego lento entre Arabia Saudita e Irán. A ello se suma el conflicto palestino-israelí: el “Plan del Siglo” de Donald Trump es comparado en algunos círculos con el Monstruo del Lago Ness: todos hablan de él, ya con temor, ya con respeto, pero nadie cree que realmente exista, o que vaya a tener alguna incidencia.

Las razones de esta retirada lenta pero segura son cinco:

1.La URSS ya no está. Desde 1945, la política norteamericana en la zona se basaba en dos ejes: frenar el avance soviético y crear pactos pro-norteamericanos. En la década iniciada en 1992, EEUU queda como la única potencia. Y en 2001, el eje de prioridades norteamericanas vira hacia la lucha contra el terrorismo, y ya no contra otra potencia.

2.Independencia energética. Hasta principios de los 90, EEUU importaba más de la mitad de su petróleo del Medio Oriente. Esta dependencia bajó prácticamente a cero por dos desarrollos tecnológicos: el hallazgo de “aceite/petróleo bituminoso” en cantidades siderales en EEUU: petróleo o gas encerrados entre capas rocosas y su extracción a través de “fracking”, explosiones hidráulicas de rocas, y la posibilidad de perforación diagonal exacta. A ello se suma un desarrollo regional: Canadá y México aumentaron considerablemente su extracción, lo que le permite reservas para importación en caso de escasez potencial, sin recurrir al lejano Medio Oriente. EEUU continúa importando la mitad de su consumo (40% de Canadá, 11% de Arabia Saudita) sólo debido al menor precio en comparación con el “fracking”.

3. Cansancio de guerras en el Medio Oriente. Desde la famosa frase del primer Presidente, George Washington, en su discurso de despedida en 1796, en el que advertía contra “complicaciones allende el mar”, no ha habido regiones en las que EEUU se haya complicado tanto como el Medio Oriente y Asia oriental. La intervención en el Líbano en los años 80, la primera Guerra del Golfo en 1991, Afganistán (2001-2019), Irak (2003-2019) y el fracasado intento de instalar allí una democracia floreciente. EEUU está cansado del precio en sangre, en dinero, en credibilidad y en falta de beneficios geopolíticos en estas guerras y en su presencia en el Medio Oriente. La Quinta Armada todavía está anclada en los puertos de Bahrein y Qatar, la Sexta Armada todavía navega por el Mar Mediterráneo, pero la tendencia es hacia la reducción en su participación en conflictos regionales.

4.Caen las fichas acerca del mundo árabe. La combinación del derrumbe de la URSS con la independencia energética y el colosal fracaso de las Primaveras Árabes llevaron a EEUU a una nueva percepción respecto del mundo árabe. En una mirada supra-estatal, EEUU identifica tres potencias regionales en el Medio Oriente: Israel, Turquía e Irán. Las diferencias entre ellas son enormes y variadas, pero comparten un denominador común: ninguna es árabe.

5.El traslado del eje de atención estratégico a Asia oriental, en particular contra la expansión de la influencia y la proyección del poder de China. Este es el interés y esta es la prioridad que identificó la Administración Obama, y en cierta medida, con su estilo, Trump continúa la línea.

Luego, Alón Pinkas pasa a evaluar el consenso generalizado en torno a quién gana y quién pierde. Existe, dice, un consenso en cuanto a que Irán sale ganando con la retirada norteamericana y su abandono de los kurdos. No queda claro qué es lo que gana Irán. El fortalecimiento de ISIS, el enemigo sunita jurado de Irán, no es un logro iraní, precisamente. Irán, además, es un tigre de papel cuya fuerza se sobredimensiona.

También existe consenso en cuanto a que Rusia gana con esto, debido a que EEUU se retira. Primero, la presencia norteamericana ya era pequeña. Segundo, ¿de qué manera la presencia rusa en el corazón de este pantano de sangre sirve a los intereses rusos? Sí, el caos favorece a Rusia, y no hay mejor agente del caos que Donald Trump, pero no queda claro cómo todo esto sirve a Rusia.

