Derechos humanos vs. Propaganda antiisraelí vs. Propuestas de ley problemáticas: separar la paja del trigo

 

IlanaDayanEzraNawi

Ilana Dayán, acusada de cooperar con una “campaña orquestada de demonización de la izquierda israelí”. Atrás, Ezra Nawi, de la organización Ta’ayush.

Por Marcelo Kisilevski

Hace ya un par de semanas la discusión en Israel hierve en torno a la nota en el programa Uvdá (“Hecho probado”) de la periodista de investigación argentina-israelí Ilana Dayán. En su última edición, Dayán reveló que un activista de izquierda entregaba a la Autoridad Nacional Palestina a palestinos que vendían terrenos a judíos en los territorios de Cisjordania. Según la ley de la ANP, tal venta se pena con la muerte, y ya han sido muchos los ejecutados, previa tortura. De lo que resulta que un militante de derechos humanos que lucha por la causa de los palestinos, envía palestinos a la tortura y la muerte. Los miembros de la izquierda se despegaron de las actividades de este señor, llamado Ezrah Nawi, pero al mismo tiempo criticaron el programa Uvdá como parte de una “campaña de deslegitimación y demonización de la izquierda en Israel”.

Parte de esa campaña incluye la nueva propuesta de “ley de transparencia”, que determinaría que hay que “marcar” a organizaciones pacifistas que reciben fondos de entidades estatales extranjeras (a veces son estados, otras son entidades supraestatales como la Unión Europea), para hacer lo que el gobierno considera que es propaganda de deslegitimación de Israel. En este tema se han llegado a extremos desde todos lados, y es importante separar varias pajas de varios trigos.

No es serio en una democracia como la israelí intentar “marcar” a organizaciones de izquierda que reciben fondos de gobiernos extranjeros. Si el gobierno francés o el español, o la Unión Europea, financian a Shovrim Stiká (Rompemos el Silencio), la acción gubernamental, por la vía diplomática, debe estar dirigida hacia esos estados, no a ejercer una presión estilo “shaming” contra Rompemos el Silencio. Llegar a una situación donde mucha gente bien intencionada llama a prohibir la actividad en Israel de Amnistía Internacional, probablemente la organización de derechos humanos más veterana y seria del mundo, solo porque está financiada por donaciones no israelíes, es una situación no sana, provocada por fenómenos tampoco sanos.

Pero relativizar las acciones de Nawi, blanqueándolas por default al inscribir su denuncia en una “campaña”, no hace honor al respetable y enorme sector de la sociedad israelí que defiende los derechos humanos y que busca sinceramente una mejora en la vida de los palestinos en los territorios, que lucha por la coexistencia y la paz bien entendidas.

Sigamos con el diagnóstico. Rompemos el Silencio es una organización de ex soldados y oficiales del ejército israelí que recorren instituciones, tanto en Israel como en el exterior, describiendo las cosas “inmorales” que les hicieron hacer en el ejército cuando servían en los territorios de Cisjordania. En un video de la organización se ve a niños de unos  diez años cuya madre los había enviado a comprar pan, retenidos en una esquina de Hebrón. Los jóvenes de Rompemos el Silencio preguntan a los soldados qué hicieron estos niños para que los retengan. “Se olvidaron el documento de identidad en casa, estarán aquí hasta que los familiares vengan por ellos con los documentos”, fue la respuesta. “Pero son niños, iban a comprar pan. ¿De qué manera amenazan la seguridad de Israel?”, insisten los militantes pacifistas. “No tenemos la culpa, son nuestras órdenes”, respondieron los soldados, ellos mismos jóvenes de veinte años que solo esperan el fin de semana para volver a casa, ayudar también a sus madres y salir con sus novias. Conclusión de los hacedores del video: “Esta es la ocupación: una situación imposible en la que nadie parece tener la culpa de nada”.

Hasta aquí, un espectador inocente no ve el problema con Rompemos el Silencio. A mí personalmente no me parece mal que se llame la atención sobre hechos derivados de reglas del juego impuestas por una realidad que mezcla terrorismo, política nacional e internacional, y vida cotidiana de habitantes civiles de uno y otro lado. No debería haber una situación en la que niños fueran retenidos por militares. No debería haber niños siquiera en contacto con soldados. Los niños deberían estar en la escuela, en los parques, en sus casas. Los soldados deberían estar en sus cuarteles o en campos de batalla. Está bien señalar que estas situaciones son anormales. Incluso no tengo problema con que la conclusión sea llamar al fin de la “ocupación” y la creación –de una vez por todas- de un Estado palestino que viva al lado de Israel en paz y buenas relaciones. Por el bien de los palestinos, pero también por el bien de los israelíes, para que no se vean más en la posición de tener que retener gente, o entrar en casas de palestinos en busca de terroristas, o hacer esperar a los palestinos horas en los checkpoints.

Principio falaz

El problema es cuando el mero “fin de la ocupación, dos Estados para dos pueblos” no es la conclusión de las organizaciones de izquierda cuyo marcamiento intenta la ministra de Justicia Ayelet Shaked legislar, sino la destrucción de Israel.  De nuevo, me parece problemático esto de “marcar” organizaciones financiadas desde el exterior (que las hay de izquierda y también de derecha), cuando Israel se esfuerza por enseñar al mundo que está mal “marcar” productos de los territorios o israelíes en general con fines de boicot. Aquí cabría esperar de una Ministra de Justicia israelí un poco más de coherencia.

Pero, ¿qué hacer cuando algunos líderes de estas organizaciones llegan a la siguiente conclusión, no menos problemática, antidemocrática y violadora de los derechos de los pueblos, en este caso el judío? “Dado que Israel comete estas atrocidades, que son las más graves que conozca la humanidad, Israel es un país ilegítimo que debe ser desmantelado”. ¿De verdad?

En la era de las decapitaciones de ISIS, del genocidio en Siria, o, aquí más cerca, las ejecuciones de Hamás de colaboracionistas o las de la “moderada” ANP, que ejecuta a particulares palestinos que osan vender terrenos a judíos, la presencia del ejército israelí en Cisjordania no puede ser llamada seriamente “atrocidades más graves que haya cometido la humanidad”, o llamar a Israel un “régimen nazi temporario”, y esperar que eso suene a una progresista, pacífica y bondadosa expresión de deseos.

El problema de la izquierda es que algunas de sus organizaciones o sus líderes, en principio pacifistas y sinceros defensoras de la coexistencia, se están deslizando peligrosamente por el camino del llamado a la destrucción de Israel, lo cual implica una incitación a la violencia extrema, no a la paz.

Lizi Saguí, ex alta dirigente de B’Tselem, una organización que monitorea la construcción de viviendas en los territorios y los problemas de la Cerca Separadora o “Muro”, entre otros, dijo sin avergonzarse que “Israel provoca las atrocidades más grandes de la humanidad. Israel demuestra su adhesión a los valores del nazismo”. La echaron de B’Tselem, pero consiguió empleo en otra ONG, la Fundación de Defensa de Derechos Humanos”. La directora ejecutiva de esta ONG, Alma Bibelsh, definió a Israel como “racista y asesino”, y un “Estado Apartheid judío y temporario”.

En estas declaraciones, recopiladas en Yediot Ajaronot por Ben Dror Iemini, Biblesh da un paso más allá cuando llama a la “lucha de israelíes, palestinos y la comunidad internacional contra el régimen israelí”. Y la lucha no es por la autodeterminación de todos los pueblos involucrados en el conflicto, ni por un Israel más justo y democrático, sino “por el fin de la ocupación entre el Jordán y el Mediterráneo”.  O sea, Tel Aviv y Raanana son territorio ocupado igual que Ramallah. Iemini es irónico: “Y entonces nos irá genial bajo un gobierno palestino. Como la maravillosa armonía y hermandad entre los pueblos que reina en Siria”.

