Que nos han declarado la guerra

james-walmesley-je-suis-charlie

 

Por Marcelo Kisilevski

La guerra contra el terrorismo islámico no se parece a las guerras tradicionales que el mundo ha conocido. Eso no significa que haya que tratar los atentados en París -o en Siria o en Gaza o en Montevideo- como delitos comunes a ser combatidos por Starsky y Hutch o por CSI. La mirada europea post-colonial, en la que uno mismo es culpable de la agresión del otro, es lo que está haciendo perder a Occidente la batalla. 

En su canción Padre, interpretada en español y en catalán (Pare), Joan Manuel Serrat nos hablaba ya en 1973 de la lucha contra la contaminación ambiental, y denunciaba el maltrato humano a nuestro planeta. Su último verso era un llamado desgarrador y claro a la vez: Pare, deixeu de plorar, que ens han declarat la guerra.

El hecho de que sea una guerra no tradicional, con el ejército regular de un país enfrentando en un campo abierto al de otro, no significa que no se trate de una lucha para la que hay que estar preparados, y dar la batalla. Las guerras tradicionales así descriptas ya no existen, y sobreviven solamente en dos lugares: en la Convención de Ginebra y en el cine. La conciencia y la lucha por salvar al planeta, recién ahora han llegado a una masa crítica, cuarenta años después de la canción inolvidable de Serrat. Eso no significa que se haya ganado. Con el islam radical, la perspectiva pareciera ser mucho peor.

En esto pensaba cuando escuchaba a una panelista del programa radial Weekend en la BBC de Londres, que advertía contra la definición de “guerra contra el terrorismo” en un panel sobre los eventos de esta semana en París: “No nos fue muy bien en la vuelta anterior con esta definición”, decía segura. “No es una guerra. Son crímenes, debemos combatirlos con la policía y el sistema judicial”.

Es posible que no nos haya ido bien en la vuelta anterior, si la panelista se refiere a la respuesta norteamericana al 9/11: las guerras en Afganistán e Irak. Tal vez por haber sido guerras contra el terrorismo que EEUU y Occidente intentaron traducir a guerras tradicionales. Cuando en realidad, la guerra contra el terrorismo es y debiera ser otra cosa.  Pero eso no significa que se deba combatir a Al Qaeda y a ISIS como si fueran otras expresiones de Dexter, el asesino serial de la tele.

Es decir, no significa que Occidente no esté en guerra contra el terrorismo islámico radical, por una sencilla razón: el islam radical es el que ha declarado la guerra a Occidente. La naturaleza de una lucha o una guerra, la define el agresor. Y usted, señora panelista de la BBC, puede no creer en guerras santas, pero cuando el islam radical le declara una, eso es exactamente lo que tiene encima. Puede no escuchar la declaración, si no quiere, pero el resultado es el que ya está a la vista.

No es por un mundo mejor

¿Y qué es exactamente lo que está a la vista? Ben Dror Yemini lo resume bien este fin de semana en Yediot Ajaronot. “El atentado no fue una protesta contra la discriminación o por los derechos de los musulmanes”, escribe. “No fue contra la desocupación o la alienación. Los jihadistas no luchan por un mundo mejor. Luchan contra todo el que es distinto de ellos. Luchan para erigir una entidad islámica oscurantista”.

Yemini explica que después de los atentados en EEUU en 2001 hubo más atentados: en Madrid, en Londres. Desde entonces, el islam radical se ha hecho más fuerte. En 2013, 18.000 personas fueron asesinadas en atentados terroristas islámicos, un 60% más que en 2012. En 2014 pasaron los 30.000. En paralelo con los atentados en París, hubo esta semana otros en Yemen, Nigeria, Siria e Irak. En Montevideo, agregamos nosotros, la embajada de Israel tuvo que ser evacuada.

La mayoría de las víctimas son otros musulmanes, pero el terrorismo jihadista ya anida fuerte en los países occidentales. Los perpetradores de principios del milenio no eran los más discriminados y pauperizados de la tierra. Al contrario, eran jóvenes existosos que crecieron en especial en Occidente, con su cerebro lavado de una ideología que destila sólo odio. Ahora ocurre lo mismo, con una diferencia: entonces eran unos pocos, hoy son cientos de miles.

