DEL HAMÁS Y LAS ILUSIONES MENTALES

Afifon

Un barrilete incendiario, con una cruz svástica. Todo un símbolo de la manifestación “pacífica” y su agenda.

Por Marcelo Kisilevski

Puedo entender a los que condenan a Israel por los resultados sangrientos de la manifestación del lunes en el límite entre Israel y Gaza. Ellos ven manifestantes de un lado, militares del otro. Estos disparan, aquellos mueren. Nada más simple. Nada más maligno e injusto. Como dice el psicólogo socio-económico Dan Arieli, si las ilusiones ópticas son tan difíciles de superar, imaginen qué ocurre con las ilusiones mentales. Y esta es una ilusión mental.

Sobre todo, cuando se trata de una ilusión mental -“la manifestación de los palestinos era pacífica”- alimentada con otra: “los israelíes disparan porque son malvados en su esencia; pues sionistas son, y el sionismo es lo malvado par excellence“. Es decir, “a los israelíes les encanta disparar a civiles desarmados; si la manifestación era pacífica, no hay otra explicación posible”.

Se trata de la demonización en su estado más puro. El mal que se explica a sí mismo: los israelíes (los judíos) son malvados porque lo son.

Todo esto, fogoneado por otra fantasía: la que el Hamás utilizó para llevar a un pequeño número de palestinos (planearon 200.000; asistieron 40.000 en su mejor jornada) al límite con Israel. Lo llamaron la “Gran Marcha del Retorno”: “Hoy regresamos al hogar”, era el alucinado mantra repetido en las calles de Gaza desde los altoparlantes del Hamás desde semanas antes. ¿De verdad pensaban que Israel permitiría que hordas de palestinos desesperados lograran penetrar la cerca y llegar a poblados israelíes, matar a sus pobladores y apoderarse de las casas que sus abuelos abandonaron (por las buenas o por las malas, pues hubo de todo, pero no es la discusión aquí) en 1948? ¿Y luego qué harían? La agenda de la Gran Marcha del Retorno, pues, no era aliviar las condiciones de vida a las que el Hamás mismo llevó a su desesperada población en Gaza, sino destruir Israel. Liso, llano y explícito.

Que quede claro: la manifestación no llamaba a condenar la mudanza de la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalem, que se realizaba ese mismo día. En todo caso, solo a perturbar los festejos israelíes. La agenda de la manifestación era el “Retorno”, con pancartas como “Nos encontraremos pronto, Palestina, ¡volveremos!” La manifestación más grande contra la mudanza de Trump a Jerusalén ocurrió en Estambul, no en Gaza.

Como lo explica este fin de semana Ben Dror Yemini en Yediot Ajaronot, no existe tal derecho, el “derecho al retorno”, ni en la ley internacional ni en su jurisprudencia. De los millones de refugiados post-Segunda Guerra Mundial, ningún grupo logró realmente algo significativo. Aquí y allá hubo demandas de restitución de bienes y retorno. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos trató la principal demanda en esta área: refugiados griegos del lado turco de Chipre, a raíz de la invasión turca de 1974, exigieron la restitución de sus bienes. La situación ha cambiado, determinó el tribunal, y rechazó la demanda. Los judíos forzados a emigrar de Egipto también demandaron los bienes que les fueron expropiados. De facto, ninguno de ellos recibió ninguna indemnización. Ochocientos mil judíos fueron expulsados de todos los países árabes en venganza por la creación de Israel. Pero solo los refugiados de Palestina, que entonces eran árabes y hoy son los palestinos, continúan cultivando una sola y única fantasía: el Retorno.

Operativo militar con todas las letras

Pero resulta ser que el Hamás creyó su propia fantasía, y las manifestaciones, en especial la del lunes, fueron planeadas como un verdadero operativo militar, con jerarquías, con órdenes, y con la combinación de fuerzas militares del Hamás utilizando tácticamente a la población civil. El lunes, la aspiración era traer 200.000 personas. Todo aquel que subió a los autobuses recibió 50 shekel (unos 15 dólares). Si era una familia entera, recibía 100 dólares, todo dinero de Irán. Los miembros de Hamás recibieron la orden de asistir con sus familias. En los viernes anteriores se organizaron cinco focos de manifestaciones. El lunes se establecieron doce, cada uno con sus tiendas de campaña para abastecimiento y coordinación.