El problema sigue. Los jóvenes de Rompemos el Silencio no se limitan a hacer videos de advertencia sobre soldados que retienen niños en su camino a la panadería (¡terrible atrocidad!). Otra periodista del mismo diario, Ifat Erlich, reveló que uno de sus más altos miembros, Alón Liel, recorre el mundo llamando al reconocimiento de Palestina como Estado. Liel sabe que esa búsqueda de la ANP por el mundo incluye el “derecho al retorno” de todos los refugiados palestinos, que es el fin de Israel como expresión del derecho a la autodeterminación del pueblo judío, y expresa el apoyo a la intransigencia palestina actual a seguir negociando sin precondiciones hacia dos estados para dos pueblos.

Rompiendo el Silencio recibe financiación de organizaciones como Trocaire, de Irlanda, que es una organización fuerte en el nuevo movimiento que viene sacudiendo la arena de la deslegitimación de Israel, el BDS (Boicot, Divestment, Sanctions), que llama al mundo a dejar de comerciar con Israel, a las universidades a dejar sin efecto acuerdos de intercambio académico con universidades israelíes, presiona a cantantes a no actuar en Israel, etc.  El BDS, menos conocido en América Latina, ya ha plantado una primera bandera firme en Chile. El BDS ha dejado hace ya tiempo de denunciar la ocupación, para llamar a la destrucción de Israel como un todo.

Llamar a la destrucción de Israel es antisemitismo

La paja del trigo: está bien criticar el manejo del ejército israelí en los territorios, en insistir a llamar al fin de la ocupación y la creación de un Estado palestino. Eso es una opinión política, legítima de ser expresada en una democracia. Llamar directa o indirectamente a la destrucción de Israel como Estado judío, democrático y legalmente constituido, es incitar a la violencia y al genocidio. Es menos legítimo, es menos moral.

Es además antisemitismo, y debo explicarlo, ya que no se me conoce como un paranoico que grita “antisemitismo” ante cualquier crítica contra Israel.

Pues, ¿cuál es el principio que se desprende del llamado a la desaparición de Israel debido a sus injusticias? Suponiendo que Israel fuera exclusivo culpable del fenómeno de los refugiados palestinos, que hubiera habido limpieza étnica y un montón de falsificaciones históricas por el estilo, y que la ocupación fuera tan atroz que los palestinos se arrastraran desangrándose por las calles (cosa que está lejos de ocurrir), el silogismo intelectualmente honesto debería ser: “Todo país que, a la hora de su nacimiento o a continuación, ha perpetrado iniquidades contra otro colectivo humano, es ilegítimo y debería desaparecer”. El problema:  prácticamente todos los estados modernos cumplen ese principio general. Piense cada lector en las razones por las cuales su propio país debería ser destruido de acuerdo con este principio. Sin embargo, del único país que se dice que, “dado que hizo tales y cuales cosas, debe desaparecer”, es Israel. Cuando se inventa un principio y se sostiene seriamente que el único país que lo cumple es el Estado de los judíos –cuando a decir verdad es uno de los pocos que justamente no lo cumplen-, las preguntas acerca de las motivaciones antisemitas, por lo menos, deben ser formuladas.

Demos un solo ejemplo: en 1948, en tiempos de la creación de la India y Paquistán, catorce millones de personas pasaron entre un país y otro, expulsiones forzadas y genocidio mediante. La mitad de ellos, musulmanes, pasaron de la India a Paquistán; la otra, hindúes de Paquistán, tuvieron que trasladarse a la India. En el medio, dos millones de seres humanos fueron masacrados.

En la guerra de la Independencia israelí –según lo documenta el historiador Benny Morris en su libro 1948-, una guerra iniciada por el lado árabe con la agenda explícita de “evitar el nacimiento de Israel y expulsar a los judíos al mar”, dejaron el futuro Israel –la mayoría huyendo por temor a la guerra, aunque en algunos lugares se registraron también expulsiones-, en cambio, unos 800.000 árabes (no se llamaban a sí mismos aún palestinos). 800 civiles fueron asesinados. Del lado israelí también hubo asesinados, 250 civiles, pues es parte de las lacras de toda guerra. Luego de la creación del Estado de Israel, la misma cifra aproximada de judíos fueron expulsados de todos los países árabes en represalia por la creación de Israel. Fueron refugiados por un día, a su llegada a Israel. Al día siguiente, Israel los ya los convertía en ciudadanos. Lo mismo ocurrió con los indios y paquistaníes, y nadie habla hoy de refugiados judíos, o de la India y Paquistán, cuyas cifras de muertos sí dan cuenta de un verdadero genocidio. Los países árabes, en cambio, no quisieron resolver el problema de los refugiados palestinos en sus territorios. En uno de ellos, Siria, se da hoy mismo un nuevo genocidio, y se han generado muchos millones de refugiados.

Pero nadie habla de los refugiados hindúes o paquistaníes, ni de desmantelar Paquistán y la India por ilegítimos. Nadie habla de destruir a los países árabes por haber expulsado a los judíos en pleno siglo 20, ni de desmantelar Siria como castigo por perpetrar el primer genocidio del siglo 21. Por no hablar de que nadie habla de desmantelar Alemania por la Shoá, o Turquía por el genocidio armenio. Pero sí se habla de desmantelar Israel, el único Estado judío. ¿No suena raro? ¿No es extraño que, con tanta guerra e injusticia en el mundo, se haya instalado con fuerza creciente y se haya legitimado la discusión sobre el derecho de Israel, y solo de Israel, a existir? Ya lo dijo Woody Allen: “Que uno sea paranoico, no significa que no lo estén persiguiendo”.

Que haya algunos que van por el mundo pregonando que Israel, uno de los pocos países creados por votación internacional, es un estado ilegítimo, sean israelíes y judíos, no los convierte en menos antisemitas.  La izquierda sionista israelí, una de las más lúcidas del mundo, debería hacer un serio ejercicio de separación entre paja y trigo, y despegarse clara y enérgicamente de las “malas hierbas” en su interior, en lugar de blanquearlas retrucando con que se trata de una “campaña de demonización de la izquierda”. Porque si esa es la lógica, tendrán que dejar de denunciar a fenómenos de ultraderecha como “Tag Mejir” y el terrorismo judío, pues eso podría ser catalogado como campaña contra toda la derecha religiosa sionista.

No hay fórmulas mágicas para combatir la deslegitimación de Israel. A las campañas antiisraelíes, que tienen todos los rasgos del antisemitismo (ver nota anterior sobre el tema), habrá que responder con campañas de concientización, utilizando incluso lo mejor de las técnicas de comunicación, de diplomacia y de lobby frente a los gobiernos que creen que contribuyen a la paz cuando financian organizaciones que llaman al boicot y la destrucción de Israel. Legislar “transparencias” por imposición, en cambio, no es útil. Al contrario, puede traer más daño y más división.

RABINO REUVÉN BIRMAJER Z”L, ARGENTINO ISRAELÍ, ASESINADO EN JERUSALEM: LA OLA TERRORISTA PALESTINA NO CESA

MuertosCuchillos

Las 28 víctimas de la actual ola de terrorismo palestino. Rabino Reuvén Birmajer Z”L, fila inferior, segundo desde la derecha.