Yemini trae un dato inquietante. Los jihadistas, dice, no son la mayoría de los musulmanes, por supuesto. Pero no hace falta que sean mayoría. “El problema es que el apoyo a la instauración de la Sharía en los países del mundo libre, aun por la fuerza, es mucho más alta. Ya no se trata de unos pocos porcentuales. Hay diferencias importantes entre un sondeo y otro, pero el promedio señala porcentajes de dos dígitos. Más entre los jóvenes que entre los adultos. Eso significa que millones de musulmanes en el mundo libre, en especial jóvenes, apoyan el objetivo supremo de la Jihad: la creación de un Califato Islámico.

El Síndrome de Estocolmo

“La reacción del mundo libre es la debilidad. La capitulación. La industria de las justificaciones. Los musulmanes carecen de toda responsabilidad de lo que les sucede ni de sus ideas, no en los países musulmanes ni en las comunidades musulmanas de París, Londres o Estocolmo. Pues son pobre gente. Viven bajo la opresión y la discriminación. Esto no es corrección política. Es el Síndrome de Estocolmo: justificar al agresor. Ramas enteras de las ciencias sociales en las universidades del mundo libre se hicieron adictos a la escuela post-colonial que, dicho en resumen, señala con el dedo acusador a Occidente, a EEUU, al sionismo. Miles salieron a las calles en el último verano para apoyar a Hamás, una organización jihadista cuyos líderes declaran abiertamente que su meta final no es el fin de la ocupación sionista (en Cisjordania y Gaza solamente, MK) sino la conquista islamista de todo el mundo libre. A esta corriente pertenecen miles de académicos y periodistas. Creen en sus propias vanalidades…

“Cuando musulmanes decentes -y los hay por millones- intentaron decir que los extremistas representan un peligro, fueron acallados. Cuando el líder más importante del islam sunita, el jeque Yusuf Qardawi, fue invitado a una visita oficial en Londres, fueron los musulmanes los que advirtieron al alcalde, Ken Livingston, que se trata de un hombre peligroso que instiga a la radicalización. No sirvió de nada. Qardawi fue recibido con alfombra roja. Francia, dicho sea de paso, no le autorizó la entrada”.

Con amigos como estos…

El problema, como señala el columnista de Yediot, es que los únicos que están reaccionando en Europa contra el peligro islamista radical son partidos de ultra derecha. Véase el caso de Marine Le Pen en Francia, que obtuvo el 32% de los votos en agosto, o el Partido de la Libertad en Holanda, que empató al partido de gobierno, o las manifestaciones de Pegida (“Patriotas contra la islamización de Occidente”) en Alemania, donde no queda claro si luchan contra la islamización o si sus manifestaciones son de racismo puro contra los musulmanes.

“La respuesta a la debilidad conciliadora del mundo libre no es la extrema derecha”, sentencia Yemini. “El problema es que el mundo libre no ha hallado el punto de equilibrio correcto entre una lucha mucho más firme contra los jihadistas y sus seguidores, y un desbarrancamiento hacia el racismo contra todos los musulmanes”.

Por ahora, dice Yemini, “la batalla está perdida”. “Así como luego de una década y media desde los atentados terribles, la jihad se convirtió en algo mucho más fuerte y la radicalización creció, es de suponer que tampoco el atentado en París conllevará cambio alguno. Pero a no desesperar. Hace falta, en cambio, una mirada dolida de la realidad. Sólo cuando ello ocurra, será posible hablar de alguna posibilidad de cambio”.

 

 

Renace la nación aramea, y ocurre en Israel

"Gracias Israel por reconocer a las minorías arameas cristianas. Occidente, paren con la política de doble rasero hacia las comunidades no islámicas". Arameos cristianos israelíes manifiestan en abril pasado.