Se trató de un operativo militar con todas las letras. Cada foco era un sector de batalla, con su comandante de batallón, pelotones con funciones definidas, medios de combate. La orden del día no dejaba lugar a dudas: “El lunes se presentará la gente a las 10 AM. Se establecerá la Hora H, y a esa hora avanzarán los manifestantes como un solo bloque y a pecho descubierto hacia la cerca. Los manifestantes traerán un cuchillo o una pistola, la ocultarán debajo de sus ropas y no la utilizarán hasta que no se topen con soldados o con habitantes israelíes (al otro lado de la cerca). La orden no es matarlos sino traerlos (secuestrarlos): se trata de un naipe de negociación sensible, del cual teme Israel”.

El ejército israelí practicó durante los días previos simulacros de cómo dispersar las manifestaciones de la manera menos violenta posible. Se enviaron mensajes de texto, se lanzaron volantes en todo Gaza advirtiendo del peligro. En el lugar se lanzaron gases lacrimógenos y hasta bombas de olor. “Más no podíamos hacer (para dispersarlos pacíficamente)”, dijo un alto oficial en el lugar. Y luego, ante los que no se retraían, solo quedaba el arma de fuego. Las órdenes de apertura de fuego eran claras y fueron repasadas teniendo como sombra la ley internacional, porque el peligro de demandas internacionales en la Corte de La Haya por crímenes de guerra contra soldados y sus comandantes preocupa, y mucho, a la parte israelí. Solo disparar a palestinos violentos, que utilizan bombas molotov, llegan a la cerca, zona delimitada de antemano como prohibida de acuerdo a cánones internacionales, e intentan volarla con cargas explosivas. Disparar a focos de disparos con armas de fuego también utilizadas por Hamás desde detrás de los manifestantes, o de las cortinas de humo generadas por los neumáticos ardientes. De paso, si la manifestación es pacífica, ¿para qué se queman miles de neumáticos?

El resultado operativo, desde el punto de vista de Hamás, fue un desastre total. La convocatoria fue pobre, en comparación con las expectativas. No hubo una sola penetración a través de la cerca. Murieron 62 palestinos. Yjia Anwar se jactó ante su propia gente, en árabe: “Sepan que 50 de los 62 eran hombres nuestros, los heroicos mártires del Hamás”, pensando que nadie se enteraría. Mejor confesión que esa, y mejor admisión de la exactitud de los francotiradores israelíes, imposible. Por otro lado, no hubo una sola víctima israelí, ni una fotografía del éxito, porque no hubo ningún éxito.

Como lo dice Bret Stephens en el New York Times: “El viejo patrón es conocido y se ha vuelto a poner en acción: busca la destrucción de Israel, y clama por lástima y ayuda cuando el plan te conduce al desastre.”

Derrota israelí en la guerra de la percepción

El único logro es simbólico, de imagen. Indudablemente, Hamás logró ganar la batalla de la “hasbará”, la guerra de percepciones, e Israel deberá cambiar drásticamente su política respecto de Gaza si quiere resultados diferentes en esa arena. Hamás logró devolver el tema palestino a los titulares del mundo, y engañar nuevamente a parte de la opinión pública mundial, a los progresistas, a la Unión Europea, y al siempre antiisraelí Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que llamó a una investigación internacional sobre los hechos. No vimos comisiones de investigación para los hechos en Siria respaldados por Irán y la ONU. Cuando mueren doce civiles inocentes en Gaza y 50 terroristas, se investiga. Cuando se muere medio millón de sirios a manos de Assad, (¡entre ellos 4.000 palestinos!) o diez mil yemenitas por los bombardeos de Arabia Saudita, no se investiga. Raro, ¿no? Pero que no los confundan con hechos. Stephens, del New York Times, concluía:  las razones de esta deformación moral en la crítica parecen ser bastante claras.