Por Marcelo Kisilevski
No hay una “ola de violencia” en Israel y la ANP. Es terrorismo palestino, y la respuesta israelí correspondiente. Los conflictos deben ser juzgados por quién es el agresor, no por quién es el débil. Es como si llamáramos “ola de violencia” a los últimos atentados de ISIS en Francia y los operativos para dar con los terroristas y matarlos. Nadie habló allí de “ola de violencia”. La debilidad no otorga automáticamente la razón, y el malestar socio-económico-político no engendra automáticamente terrorismo. La pobreza no engendra automáticamente terrorismo, como lo dijo el Papa. Pregúntenles a los haitianos, a los zimbabweanos, o a los congoleños, o a los pobres de cada país latinoamericano. La no independencia política tampoco. Pregunten a tibetanos o a catalanes, entre tantos otros. Si así no fuera, el planeta entero se dividiría en terroristas y sus víctimas. Occidente debería cuestionar la responsabilidad del débil en este conflicto, que aunque no la vean, también está.
No es que no haya problemas ni conflicto. Pero, ¿qué les pasó a las manifestaciones con carteles y cánticos con rimas ingeniosas? Matar y llamar a eso “manifestación de un pueblo”, es no solo contrapruducente para ese pueblo, sino intelectualmente torcido. Algo no está bien con ese pueblo, algo no está bien con quienes lo apoyan desde Occidente, por acción u omisión.
A las 13.10 de ayer, hora israelí, dos terroristas palestinos perpetraron (no “protagonizaron”) un ataque con cuchillos en pleno Shaar Yaffo, en el centro de Jerusalén. Mataron al rabino Reuvén Birmajer z”l, hermano del escritor argentino Marcelo Birmajer. Vivía en Kiriat Yearim, cerca de la capital israelí, 45 de edad, 7 hijos. Soldadas de la Guardia de Frontera abatieron a los dos terroristas, pero con los disparos mataron por error a Ofer Ben Ari, 46 años. Birmajer era docente en la ieshivá (casa de estudios rabínicos) Esh Hatorá en el barrio judío de la Ciudad Vieja, cerca del Kotel. Enseñaba a los hispano parlantes allí. Su director dijo que “Reuvén era un tzadik (justo), recto, inocente y lleno de fe. Todos sus alumnos lo amaban”. El atentado lo perpetraron dos terroristas con nombre y apellido: Annan Hamed (19) e Isa Assaf (20), del campo de refugiados Kalandia.

ISIS financiado por Hamás

IsisHamas

Por Marcelo Kisilevski

Si había alguna duda de que el Hamás era ISIS e ISIS es Hamás, la nota de ayer de Alex Fischman en Yediot nos cuenta algunas novedades al respecto, no exentas de paradojas.

Efectivamente, quienes diferencian uno de otro basados en la cantidad de muertos que provocan, se basan en inconscientes criterios ligados a lo politically correct, al multiculturalismo, y a la defensa de la causa palestina. Pero flaco favor le hacen al pueblo palestino al defender al Hamás en su nombre. Lo cierto es que, si se diferencian, es en el enemigo que tienen enfrente. ISIS mató y mata decenas de miles porque puede. Hamás lo intenta también, con decenas de miles de cohetes de diverso alcance lanzados contra objetivos también civiles, por no hablar del resto de sus formas de atentados terroristas, coyunturalmente en baja. Sencillamente fracasa, pero quiere. Su fracaso, el hecho de que “no mata tanto”, no debería retratarlo como el underdog a los ojos del mundo, mucho menos del progresista. Lo repetiremos hasta el cansancio: la debilidad en un conflicto no otorga automáticamente la razón.

Según detalla Fischman, el brazo armado del Hamás en la Franja de Gaza transfirió en el último año decenas de miles de dólares por mes a la filial de ISIS en el Sinaí egipcio, como parte de la cooperación militar y estratégica que se va estrechando entre ambas organizaciones terroristas.

Fischman explica que el brazo armado de Hamás maneja un aparato financiero separado del resto de la organización en la Franja. El trato con ISIS es: Hamás paga a miembros de ISIS en Egipto para hacer guardia y resguardar los depósitos y arsenales de armas y pertrechos contrabandeado vía Sinai hacia dentro de Gaza. Se trata de grandes cantidades de explosivos para la fabricación de cohetes  y la construcción de instalaciones militares de Hamás.

A cambio, Hamás paga salarios de miembros de ISIS y, también, le proporciona equipamiento militar y entrenamiento. Gracias a ello, ISIS-Sinai se convirtió, de una banda de terroristas salafistas montañeses sin demasiada capacidad, en un mini ejército uniformado y entrenado, con armamento sofisticado, como misiles antitanques y otros. ISIS es hoy, gracias a Hamás, la pesadilla más grande del presidente egipcio A-Sisi, que por ahora solo se atreve a bombardearlos desde el aire. Hamás también proporciona infraestructura logística a ISIS, por ejemplo, facilitando el traslado de heridos a Gaza para su tratamiento médico.

En las fuerzas armadas israelíes, que siguen de cerca este desarrollo, señalaron una paradoja clara detrás de esta cooperación macabra: el principal apoyo financiero para el brazo armado del Hamás en Gaza proviene de Irán, que combate ferozmente a ISIS en Siria y en Irak. No pocos soldados iraníes murieron en estos combates. Pero justamente en el frente de Gaza-Sinai, los iraníes son los que financian –por medio de Hamás- la actividad de ISIS.

Fischman agrega que otra parte nada pequeña de los fondos del brazo armado hamásico provienen de los impuestos que paga el palestino de la calle en Gaza. Agrego yo: mucha ayuda internacional llega a las calles de Gaza por parte de organizaciones bien intencionadas de derechos humanos, quienes, más allá de leyes de vigilancia a las ONGs que se proponen a cada rato desde la derecha israelí, deberían preguntarse seriamente qué se está haciendo con su dinero.

Dr. Robot, directo al corazón

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Primera vez en Israel: al quirófano del hospital Rambam en Haifa entró un robot y efectuó nada menos que una operación a corazón abierto. Con menos cortes y menos posibilidad de complicaciones. Los cirujanos están conformes: “un paso enorme para la medicina”.  Pero la familia del paciente no pierde el foco: “Quizás el robot operó, pero los que lo salvaron fueron los médicos”.

(Del diario Yediot Ajaronot de hoy)

Las 6 capas de la ira palestina

Cuchillo Facebook

Por Marcelo Kisilevski
La ira palestina está compuesta por varias capas, e Israel no es necesariamente el primero ni el único destinatario. 

El Shin Bet pisó por fin el acelerador esta semana en su persecución del terrorismo judío. Si algo faltaba en toda esta saga de terrorismo palestino avalado por el establishment de Abu Mazen, tanto por acción como por omisión, y de terrorismo judío condenado por gobierno y sociedad israelíes, era el arresto de los responsables del atentado terrorista de este verano. En efecto, autorización mediante, los medios pudieron publicar la noticia del arresto de tres sospechosos del asesinato de la familia palestina Dawabshe, incluido el bebé Ali, de un año y medio, incinerados vivos en su casa en Duma el último 31 de julio.

Pertenecen a Tag Mejir (Etiqueta de Precio), un movimiento bastante oscuro cuyo grado de organicidad está en discusión, compuesto por jóvenes judíos de ultraderecha religiosa, tercera generación de la empresa de asentamientos en los territorios. Para el que todavía suponía que sus actos se limitaban a pintadas, o como mucho al incendio de alguna iglesia vacía, el asesinato también entra en su lista de compras con etiquetas.  Los israelíes en su monumental mayoría esperamos que se haga justicia, que los responsables pasen el resto de sus días en la cárcel, y que estos hechos no vuelvan a ocurrir jamás. Por supuesto, no en nuestro nombre.