“Gracias Israel por reconocer a las minorías arameas cristianas. Occidente, paren con la política de doble rasero hacia las naciones no islámicas”. Arameos cristianos israelíes manifiestan, en abril pasado.

Por Marcelo Kisilevski

Hace tiempo venimos explicando la persecución que sufren los cristianos a manos de los musulmanes en el Medio Oriente. Las pruebas más contundentes han venido de la mano de la siniestra organización Estado Islámico con sus crucifixiones, decapitaciones, conversiones forzadas, ejecuciones masivas y expulsiones de cristianos en Irak y Siria.

En Israel hace años ya, la comunidad árabe cristiana intenta separarse de su identidad árabe y abrazar la identidad israelí, por entender que muy bien no les ha ido con su histórica alianza con el panarabismo del siglo pasado, y con la nación árabe en general. Comenzó con un movimiento por el reclutamiento obligatorio de los cristianos al ejército israelí, un derecho-obligación que también solicitaron y se les concedió en su momento a los drusos israelíes.

Ahora el siguiente paso: el ministerio del Interior israelí ha concedido el pedido de los cristianos israelíes de que en sus cédulas de identidad, donde figura el apartado “Etnia” (en hebreo dice Leóm, Nación), en lugar de “Árabe” se lea “Arameo/a”. Se trata de una lucha de años, y ayer el ministro del Interior, Gideon Sáar, supo tomar la decisión correcta.

“No somos árabes, sino cristianos que sólo hablamos árabe”, explican, pero que hasta la conquista árabe en el siglo 7, hablaban arameo, el idioma más extendido en Palestina-Eretz Israel por siglos. En ese idioma se hablaba en Canaán y en la Península Arábiga premahometana, lo hablaron los hebreos, parte del Talmud y muchas plegarias están escritas en ese idioma. En arameo, probablemente habló Jesús. Hasta hoy en día el arameo es la “Lengua Sagrada” de las iglesias orientales.

El intento de ser parte

En los años ’50 del siglo pasado, cristianos como el sirio Michel Aflaq, uno de los ideólogos del Panarabismo y uno de los pensadores fundantes del partido Baath en ese país, intentaron con esta doctrina superar la barrera religiosa que los separaba de los musulmanes y elevar la identidad nacional como una instancia superadora del paradigma religioso, lo cual configuró su mejor intento de integrar el mainstream, e incluso el establishment mesoriental.

Pero el experimento salió mal a medida que el paradigma islamista se hacía carne, y en muchos lugares, el Medio Oriente se retrotrae hoy 1.400 años. No solamente en Irak o en Siria. Belén, la ciudad más importante de toda la grey cristiana en el mundo, ha sido vaciada prácticamente de cristianos en los últimos veinte años. Hoy es una ciudad musulmana, con un magro 1.5% de cristianos.

Israel, en cambio, es el único país en el Medio Oriente donde la comunidad cristiana crece. Lo ha hecho en un 1.000% desde 1948. Sin embargo, quizás con menos violencia, también son hostigados por sus supuestos conacionales, los árabes musulmanes israelíes. Ayer, los cristianos lograron oficialmente el divorcio.

El titular de la Asociación Aramea-Cristiana y capitán del ejército israelí, Shaadi Jalul, se emocionó y felicitó la decisión del ministro Sáar. “Es una decisión histórica y un viraje histórico en las relaciones entre cristianos y judíos en el Estado de Israel”.

Dijo más: “Es quitarles la carta de la mano a todos los antisemitas, que calumnian al pueblo judío y al Estado de Israel. Es la prueba de que Israel cuida a sus ciudadanos y las identidades de las minorías que viven en ella, a diferencia de todos los países árabes en nuestro derredor”.

Ahora se podrá hablar de tres iglesias o ramas cristianas israelíes: la Iglesia Aramea-Maronita (cuya mayoría se encuentra en el Líbano), la Iglesia Aramea-Católica, y la Iglesia Aramea-Ortodoxa. En Israel, en total, se trata de una comunidad de unos 133.000 arameos. Su reconocimiento como etnia separada de los árabes puede tener implicancias importantes, como la posibilidad de una red educativa separada de la árabe: hasta ahora, en las escuelas árabes sólo se estudia la heredad árabe, e islam.