Segundo, “Irán se ha fortalecido”. ¿Cómo, exactamente? No queda claro, pero para las necesidades políticas (la referencia es claramente hacia el premier Biniamín Netanyahu), siempre es útil llenarse la boca con ello.

Y finalmente, Israel. Existe un pánico de enormes proporciones surgida de una sensación falsa y de una victimización del tipo “como los kurdos, también nosotros seremos abandonados a nuestra suerte”. La comparación entre un puñado de milicias kurdas y el país más fuerte del Medio Oriente es ofensiva.

Después de todo hay aquí un asunto que es sencillo. EEUU carece de una política seria o guiada por intereses en el Medio Oriente. Era previsible y habrá que acostumbrarse.

 

 

Por qué voté Unión Democrática en Israel

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Por Marcelo Kisilevski

Me preguntaron por qué cambié mi voto de abril a septiembre, primerea y segunda “fecha” de las elecciones en Israel 2019, de Azul-Blanco (Gantz – Lapid) a Unión Democrática (Meretz + Stav Shaffir + Ehud Barak), así que aquí va.

Unión Democrática (Majané Democrati) no existía en abril. Toda la vida había votado a Meretz, pero en los dos ultimos comicios ya no pude. La realidad había cambiado demasiado desde los años de Oslo, cuando se consolidó el frente de izquierda Meretz, pero su plataforma no cambió sustancialmente. En concreto, los palestinos ya no eran ni son la misma parte “indefensa” en el conflicto. La Autoridad Palestina es un proto-estado con tres poderes, con fuerzas armadas (policía y servicios secretos varios), sistema de justicia, sistema de gobierno, responsabilidad de estado por su población y por la creación de consenso a favor de un acuerdo de convivencia con Israel en base a dos Estados. El liderazgo palestino tiene una parte importante en el estancamiento del proceso de paz, tanto como la parte israelí.

Dos argumentos nos guiaban en los años ’90: 1) Israel es más fuerte y controla a otro pueblo, por lo tanto es el que puede definir el fin de la ocupación y del conflicto con solo “apretar un botón”. 2) Yo como israelí puedo ocuparme de los extremistas de mi lado; que de los extremistas palestinos se ocupen ellos.

El problema es que, desde Oslo, no siempre gobernó la derecha y, sin embargo, todos los intentos israelíes por avanzar en el proceso de paz fracasaron por el rechazo palestino, justificado o no, pero acompañado de violencia, en lugar de contrapropuestas y continuación de negociaciones. Incluso la retirada de Gaza, que, aunque fue hecha sin acuerdo constituye un claro “principio del fin de la ocupación”, también fue respondida con violencia. Una violencia que arrastramos hasta hoy.

Voté primero a Itzjak (Buyi) Herzog, no porque el Laborismo pareciera una fuerza viable, sino porque Herzog decía lo que yo, en tiempos del operativo Margen Protector: “No hay otra, hay que dar un golpe fuerte al Hamás. Pero después hay que ir a tocar la puerta de Abbas y buscar una solución política”. En otras palabras, lo cortés no quita lo valiente, y viceversa.

Después, en abril de este año, voté por Kajol-Laván, como voto estratégico, para poner fin de una vez a la hegemonía de Netanyahu y la decadencia moral que su gobierno ha traído, junto con el estancamiento de todo proceso de paz y el “clima de anexión” que se va instalando en el discurso, dos elementos que nos pueden acabar llevando a un Estado binacional y al fin del Estado con mayoría judía en Israel. Israel no es el único responsable de la perpetuación del conflicto, pero eso no significa que esté haciendo lo suficiente por ponerle fin. La intransigencia palestina sólo le provoca un placer casi orgásmico a Biniamín Netanyahu.

Entonces vino la unión de Meretz con Stav Shaffir y Ehud Barak. Este último no es santo de mi devoción. Barak es, después de Netanyahu, el mejor sinónimo de ego y corrupción (sin igualarlo). Pero su paso al costado, colocándose como irreal número 10 en la lista, lo redime aunque sea en parte. Su discurso combina la necesidad de volver a la mesa de negociaciones con una firme concepción de seguridad y defensa.