Pero la ira palestina no empezó allí. Tampoco en el asesinato, el año pasado, del adolescente Mujamad Abu Khder, perpetrado por un hombre de 30 años y dos adolescentes, en venganza por el asesinato de los tres jóvenes israelíes, Naftali, Eial y Guil-Ad, en la víspera del operativo Margen Protector. Tampoco se origina en la leyenda de “la mezquita de Al Aqsa está en peligro”.

Según el periodista Najum Barnea, de Yediot Ajaronot, la ira palestina está compuesta por varias capas, e Israel no es necesariamente el primero ni el único destinatario.

La primera capa es la leyenda fraudulenta de: “La mezquita de Al Aqsa está en peligro”. Cada tantos años echa a andar una acusación explosiva como falsa acerca de que los judíos o Israel intentan minar los cimientos de la mezquita, y el mito, como suele ocurrir con los mitos  populares,  produce resultados. El primero en lanzarlo y recoger los frutos de la manipulación fue el nefasto Hadj Amín El Husseini, el famoso Mufti de Jerusalem, ya en los años ’30 del siglo pasado. Y sigue con nosotros, de modo que no cabe esperar que desaparezca pronto. Pero el mito fue el detonante. Ya pasó hace tiempo, y dejó tras él una estela de acuchillamientos diarios cuyo fin no se ve a la vista. Porque la ira palestina tiene otras capas.

La segunda capa es, dice Barnea, la conciencia de que la situación en el terreno no va a cambiar. Se refiere al congelamiento en el proceso de paz, la falta de desarrollo en la Autoridad Palestina y la continuada presencia militar israelí en los territorios . Ni la paz está a la vista, ni la mejora en sus condiciones de vida.

La tercera, el anuncio de Mahmud Abbas (Abu Mazen) de que ha decidido retirarse. Ello ha desatado una guerra de sucesión, que obliga a sus candidatos a extremar sus posturas, sus declaraciones y su incitación a la violencia martirológica.

La cuarta capa de la ira palestina es la decepción y frustración por el desempeño de la Autoridad Palestina. “Ustedes no manifiestan logro alguno”, dice la calle. “Corrupción, en cambio, sí manifiestan”.

Palestinos globalizados y palestinos islamizados

La quinta capa es el surgimiento de una nueva generación de palestinos, cientos de miles de jóvenes con formación pero desocupados, o que trabajan en empleos de ocasión, movidos por la ira. No temen al “Capitán Roni” del Shin Bet, no respetan a Abu Mazen, hacen pito catalán al liderazgo, a las organizaciones y al liderazgo tradicional, se rebelan contra la autoridad familiar, y están persuadidos de que ha llegado su hora.

Agreguemos a lo expuesto por Barnea: la revista Foreign Affairs ha publicado una encuesta realizada en la Autoridad Nacional Palestina (ANP) que avala la cuarta y quinta capa de de la ira palestina. Según el sondeo, el 58% de jóvenes palestinos entre 18 y 28 años de edad, que son los hijos de la generación de Oslo, han abandonado la visión de un Estado palestino y abrazan hoy en día la de los derechos civiles. “Ustedes, la generación de Oslo, han fracasado en traernos un Estado. Déjenlo, no tiene caso. Busquemos ahora la ciudadanía, en un país normal donde podamos trabajar en lo que nos hemos formado, donde tengamos paz, libertad de movimiento, crecimiento económico individual, calidad de vida, incluyendo viajes al exterior, tecnología, buena educación para nuestros hijos”, dicen.

Y esa ciudadanía en un país normal y desarrollado no puede ser otra que la israelí, porque la del Estado palestino es solo garantía de corrupción, pobreza, violencia intestina y con Israel. Personalmente he escuchado a numerosos palestinos que dicen: “Un árabe de Nazareth o un beduino del Néguev tiene ciudadanía, trabaja y cobra altos salarios, y hasta va al ejército. ¿Por qué yo no puedo? Un Estado palestino es inviable. Todos acá añoramos los tiempos anteriores a 1987 (la primera Intifada), ahora muchos se dan cuenta lo bien que estábamos y quieren volver la rueda atrás. El que gobierne tiene que ser Israel, porque si esta Autoridad Palestina es corrupta e inepta así como está, imagínate lo que será un Estado en el que tengan más poder y dinero: será una catástrofe para el pueblo”. Lo dicen en voz baja, en cuartos cerrados, en encuentros interculturales sin cámaras. Muchas veces no asisten a los encuentros, por miedo a ser vistos como traidores por hablar con judíos.

Que se entienda bien: no se trata de la vieja “guerra de los vientres” planteada por Arafat en su momento, según la cual no hacía falta combatir con las armas sino con la demografía en la que Israel desaparecerá por número de partos. Aquí se trata, en cambio, del abandono de la causa nacional por la de la normalización, el consumismo y la globalización: ser de una vez por todas ciudadanos normales en el mundo de Facebook y iPhone. Pero para el Estado de Israel, que depende de su mayoría judía para seguir llamándose “judío y democrático”, el resultado es el mismo.

Por eso concluye la revista Foreign Affaires: la visión palestina de un solo Estado que se llame Israel, donde todos sean ciudadanos que disfruten de las bondades del primer mundo, podría empujar a la derecha israelí, precisamente, a abrazar la solución de la izquierda y pisar el acelerador hacia un Estado palestino en las fronteras de 1967 con intercambio de terrirtorios, y que ellos, los palestinos, se cocinen en su salsa. Es la solución de dos Estados, pero por derecha.

En mi opinión se trata de wishful thinking (pensamiento político iluso) del Foreign Affaires. Entre otras cosas, porque el desarrollo se completaría con otro, que es la otra cara de la misma moneda: el crecimiento del islam radical en esa misma calle palestina, al compás de lo que ocurre en todo el Medio Oriente. Pero eso no quita interés al proceso complejo que se percibe en los territorios, descrito aquí desde varios ángulos.

Volviendo a Najum Barnea, la sexta capa de la ira palestina es el roce cotidiano con los colonos judíos. El odio, enfatiza el veterano cronista, es recíproco. Unos tiran piedras, otros queman árboles.

La oficialidad israelí se consuela con el número relativamente pequeño de participantes en las manifestaciones y con el hecho de que, mientras la gente no salga a las plazas y el Tanzim (brazo armado del Fatah) no desenfunde sus armas, no hay Intifada. Pero para Barnea se trata de una visión anacrónica. La plaza del pueblo se ha trasladado hace tiempo a Internet. La gran mayoría de la población apoya los atentados y sacraliza a sus perpetradores, los shahíd, mártires de la jihad, la guerra santa. Una caricatura publicada en un diario palestino describe muy bien a su nuevo mesías: un cuchillo ensangrentado descansa sobre una mesa. Su funda es el símbolo de Facebook.

Termina Najum Barnea: la Autoridad Palestina define la ola de atentados como Hábe, erupción. El Hamás lo llama Intifada, rebelión. La diferencia no es casual: la ANP ha elegido un término que le quita responsabilidad, como una catástrofe natural. Quiere que el goteo de violencia continúe, pero que no escale hasta írsele de las manos. El Hamás, en cambio, llora de gozo.

 

 

 

 

Hora de responsabilidad para la izquierda sionista

Manifestación de la izquierda israelí. Banderas que faltan.

Manifestación de la izquierda israelí. Banderas que faltan.

Por Marcelo Kisilevski, Modiin, Israel

Cuando el islam radical declara una guerra santa, uno puede no creer en esas cosas, pero tiene una guerra santa encima. Para defenderse de ella, hay que entender de guerra santa, no solamente de territorios y agua. Eso, entender al otro de verdad, sin traducirlo a “lucha antiimperialista”, debería ser hoy por hoy la verdadera actitud progresista.