Desde ahora, todo cristiano en Israel podrá optar por colocar “Arameo/a” en su cédula de identidad. La nación aramea ha renacido, y lo hace nada menos que en Israel. ¡Salud!

Tres comentarios a las noticias del día

Imagen

Por Marcelo Kisilevski

1) No a la desinformación sobre la nueva vuelta de violencia con Gaza, que ya empezó. Tal como ocurrió con los operativos israelíes anteriores, la actual espiral ya ha comenzado. Desde hace varios días se producen ráfagas diarias de cohetes Qassam desde la Franja de Gaza hacia Israel. En el fin de semana, uno impactó en una fábrica de Sderot, que ardió en llamas. Hoy cayeron 13, solamente a la mañana, por suerte en terrenos abiertos. En Gaza gobierna el Hamás, probablemente autor también del secuestro de los tres adolescentes en Cisjordania. Hamás sigue con una agenda que es inversa a la del Fatah, partido laico nacionalista que controla la Autoridad Palestina en Cisjordania: mientras que este partido apoya la fórmula de “dos estados para dos pueblos”, también aceptada por Israel, y la confrontación no violenta y diplomática, Hamás se empecina en un solo estado, que sea de corte islámico radical en toda la llamada Palestina, destrucción de Israel mediante. También apoya el mantenimiento de la “lucha armada” y se opone a todo diálogo con Israel. Como lo dijo Yossi Beilin, ex líder de Meretz: “Por supuesto que habría que hablar con Hamás, pues no podemos elegir a nuestros enemigos; el problema es que Hamás no quiere hablar con nosotros”. Desde Cisjordania, que intenta -hasta nuevo aviso- mantener una calma que da paso al desarrollo, miran azorados cómo sus hermanos palestinos de Gaza patean su propio avispero una y otra vez. Hasta que Hamás no dé su vuelta de página, que implicará abandonar dogmas religiosos ligados a Dar el Islam y la vuelta al Califato, cualquier gobierno de unidad nacional con Fatah será sólo para John Kerry, la ONU y la CNN. En tanto, debe quedar claro que todo cohete que cae en territorio soberano ajeno es “casus belli”, causal de guerra. Y que por lo tanto, si se produce (lo que ocurrirá en caso de que los lanzamientos trepen a decenas o cientos por día, o si hay muertes israelíes, indigeribles para la opinión pública), Hamás ya ha encargado el próximo operativo israelí. En todas las de la ley internacional.

2) Sí al estado kurdo. El premier Netanyahu se pronunció ayer a favor de un estado kurdo en el norte de Irak, donde los kurdos tienen ya autonomía. Ese estado debería abarcar también el resto de la zona del Kurdistán, que incluye territorios de Turquía y de Siria. Los tres estados -así como el resto de los países árabes- son creación occidental post Primera Guerra Mundial, sin tener en cuenta grupos étnicos ni religiosos, sino solamente qué tipo de arreglo garantizaría a las potencias europeas el conveniente flujo petrolero hacia el Mediterráneo. En algunos lugares, las fronteras fueron trazadas literalmente con reglas. Probablemente, y a la luz de los sangrientos aconteceres en Medio Oriente, haya llegado el momento de rever el dibujo. Si aceptamos el principio de autodeterminación de los pueblos (de todos los pueblos), e Israel oficialmente ha declarado su apoyo a la fórmula de un estado palestino, el pueblo kurdo está parado en fila incluso desde antes que nuestros vecinos de Cisjordania y Gaza. Sólo cabe esperar que el sinceramiento del mapa implique también un reconocimiento árabe -y de aquellos que todavía no se despertaron en el resto del mundo- a la autodeterminación, de hecho ya concretada, de otra minoría étnica en el Medio Oriente: los judíos del Estado de Israel. Dicho sea de paso, los kurdos ya agradecieron el apoyo israelí.