Stav Shaffir, por su parte, no sólo trae juventud, también trae una lucha a capa y espada contra la corrupción, una acción ya demostrada en la Comisión de Finanzas por la transparencia presupuestaria, y un discurso que devuelve la palabra “sionismo” sin vergüenza a la izquierda sionista israelí. Quiero un Estado que no se avergüence de su carácter nacional judío, con respeto, con la mano tendida, con igualdad y libertad a las minorías, pero orgullosamente judío. Es por lo que luchó la izquierda sionista desde siempre, y es en lo que creo.

Cuando la gente de Meretz me dice: “¿Pero dónde leíste que Meretz no se considere orgullosamente sionista? ¿Cuándo nos viste aplaudir la intransigencia de Mahmud Abbas?”, yo respondo que tampoco he visto lo contrario. El orgullo sionista, así como la condena al terrorismo (o, aunque más no sea, una amistosa pero firme crítica constructiva) a la parte palestina en el conflicto, no pueden ser por omisión.

Pero en lo demás sigo coincidiendo con Meretz: un Israel inclusivo, progresista, la necesidad de modificar la Ley Básica: Israel, cuna nacional del pueblo judío, de modo que incluya la dimensión democrática y de igualdad para todos sus habitantes al mismo nivel que su carácter nacional judío, y la devolución al árabe de su carácter de lengua oficial junto con el hebreo; la defensa de los débiles de la sociedad; la igualdad de derechos para la comunidad LGTB, la lucha contra la violencia de género, el fortalecimiento de los resortes del Estado de bienestar, la separación entre religión y Estado y el fin de la compulsión religiosa como políticas públicas -es decir, desde el respeto y tolerancia hacia los religiosos en sí-, etc. En general, una concepción de mirada hacia el futuro, con democracia, con inclusión, con tolerancia, sin complejo de inferioridad, con capacidad para, una vez más, tomar la historia en nuestras manos con optimismo y, en alerta, pero sin paranoia.

En lo táctico, el frente de Gantz-Lapid gozaba de buena salud, pero la existencia de Meretz, Majané Democrati, y el bloque de la izquierda en general, quedaban en peligro de extinción, otra razón para votar por el espacio de mis amores.

Por todo eso, mi voto por Majané Democrati fue natural, una especie de “regreso a casa”. El resultado pudo haber sido mejor. Pero yo gané.

 

 

 

DRAMA EN ISRAEL: DE NUEVO A ELECCIONES

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Por Marcelo Kisilevski
 
Por primera vez en la historia de Israel, la Knesset 21° acaba de ser disuelta apenas después de un mes de haber iniciado sus sesiones, y dos meses después de las últimas elecciones. Al haberse vencido el plazo para formar coalición, el premier Biniamín Netanyahu y el Likud no esperaron a que el Presidente Reuvén Rivlin diera chance a otro diputado, como lo marca el procedimiento electoral, de formar coalición, e impulsaron la ley de disolución de la Knesset para convocar a nuevos comicios.
 
El Presidente, al fin y al cabo, cumple una función poco más que nominal, y no tiene fuerza para librar batallas político-constitucionales. Tampoco se trata de una jugada ilegal por parte de Netanyahu: en el momento en que la Knesset aprueba su propia disolución y convoca a nuevos comicios, al Ejecutivo no le queda plataforma de la cual emanar y, por más que Ganz hipotéticamente formara acuerdos coalicionarios, no habría parlamento para aprobar y sustentar tal formación. Such is life in regímenes parlamentarios.
 
Las preguntas que debe hacerse el electorado tienen que ver con el status moral de la maniobra del premier. La ejecutó porque pudo, porque las reglas del juego no lo obligan a dejar que Ganz intente siquiera tomar su turno de formar coalición si puede evitarlo: “si no yo, entonces nadie” es su lema. Su jugada no es ilegal, pero huele moralmente mal, muy mal. Cree que sus votantes entenderán que tienen que venir en masa a las urnas y votar por él, y cree que puede conseguir 40 escaños esta vez, según dijo a su círculo íntimo. La pregunta, dicen en su entorno, es si no fue demasiado lejos, y no acabará pagando un alto precio por lo que acaba de conseguir.
 