Yo estuve en la plaza cuando lo mataron a Rabin. Dos años antes me había emocionado hasta las lágrimas con los Acuerdos de Oslo, el uno y el dos. No creo, como muchos, que haya sido un error. En aquel momento se trataba de lo mejor que era dable hacer en pos de la paz. El problema fueron los incumplimientos que vinieron después. También, como lo explicara el ex canciller Shlomo Ben Ami, hubo un problema de percepción: para los palestinos, Oslo no puso fin de inmediato a la ocupación; para los israelíes, Oslo no puso fin de inmediato al terrorismo palestino.

Pero por entonces, el 4 de noviembre de 1995 fui a la Plaza Reyes de Israel y canté junto con Rabin, Peres y las decenas de miles de manifestantes Shir LaShalom, la Canción por la Paz, porque entendíamos se debía contrarrestar la agitación del sector derecho del mapa político en contra de los acuerdos. Para la derecha, la continuación del terrorismo probaba que Oslo era un error. Para la izquierda, para el gobierno, no se debía permitir que los extremistas marcaran a palestinos e israelíes políticas de Estado, y se debía seguir adelante. No necesariamente tiene razón una tesitura sobre la otra, porque nunca sabremos si la de Rabin, que hablaba de “las víctimas de la paz”, hubiera prosperado, de continuar. Cuando se hace historia, el “si” condicional está prohibido. El asesinato de Rabin y el triunfo de Netanyahu en las elecciones medio año después, probaron una sola cosa: no que la derecha tenía razón, sino que fue mejor a la hora de convencer, pues la sociedad israelí no pudo digerir la ola de atentados suicidas que sobrevino al magnicidio en la primera mitad de 1996.

Sigo apoyando la solución de dos Estados, uno para el pueblo judío, y otro para el pueblo palestino. Eso me sigue colocando a la izquierda del mapa político israelí. Hoy en día me pregunto como muchos, si dicha solución sigue siendo posible hoy, a la luz de los desarrollos que se producen en la región a velocidad récord ante nuestros ojos. Quizás estamos transitando tiempo de descuento para esa posibilidad, y deberíamos apurarnos. La tesitura de la derecha en Israel es que ante la intransigencia palestina en aceptar tantas propuestas israelíes es prueba de que su agenda sigue siendo la destrucción de Israel, y entonces la mejor apuesta es el status quo, que las cosas decanten solas pues, creen, “el tiempo juega a nuestro favor”. No les falta parte de razón.

Mi tesitura, como alguien que se ve a sí mismo como parte de la izquierda sionista, es que los dos Estados no necesariamente traerán inmediatamente la paz, sino que solucionarán otro problema igual de acuciante: cómo asegurar la continuidad de Israel como Estado judío y democrático, como expresión del derecho del pueblo judío a su propio Estado en la Tierra de Israel. Con mayoría judía. Es decir, mi visión de la solución de dos Estados es eminentemente judía y sionista.

Jóvenes palestinos: “Un solo Estado: Israel”

Desde ese punto de vista, sin embargo, tampoco me molestaría la solución propuesta por Bob Lang, miembro del Consejo Municipal de Efrat, la “capital” de Gush Etzion, en Cisjordania: convertir, con el acuerdo de la mayoría palestina, a todo “Eretz Israel”, incluyendo Judea, Samaria y Gaza, en “Estado de Israel”, lo que implica dos cosas: ciertamente anexar todo, pero también otorgar ciudadanía israelí plena a todos los palestinos, como la tienen ya los árabes israelíes, pues su status en el mundo, de gente sin ciudadanía alguna, tampoco es una situación normal. Ello, si se me asegurara que los números demográficos que maneja Lang son ciertos: que en tal situación, los judíos bajarían del 80% de hoy al 65%, y que los palestinos subirían solamente al 35%. Agrega Lang que la natalidad judía supera hoy la de los palestinos -agrego yo: debido a los números en el sector religioso; habrá que lidiar más tarde con el perfil judío del Estado- y que, por lo tanto, el “fantasma demográfico” con el que nos asustan en Israel es solo eso: un fantasma.

La tesitura de Lang, que representa una opinión extendida en la derecha religiosa sionista en Israel y en los territorios, suena todavía de extrema derecha. Pero recibió hace poco otro apoyo estadístico del lado palestino por parte de la prestigiosa revista de análisis internacional Foreign Affaires. Se trata de una novedad en sí misma interesante. Según una encuesta realizada en Cisjordania entre palestinos de 18 a 28 años de edad, un 56% de los encuestados opina que la visión de un Estado palestino a partir de los Acuerdos de Oslo ha fracasado, y que ha llegado la hora de cambiar la bandera de la autodeterminación nacional por la de los derechos ciudadanos.

Los jóvenes palestinos parecen decirle a la generación de sus padres: “Ustedes, la generación de Oslo, han fracasado miserablemente en lograr el Estado, y mientras tanto, nosotros estamos en un limbo civil y de calidad de vida que ya es insoportable. Seamos todos ciudadanos árabes de Israel  que, por lo menos, es un estado ordenado, de primer mundo y sin corrupción, al contrario de lo que ocurre en la Autoridad Palestina”. La revista, en su análisis, agrega que ello podría, paradójicamente, empujar a la derecha israelí hacia la solución de dos Estados, desde una óptica de derecha. Pero eso ya es opinión de Foreign Affaires, teñida a mi parecer de wishful thinking.

No obstante, yo mismo he escuchado a numerosos palestinos expresarse de esa manera, advirtiendo que no lo pueden expresar en público, so pena de ser vistos como traidores e incluso herejes, y su vida podría correr peligro: “La Autoridad Palestina está manejada por corruptos. ¿Por qué un árabe de Yaffo o Nazaret, o un beduino del Neguev, tiene ciudadanía israelí, que es la mejor ciudadanía posible en el Medio Oriente, y yo no? Lo mejor que nos ha ocurrido aquí fue la unificación de 1967, y todos los palestinos con los que hablo quisiéramos volver la rueda atrás, a antes de la primera Intifada, porque después nos fue cada vez peor. Si hay árabes en el éjercito, en la policía, en la guardia de frontera israelíes, ¿por qué yo no? Queremos la ciudadanía israelí y ser fieles ciudadanos del Estado, con todos los derechos y obligaciones, para dar una mejor vida a nuestras familias”.

Creo que cualquier israelí o judío de izquierda sionista que quiere la paz entre los pueblos, el bienestar basado en la igualdad de derechos para todos y, al mismo tiempo, la autodeterminación del pueblo judío en su tierra milenaria, que sea un reaseguro contra el antisemitismo en el mundo, debería poder vivir con cualquiera de estas dos soluciones: dos Estados para dos pueblos, o un Estado de Israel en toda la Tierra de Israel, que garantice igualdad de derechos a todos los demás grupos en su seno, terminando con el conflicto, extendiendo el nivel de desarrollo israelí también a Cisjordania (y ojalá algún día también Gaza, pero eso ya se convirtió en otro problema), y acabando con la situación de no ciudadanía alguna de casi cuatro millones de palestinos. Hoy por hoy, esta segunda solución parece a simple vista menos posible que la primera. Pero quizás la primera se va alejando, y la segunda se va acercando. No lo sabemos.