3) No al cierre de comercios en Shabat en Tel Aviv, decretado por el ministro del Interior Gideon Saar. Israel es un estado judío y democrático que basa su delicado equilibrio entre los deseos y sentires de su población laica y de su población religiosa en base a delicados arreglos de modus vivendi. El primero de ellos fue el acuerdo de “Status quo en materia de religión y estado”, entre Ben Gurión y el partido religioso ortodoxo no sionista Agudat Israel. Éste concedía a los religiosos el no transporte público en Shabat, la kashrut en las instituciones estatales, el manejo de los asuntos de familia (casamientos, entierros) y la prórroga al servicio militar (que luego se fue convirtiendo en exención) entre otras cosas. A cambio, los religiosos prometían no batallar contra el estado sionista al que, ideológicamente, consideraban herético. Las líneas del “status quo” se fueron corriendo con los años: los religiosos fueron cerrando más y más calles en Shabat al tránsito automotor, consiguieron leyes de no importación de productos no kasher; los laicos fueron abriendo más y más comercios, restaurantes y discotecas en Shabat. Pero el equilibrio se sigue manteniendo, e incluso ha cobrado ribetes geográficos: en Jerusalem (y en Modiin, donde vivo) todo se cierra en Shabat; en Tel Aviv, ciudad de colores plurales, muchos establecimientos abren. En el resto de Israel, todos los matices coexisten. Así, en Israel se vive y se deja vivir, aquí y allá con medidas que enfurecen a uno u otro sector, y sembrando el terreno para oportunismos políticos varios. Por ejemplo, el embanderado de la nueva embestida contra la apertura de comercios en Shabat es el ministro del Interior Gideon Saar, un laico, del partido Likud, autor del decreto de cierre. La municipalidad de Tel Aviv anunció que apelaría a la Corte Suprema la orden de Saar, y agregó que la ordenanza “retrotrae a Tel Aviv decenas de años hacia el pasado”. Yo puedo entender al ex ministro del Interior Eli Ishai, del partido religioso sefardí Shas, que solía hacer campañas parecidas. ¿Pero cuál es la agenda personal de Gideon Saar?

Israel, por ahora, gana la “Guerra de la Culpa”

Un nuevo pacto, y van... Ismail Haniye, primer ministro del Hamás en Gaza; Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina.

Un nuevo pacto, y van… Ismail Haniye, primer ministro del Hamás en Gaza; Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina.

Por Marcelo Kisilevski

El último pacto entre Fatah y Hamás, y la consiguiente reacción del gobierno de Biniamín Netanyahu parece confirmar una lectura que venimos explicando hace tiempo: el único que parece desear un acuerdo entre israelíes y palestinos es el secretario de Estado norteamericano John Kerry. Entre los israelíes y palestinos mismos, lo que se libra es una guerra sin cuartel por hacer quedar a la otra parte como la culpable por el fracaso preanunciado de las tratativas. Y esta semana, con la firma de su acuerdo con Hamás, los palestinos han quedado como los culpables y van perdiendo, hasta nuevo aviso, la “Guerra de la Culpa”. 

En la coalición israelí todos, a izquierda y a derecha, cerraron filas en torno al premier Netanyahu, que le dijo al mediador Martin Indyk esta semana: “Cada vez que estamos cerca de definiciones, los palestinos huyen”, y: “Entre la paz con Israel y la paz con Hamás, Mahmud Abbas ha elegido la paz con Hamás”.

Probablemente tiene razón. Así fue en el 2000 entre Arafat y Barak en Camp David, así lo fue en 2008 cuando Olmert le ofreció un detallado mapa a Abbas, así fue hace pocos días la solicitud palestina de incorporarse a 15 organizaciones de la ONU, y así lo es ahora con la firma de un acuerdo de unidad nacional con Hamás. El único problema no es el contenido de lo que se dijo, sino el estado de ánimo triunfal de buena parte de la coalición de gobierno, como diciendo: “¡Se los dijimos!” El resonante entierro de las negociaciones a manos de Abbas pareciera ser lo mejor que les podía haber ocurrido, en especial a los ministros más derechistas. O, como lo puso Sima Kadmón, de Yediot Ajaronot, hoy viernes: “¡Qué crisis más maravillosa!”