Ahora, todo vuelve a fojas cero. El 17 de septiembre habrá nuevas elecciones generales en Israel, y la campaña ha comenzado: Netanyahu ya echó la culpa a Avigdor Liberman por su fracaso en formar coalición durante los últimos 42 días, y lo calificó de “izquierdista”. El que espere resultados dramáticamente diferentes, tanto en la campaña, que estará llena de alusiones personales y escasa de ideas o propuestas, como en las elecciones mismas, puede que sufra una grave decepción. Lo mismo cabe para las negociaciones coalicionarias que habrán de seguir. Y entonces, la próxima pregunta, girará en torno a la viabilidad del sistema israelí de gobierno, en su totalidad.

¡FELICES 71, ISRAEL!

israel-71

Por Marcelo Kisilevski

Quiero a Israel por muchas cosas. Principalmente, porque es la expresión del éxito de un valor consagrado por la comunidad internacional, incluido el progresismo mundial: el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Es quizás el país más inclusivo del mundo. Sin llenarse la boca, sino practicándolo en el terreno. Que da cabida a las más diversas expresiones, tanto religiosas y culturales como de género. Es un Estado solidario, con una sociedad que se preocupa por los más necesitados, presentando el número más grande del mundo per capita en cantidad de voluntarios en ONGs de acción social. Es el país cuyos inventos más ayudan a toda la humanidad, ya sea a los que menos problemas tienen, tipo Waze, que a mí me cambió la vida, como a los que menos, como las diversas tecnologías de producción de agua potable y agricultura en zonas inhóspitas, y los comparte con todo el planeta, pasando por la mejora a las personas con discapacidades, como Orcam, que ayuda a los ciegos a leer y reconocer caras.

Ya sé, me van a decir: “Marcelo me estás cargando? Tenés un gobierno de ultraderecha religiosa, no te podés casar por civil, las parejas jóvenes no se pueden comprar casa, el costo de vida está por las nubes, los árabes y los etíopes no están del todo integrados, el conflicto no terminó, los habitantes del sur crecen con post-trauma por los misiles de Hamás, y los palestinos siguen viendo soldados hasta en la sopa”.

Les contesto: es cierto. Por eso yo no hablo del gobierno sino del país y su gente. Al gobierno no lo voté, es más, voté a un frente táctico que tenía como fin poner fin a la hegemonía de este gobernante corrupto, atropellador y divisor. A Bibi y el paradigma que está instalando lo critico y lo combato con la palabra y con el voto porque quiero un Israel todavía mejor. No como otros, que utilizan el derecho a la crítica para llamar a su destrucción.

Porque Israel es un país maravilloso a pesar del gobierno, no gracias a él. Es el país que elegí para criar a mis hijos, que están creciendo con un horizonte de futuro, tanto en lo individual como en lo colectivo, donde podemos inculcar buenos valores porque somos libres de hacerlo, valores que tienen expresión en el terreno y no se quedan en palabras, y donde cada uno puede elegir su forma de crecer y progresar. Ya sé que esto es difícil en Israel, como en cualquier parte. Pero acá, a diferencia de otros lugares, vas logrando cosas. Aquí es donde yo soy mi mejor yo.

¿Mucho para mejorar? Claro que sí. Invito a todos los de adentro a ver la copa llena y seguir trabajando por llenar el resto. Invito a todos los de afuera a sumarse desde la positiva y venir a trabajar con nosotros por el perfil de país que seguimos soñando. Porque queremos; no porque debamos algo a los agoreros, ni a los quejosos, ni a los antisemitas camuflados.

Y esa copa, media llena o media vacía, levantémosla a la salud del logro más magnífico, seguro, del pueblo judío en toda su historia y, quizás, aunque no siempre se logre ver, de toda la historia humana. ¡Felices 71, Israel!