Por qué no voté a Meretz

Dicho todo esto, debo decir que no he podido votar a Meretz en las últimas elecciones. Las tesis de Meretz, fundado en 1992, se quedaron allí, en una realidad post primera intifada. La tesis central sigue siendo, además de la solución de dos Estados, que la culpa del estancamiento en el proceso de paz reside solamente en el lado israelí. O, en el mejor de los casos, que “extremistas hay en los dos lados; de los extremistas del otro lado yo no me puedo ocupar, se tienen que ocupar los palestinos. Yo me tengo que ocupar de los míos”.

No “compro” más esta tesis. Mi problema con ella es que, mientras tanto, otro siglo ha comenzado. Desde 9/11 a ISIS, pasando por Hamás e Irán, no se puede seguir sosteniendo que Israel, por ser el más fuerte, es el lado equivocado. Ni que “Tag Mejir”, por más repulsivo que nos parezca, sea lo mismo que el Hamás. Ni que, por ser el más fuerte, tiene también más fuerza para empujar soluciones. La debilidad no otorga automáticamente la razón. Y la parte palestina, por ser la parte débil a la que el mundo le da la razón de modo automático, está muy cómoda en no asumir su responsabilidad en la continuación del conflicto ni proponer también soluciones practicables.

Es cierto, creo que al gobierno de la derecha israelí también le es muy cómoda la intransigencia palestina. El sueño de la Gran Eretz Israel sigue vigente, y los repetidos rechazos de Mahmud Abbas de todas las propuestas israelíes les hacen el juego de una manera que la derecha solo podría soñar: si no existiera el rechazo palestino, la derecha israelí tendría que inventarlo.

Pero lo cierto es que ha habido repetidas propuestas israelíes desde Oslo, y que todas, absolutamente todas, fueron rechazadas de plano por la parte palestina, dando portazos, sin una actitud del tipo “sigamos negociando”, y las preguntas sobre por qué, dirigidas a la parte palestina, deberían ser formuladas también por la izquierda sionista, no solo por la derecha. ¿Por qué han rechazado una y otra vez las propuestas de crear un Estado palestino junto a Israel, siquiera en fronteras provisorias? Pero no se pregunta. Como si cuestionarse y cuestionar a la parte palestina no fuera “políticamente correcto”, como si fuera ofensivo. O lo peor: como si cuestionar a los palestinos nos quitara el carnet de progresistas.

Desde 9/11 no se puede ignorar, como lo hace la izquierda israelí, la amenaza del islam radical que, nos guste o no, es una de las bases del rechazo palestino total. A la luz de Al Qaeda e ISIS, seguir sosteniendo que se trata de “parte de su cultura”, su “modo de resistencia a causa de la desesperación”, y que se trata de “los extremistas del otro lado, no nuestra responsabilidad”, es precisamente eso: una irresponsabilidad.

Hoy en día, este pensamiento hace la vista gorda a la alianza más contrahecha de la historia política mundial: entre la izquierda progresista en Occidente y el islam radical. Se la puede explicar como se quiera, pero es la alianza entre una ideología que se ve a sí misma como la más progresista del mundo, con otra ideología moderna, el islam radical, que desde el punto de vista marxista más básico, es la más reaccionaria de la historia después del nazismo. Como que es su heredera.

Entender el islam radical

No hablamos aquí de la mayoría de los 1.700 millones de musulmanes del mundo, que buscan practicar su religión en paz y en convivencia con el resto de las religiones y pueblos, sino del islam radical, un desarrollo moderno, nefasto, al que adscribe solo alrededor de un 20% de los musulmanes en el mundo. No son pocos, pero no son mayoría.

No es el lugar aquí para desarrollar la saga del desarrollo del islam radical como ideología moderna, explicada con lujo de detalles por el profesor Matthias Küntzel, docente de Ciencias Políticas en Hamburgo, Alemania. Baste decir que no se inaugura con Mahoma en el siglo 7, sino con la Hermandad Musulmana en 1928. Y abreva en dos fuentes: por un lado las suras coránicas medínicas, en las que Mahoma expresaba su enojo contra cristianos y judíos, decapitaba a estos últimos, etc., y las fuentes antisemitas europeas, particularmente los Protocolos de los Sabios de Sión y Mi lucha de Hitler. El islam tradicional no acusaba a los judíos de querer apoderarse del mundo. Para Mahoma los judíos eran despreciables, pero no una amenaza. La prueba es que los pudo matar sin problemas en el relato coránico. Solo el islam radical adopta la acusación antisemita de la dominación mundial. Lo hace Hassan Al Bannah, fundador de la Hermandad, y lo profundiza el nefasto criminal de guerra nazi Hadj Amín El Husseini. En efecto, el tristemente célebre Mufti de Jerusalén, no solo deportó miles de judíos a Auschwitz al servicio de Hitler (y no como su ideólogo, como erróneamente afirmó Netanyahu), sino que propagó la judeofobia islamofascista moderna al Medio Oriente a través de la emisora de onda corta nazi, Zeesen. Según esta tesitura, novedosa en la historia del islam, los judíos –y por extensión su hogar nacional como expresión profanadora y herética- son un peligro demoníaco que hay que erradicar. No como en el islam de Mahoma, sino como en el viejo antisemitismo europeo, tanto el cristiano como nazi.

Hoy, la reacción palestina, iraní, islamista, contra Israel reviste un carácter casi exclusivamente islamista radical, no antiimperialista. La izquierda europea, norteamericana y latinoamericana debería dejar de traducirla a términos materialistas marxistas, por más cómodos que le sean. Cuando los islamistas dicen “jihad”, no quieren decir “lucha antiimperialista”. Cuando llaman a los cristianos “cruzados”, no quieren decir “occidentales dominadores y burgueses capitalistas”, sino precisamente eso: cristianos. Traducir el discurso islamista radical a términos de izquierda ligados a “centro y periferia” es en sí mismo arrogante y etnocentrista. Por lo tanto, también imperialista.

Pues cuando el islam radical se impone como gobierno, su agenda no es resolver las injusticias de clase, sino imponer la sharía, la ley islámica radical, que se opone a la democracia, a los derechos humanos, a la igualdad de los sexos, al ateísmo, a la homosexualidad, a la aceptación del otro… y también a los izquierdistas. En fin, el islam radical está contra todo aquello a lo que las izquierdas de hoy aspiran. De seguro, la sharía no es el fin de la dominación del hombre por el hombre. Más bien al contrario. Flaco favor le hacen las izquierdas del mundo a la causa palestina cuando apoyan al Hamás.

Y cuando el islam radical declara una guerra santa, uno puede no creer en esas cosas, pero tiene una guerra santa encima. Para defenderse de ella, hay que entender de guerra santa, no solamente de territorios y agua. Eso, entender al otro de verdad, sin traducirlo, debería ser hoy por hoy la verdadera actitud progresista.

He ahí, pues, el gran pecado de la izquierda sionista: seguir la corriente de las izquierdas occidentales de justificar o hacer la vista gorda al islam radical en nombre de la lucha contra la ocupación. Sobre todo porque el islam radical no desea el fin de la ocupación, sino el fin de Israel como Estado del pueblo judío. Un Estado judío (no solo democrático) solía ser la aspiración también de la izquierda sionista. Si ya no lo es, que dé el aviso. Pero entonces ya no será izquierda sionista. Yo no he cambiado mi ideología; solo habré cambiado mi voto (a Majané Tzioní, por si preguntan).