¿Y por qué no hubo otra jornada de “manifestaciones” en el verdadero Día de la Naqba, el martes? Dos versiones: una, que los líderes del Hamás se asustaron de la magnitud de la reacción de Israel, tanto de los números de muertos como del hecho de que Israel no se limitó a la cerca y realizó ataques en profundidad en blancos de Hamás dentro de la Franja. Otra, que A-Sisi amenazó a Ismail Haniye, jefe del brazo político de Hamás: “Si no paran, cuando Israel comience su política de asesinatos selectivos, no intercederé”. Ya sea lo uno o lo otro, Hamás replegó sus tiendas de campaña y ordenó a su gente la retirada. Ya sea lo uno o lo otro. Se trató de un operativo militar, ciento por ciento controlado por Hamás.

En fin. Un reciente cálculo de economistas occidentales estimó que la cantidad de “Planes Marshall” que fueron volcados en la Franja de Gaza desde los Acuerdos de Oslo, dinero contante y sonante de los países donantes, proporcionalmente a su territorio y población, asciende a 15. Quince Planes Marshall. Gaza podría ser hoy varias veces Singapur. El único gran emprendimiento constructor del Hamás, el de construir túneles terroristas para penetrar en territorio israelí y matar a civiles, o secuestrar un soldado (de lo cual, si la memoria no me falla, solo lograron secuestrar a Guilad Shalit en 2006, matando a su compañero, y a cuatro soldados más en el último operativo israelí en 2014), requiere 350 camiones de material por túnel. Según el cálculo del Wall Street Journal, es la cantidad con la cual se hubieran podido construir 86 hogares, 7 mezquitas, 6 escuelas o 19 clínicas médicas… por cada túnel. Israel descubrió y destruyó 32 túneles. Hagan la cuenta.

Después de once años gobernando la Franja de Gaza, los niños palestinos caminan sobre caca en las calles de Gaza, porque el Hamás cava túneles y fabrica misiles en lugar de construir cloacas. Y también, porque la imagen es más fotogénica. Niños sanos, con escuelas y casas reconstruidas, no se ajustan a esta “narrativa de un pueblo”. Así no se construye el futuro de ese pueblo; así solo se lo enferma, se lo hambrea y se lo utiliza para una vil maquinaria de propaganda. Menos mal que está Israel ahí afuera para ser culpado por ello. Así también se alimenta la ilusión mental.

Los actores en la trama israelí palestina no son Israel, por un lado, malvado diabólico, y los palestinos indefensos por el otro. Se trata, antes bien, de tres actores: Israel por un lado, el pueblo palestino, con el que Israel no tiene absolutamente ningún problema (si Israel quisiera matar palestinos inocentes adrede los números habrían sido y serían bien otros), y el Hamás por el otro, con su ideología islámica radical irredentista mesiánica y violenta. Solo con este actor, Israel tiene un serio problema.

En el libro Matar un ruiseñor, de la escritora Harper Lee, la niña Scout le pregunta a su padre, Atticus, abogado que defiende a un afroamericano por un asesinato que no cometió. Corría el año 1936 en los Estados Unidos. En determinado momento, Scout le pregunta a su papá: “¿Por qué lo defiendes, si sabes de antemano que vas a perder el juicio?” Atticus le responde: “Aun si habrán de pasar cien años antes de que logremos ganar un caso semejante, eso no significa que no debemos intentarlo”.

De la misma manera, la ilusión mental acerca de los palestinos, el Hamás e Israel, no será desbaratada con estas líneas, porque es muy poderosa. No tiene nada que ver con la razón, sino solo con la emoción, que es la base de los prejuicios. Si logramos cambiar la percepción de un solo lector acerca de este drama de errores, habremos dado un paso adelante. Y quién sabe, quizás dentro de cien años, toda esta historia trágica se entienda mejor.

 

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