Cuando planteo esto a izquierdistas israelíes, además del viejo argumento de “los extremistas propios y ajenos”, suelo recibir respuestas como: “No es cierto, nosotros lo advertimos”. Yo no he escuchado esas advertencias en Meretz ni en Paz Ahora. Si las ha habido, no han sido suficientemente enfáticas. Quiero decir: salir a manifestar contra el islam radical, su terrorismo y su violación sistemática a los derechos humanos, en las calles de Israel y del mundo, con banderas de izquierda sionista enarboladas con firmeza. En cambio, la izquierda israelí ha vuelto a Plaza Rabin, hace pocos días, en ocasión de la actual ola de terrorismo con cuchillos y atropellamientos, pero bajo el lema de que la ocupación israelí y algún ministro trasnochado que ha subido al Monte del Templo son los únicos culpables. Como si el Mufti –sí, de nuevo el Mufti- no hubiera inventado la leyenda de “Al Aqsa está en peligro” ya en los años ’30. Como si no hubiera incitación de corte islamista en el lado palestino, sin relación con lo que realmente hace Israel. Ya no puedo ir a manifestaciones que terminan blanqueando, una vez más, al islam radical.

La función histórica de la izquierda sionista

Dada su cercanía y su diálogo con las izquierdas occidentales, la función histórica de la izquierda sionista judía e israelí debería ser una función social aclaratoria esencial para la paz bien entendida entre los pueblos. Debería presentarse en todo foro internacional posible, en todo canal de comunicación, virtual o analógico, en toda manifestación callejera en las grandes capitales, en toda universidad, con un mensaje claro: “Hermanos correligionarios de las izquierdas occidentales: no todo luchador contra Israel y Estados Unidos debería ser potable para nosotros, la gente de izquierdas. El abrazo famoso entre Chávez y Ahmadinejad como paradigma es non sancto y aberrante. Si Marx se despertara de su tumba y viera ese abrazo, que se sigue dando en medios de comunicación, en universidades y en círculos intelectuales en Europa y en las Américas, se moriría de nuevo. No se puede apoyar el antiimperialismo y los derechos humanos, y al mismo tiempo blanquear al islam radical, que es genocida y opresor. Es como apoyar a Stalin y a Hitler al mismo tiempo, solo porque ambos se oponían a Occidente. En el siglo 20 hemos sido un faro contra el nazismo. En el siglo 21 debemos serlo contra el islam radical. Despertemos y actuemos.”

Las razones de los progresistas sionistas para no pronunciarse claro y fuerte en este sentido estarán con ellos. Quizás sea un problema de pertenencia, de hogar: el temor de verse convertidos ellos también, igual que todo el proyecto israelí, en parias intelectuales, y ser escupidos de los marcos progres occidentales, tan cálidos y cómodos.

Solo que no es un buen tiempo para aferrarse a zonas de confort. La izquierda progresista judía, sionista e israelí, de la que todavía formo parte, podría tener una función positiva esencial para la paz: ciertamente la de seguir llamando a la solución de dos Estados para dos pueblos que vivan en paz uno junto al otro. Pero, también, la de advertir de modo militante, fuerte y atronador, contra el peligro del islam radical.

Ola de terror: el “lobo solitario”, de Assassin’s Creed a las calles israelíes

LoboSolitario

Por Marcelo Kisilevski

¿Cuáles son las claves que nos permitan comprender, aunque sea en parte, la actual ola de terrorismo en Israel y los territorios palestinos?

En las últimas dos semanas el número de ataques individuales, que ya había comenzado, se ha multiplicado hasta adquirir ribetes masivos que, sin embargo, no admiten aún, por sus características ni por su envergadura, la calificación de “tercera Intifada”.

Se trata de ataques individuales, lo que en Israel ya han calificado de “lobos solitarios”, que emplean en especial la táctica del acuchillamiento. Se le suma el atropellamiento con automóviles, algún atentado con disparos, como el de la línea 78 de autobús en Jerusalem, un atentado con bomba suicida por una mujer, y el creciente desafío a la cerca separadora entre Gaza e Israel. Los perpetradores son, en su absoluta mayoría, de Jerusalem Oriental, salvo atentados aislados en Cisjordania (matrimonio Hankin), un árabe israelí que atropelló y acuchilló, y la nombrada ruptura de la cerca en Gaza.

El disparador fue una leyenda, aún no desmentida por los líderes responsables de la Autoridad Palestina: que Israel pretende modificar el status quo en el Monte del Templo (o Explanada de las Mezquitas) en Jerusalem. Tanto el discurso del presidente Mahmud Abbas en la ONU, en el que declaraba “incumplibles” los Acuerdos de Oslo, como sus declaraciones de que “no permitiremos que los israelíes contaminen con sus pies apestosos la Mezquita de Al Aqsa”, fueron considerados como luz verde para la salida de los palestinos a la calle.

En el plano táctico, el atentado tipo “lobo solitario” reemplaza al atentado organizado por agrupaciones terroristas, debido a que es imposible rastrearlo y prevenirlo por los organismos de inteligencia israelíes, con o sin cooperación de sus pares palestinos. En efecto, los terroristas individuales que fueron capturados a posteriori, como en el caso del matrimonio Hankin o de los dos rabinos acuchillados en la Ciudad Vieja, pudieron a posteriori, probablemente gracias a dicha cooperación, pero no se los pudo frenar a priori.

El islam radical como motor

La motivación de los lobos solitarios combina la frustración personal a nivel socio-económico con la ideología islámica radical. Cuando los perpetradores salen a la calle con un cuchillo en sus bolsos o bolsillos no gritan revolución, liberación nacional o socialismo, sino “Jihad”, “Allah es grande” y motivos religiosos afines. También gritan “Justicia”, pero no como la entendemos en Occidente: la injusticia que comete el enemigo judío es la profanación de dos lugares santos: por un lado el lema “Al Aqsa peligra”, una mentira que hoy mata a israelíes y palestinos, y de la que Abbas y los líderes religiosos deberán dar cuenta algún día. Por otro, “justicia” por la ocupación israelí, pero no solo en los territorios, sino la de todo Israel, un territorio (Palestina) perteneciente, en la mitología del islam vuelto radical, a “Dar el Islam“, la “Morada del Islam” o “Morada de la paz”.

En la visión del islam, adoptada como ideología intolerante por el radicalismo islámico, en la que no existe división entre política y religión, pues Mahoma fue enviado para “gobernar” sobre las demás religiones, la paz universal llegará cuando todas las demás religiones reconozcan la soberanía política y la superioridad moral del islam. Dividen, pues, los territorios del mundo en dos: Dar el Islam son todos aquellos territorios que están bajo soberanía musulmana o que alguna vez lo estuvieron. Israel, España y Portugal, son Dar el Islam. El resto se llama Dar el Harb, la Morada de la Guerra, por los que habrá que luchar en Jihad, Guerra Santa, solo después. Ojalá estuviéramos hablando de letra muerta: Anwar el Sadat fue asesinado por la Hermandad Musulmana dos años después del acuerdo de Camp David en el que reconoció a Israel.

En este contexto, el cuchillo resulta ser también un motivo cultural-religioso. Remite a las acciones de los Hashashins, una secta musulmana ismailita en el siglo 14 que actuó en Persia y en Siria, de la que provienen dos palabras: asesino y hashish, pues, según el relato, utilizaban esta droga a la hora de ejecutar a sus oponentes con cuchillas redondeadas. En la bandera de Arabia Saudita, junto al auto de fe islámico –”No hay más Dios que Allah y Mahoma es su profeta”- una espada engalana el paño verde, símbolo de la unificación del reino bajo Ibn Saúd en el siglo 12, bajo la espada, por supuesto.

Así, el asesinato reviste carácter épico y heroico. Cuando el lobo solitario gana la calle está solo y se siente el “bueno” de la historia, como en el extendido juego de computadora Assassin’s Creed. Está solo pero “se sabe”, al mismo tiempo, parte de algo bueno, justo, heroico y grande, que llegará a los corazones de la “Uma”, aquella nación musulmana fundada inicialmente por el mismo Mahoma.

Un claro antecedente de para esta campaña de ribetes épicos es la Primavera Árabe, gestada en un movimiento tipo cardumen desde las redes sociales, Facebook, Twitter e Instagram, y el gran espaldarazo es el tsunami de islam radical que inunda el Medio Oriente y que ya ha salpicado a Europa y Occidente. Solo que ese mismo tsunami amenazaba con dejar a los palestinos fuera de la escena internacional, acaparada por asuntos miles de veces más grandes: la crisis de refugiados sirios, el fenómeno ISIS, la intervención rusa en Siria. Los palestinos necesitaban volver con urgencia a los titulares.

De agendas y pérdidas del control

Por lo tanto, el actual fenómeno difiere de las anteriores Intifadas por lo menos en dos niveles: no se trata de una Intifada popular, la “Intifada de las piedras” entre 1987 y 1992, porque aquélla fue masiva, con escenas de cientos o miles de palestinos en las calles lanzando centenares de piedras mortales contra fuerzas de seguridad o civiles israelíes, ni la segunda, la “Intifada de Al Aqsa”, decretada y digitada desde arriba y con cinismo por la Autoridad Palestina de Yasser Arafat en octubre de 2000, donde el modus operandi clásico era el atentado suicida organizado por movimientos terroristas ramificados, jerarquizados e identificables. Tampoco se parece en la cantidad de muertos, tanto israelíes como palestinos, que en las últimas dos semanas ascienden a unos 20 palestinos y 7 israelíes. Pero lo impredecible de los ataques lo vuelve aún más temible, y Jerusalem es hoy casi una ciudad fantasma.

El problema de los lobos solitarios opone un desafío de nuevo cuño, tanto para las fuerzas de seguridad de Israel como, según analistas israelíes, para los respectivos establishments palestinos en Cisjordania y en Gaza. Tanto en uno como en otro existe el estímulo de la violencia y el terror. Tanto uno como el otro, sin embargo, temen ahora perder el control, pues el lobo solitario no responde a esos mandos.

Desde Gaza, en efecto, Hamás viene llamando desde hace años y abiertamente a una tercera Intifada. Pero el lobo solitario no es necesariamente hamásico. Está frustrado por la ineptitud del Hamás, tanto en destruir a Israel como en reconstruir la Franja de Gaza. En lugar de viviendas, refugios, cloacado, redes de agua y electricidad, Hamás ha reconstruido solo túneles terroristas para seguir intentando inútilmente la destrucción de Israel, ha instaurado una dictadura islámica radical que gobierna con mano de hierro y niega los derechos más básicos a su población y a sus minorías, empezando por las mujeres y los cristianos. La oposición interna a Hamás también crece, y los últimos misiles han sido lanzados no por Hamás, sino por la Jihad Islámica, financiada por Irán, cuando no ISIS palestino. Si algo crece en Gaza no es la ocupación israelí –no hay un solo judío dentro de Gaza- sino el islam radical, que logra, en muchos círculos en especial juveniles, echar la culpa de todos los males al enemigo externo, el infiel temible, Israel. Definitivamente no es fácil ser palestino en Gaza hoy.

En Cisjordania, en tanto, el raís Mahmud Abbas mantiene una actitud ambivalente. Por un lado proclama y practica la confrontación no violenta con Israel, obteniendo logros en la arena diplomática. Ha logrado por ejemplo, el nuevo status palestino en la ONU, el reconocimiento de numerosos países al futuro Estado palestino, o la apertura de la nueva “Embajada de Palestina” en Buenos Aires, entre otros ejemplos. Busca, en el plano de las negociaciones con Israel, la creación del Estado palestino sin pasar por una mesa de negociaciones que implique el reconocimiento del Estado judío, lo que lo convertiría en apóstata, pasible de muerte, ante los ojos del islam radical.

Pero por otro lado, y quizás por lo mismo, Abbas practica y estimula la cultura de la glorificación a los “mártires santos de la Jihad”, la guerra santa islámica radical. No ha modificado los textos educativos que promueven el odio a Israel y a los judíos, financia con pensiones a las familias de los terroristas y bautiza calles en su nombre. Al tiempo que condenaba los últimos ataques, la cúpula de la Autoridad Palestina visitaba a las familias dolientes de los terroristas abatidos.

Abbas es el líder que más batalla por su legitimidad casi perdida. No solo la causa palestina en general había bajado de los titulares, sino también la legitimidad del viejo líder. No ha logrado ninguna meta concreta y, aunque ha mejorado más que en Gaza la calidad de vida de los palestinos, no ha creado el Estado, y la Autoridad Palestina que dirige es un antro de corrupción y represión de la sociedad civil palestina.

¿Qué hacer?

La población israelí ha activado el modo “aguantar la tormenta”. Muchos continúan con sus vidas normales, haciendo incluso ideología de ello. Pero algunos en Jerusalem y otros lugares de Israel están gestionando permiso de portación de armas, otros aprenden krav magá. Otros han dejado de salir a la calle. Los comercios en la capital israelí han bajado sus operaciones en un 50%. Solo los que no tienen opción utilizan el transporte público. Todos miran hacia los costados y hacia atrás cuando están en la vía pública. No son desarrollos positivos.

El gobierno ha anunciado ayer, al cabo de largas deliberaciones, una serie de medidas: autorización a la policía para decretar toque de queda en zonas de fricción en Jerusalem Oriental según criterios operativos, trescientos guardias de seguridad serán reclutados para cuidar en el transporte público, y fuerzas del ejército israelí reforzarán la seguridad en las ciudades, las arterias y las líneas de transporte urbano.

Al mismo tiempo, se podrá expropiar bienes de los terroristas, y se les anulará su status de residentes permanentes de la capital. Recordemos que el status de los palestinos en Jerusalem no es el de ciudadanos israelíes. Han rechazado esta opción para perseguir su aspiración de una ciudadanía palestina el día que llegue. Votan en las elecciones de la Autoridad Palestina, y en la municipalidad de Jerusalem, pero no en la Kneset israelí. Ser residentes permanentes les otorga derechos municipales ligados a salud, educación y demás. Tienen que probar domicilio activo dos años hacia atrás para obtenerla. Pero también pueden perderla si la tenían y no moran en las residencias declaradas por más de dos años. Ahora, el gobierno ha decidido un criterio más: ser un lobo solitario.

Israel sobrevivirá a esta ola de terrorismo como ha sobrevivido a otras. El país en sí no está en peligro. En principio solo la gente. Aun si se logra parar la actual ola de terrorismo muy pronto –tal vez, quién sabe, ya con las actuales medidas- el problema de fondo no estará resuelto. Quedará actuar en el plano político y diplomático, abriendo un nuevo horizonte, lo que debió empezar a ocurrir luego de Margen Protector: un movimiento de Estados moderados que incluya a EEUU y Europa junto con países como Egipto, Jordania, Arabia Saudita, los emiratos del golfo e incluso la Autoridad Palestina legítimamente constituida, para que, opuestos al islam radical de corte violento allí donde se encuentre, comenzar a dar pasos hacia la victoria sobre la violencia islámica radical, el verdadero mal del Medio Oriente. El cambio pasará por alianzas de nuevo cuño, que ya se han puesto en marcha solo en parte. Pasará por la concreción de la solución de dos Estados para dos pueblos. Luego, por el bien de las generaciones venideras, tanto israelíes como palestinas, pasará por la educación, y por dar a los jóvenes palestinos metas positivas, expectativas de futuro diferentes. Para que el lobo solitario sea el bueno de la historia, pero solo en Assassin’s Creed.