Pues mientras el gobierno israelí celebra el hecho de no tener que tomar decisiones dolorosas, capeando así las amenazas de su ala más derechista de desmantelar la coalición, la izquierda israelí tiene motivos para temer que este nuevo rompimiento signifique el fin del proyecto de dos estados para dos pueblos, desbarrancando al país hacia un estado binacional, que signaría el fin de la autodeterminación del pueblo judío en su tierra ancestral.

Por suerte, la decisión de gabinete posterior al acuerdo de pacificación logró ser moderada por el ala izquierda de la coalición. En efecto, el propio Netanyahu, Tzaji Hanegbi (Likud), Yair Lapid (Iesh Atid) y Tzipi Livni (Hatnuá), cuya razón de ser en la coalición es precisamente dirigir las negociaciones, lograron frenar los carros comandados por Uri Ariel, Naftali Bennet (Habait Haiehudí) y Avigdor Liberman (Israel Beiteinu) entre otros, y en lugar de dar el portazo final a las negociaciones, se decidió su suspensión hasta nuevo aviso, eso sí, con sanciones serias a la Autoridad Palestina.

Bien hizo Hanegbi, hoy por hoy una de las voces más centradas del Likud, en declarar a la emisora Galei Tzahal: “Si el nuevo gobierno (que surja del acuerdo Fatah-Hamás) acepta las tres condiciones del Cuarteto -no violencia, reconocimiento de Israel, y reconomiento de los acuerdos anteriores- podremos volver todos a la mesa de negociaciones”. Lo dijo escéptico, pero está muy bien.

Los estofados de Mahmud Abbas

En el lado palestino, Abbas también cuece habas. También él puede tener razón cuando dice que el acuerdo con Hamás no contradice las conversaciones con Israel. En efecto, el nuevo intento de pacificación Fatah-Hamás no debería en principio molestar a Israel. Después de todo, sabemos que Hamás llega a este acuerdo desde una posición de debilidad política y quiebra económica: sus fondos en el mundo están congelados, el padrinazgo sirio-iraní ya no existe desde el apoyo hamásico a los rebeldes sunitas en Siria, y el posterior padrinazgo egipcio llegó a su fin también, con la caída del gobierno de los Hermanos Musulmanes, desembocando en una guerra abierta del general A-Sisi contra el Hamás y quienes colaboren con esa organización islamista desde Egipto.

Desde ese punto de vista, Mahmud Abbas llega al acuerdo desde una posición de fuerza, hecho demostrado también por la acordada conformación del gobierno interino palestino: un gobierno de tecnócratas, encabezado por Abbas, y sin gente del Hamás. También se ve en el hecho del llamado a elecciones generales en medio año: hasta ahora, y desde los últimos comicios en 2006, Abbas no se animaba a ir a elecciones por temor a perder a manos de Hamás. Ahora se anima, y son buenas noticias. En el plano político intra-palestino, pues, el acuerdo con Hamás -se vaya a cumplir o no, pues todos los intentos anteriores fracasaron- es señal de un Abbas más fuerte, no más débil, y eso debería alentar a la parte israelí a aprovechar esa ventana de oportunidad para pisar el acelerador y cerrar trato.

Un dirigente de Fatah, en efecto, lo graficó bien en la ceremonia de la firma: “Cuando estábamos separados los israelíes decían que no había con quién hablar porque estábamos separados. Ahora que nos unimos, dicen que tampoco hay con quién hablar, porque nos unimos”. En otras palabras, ¿en qué quedamos? Si por más unidad que haya, no hay representantes de Hamás en el gabinete, la política exterior y el proceso de paz se sigue manejando según la línea no violenta y según la agenda de dos Estados que esgrime el Fatah, si Abbas, en suma, puede haber conquistado con este acuerdo la Franja de Gaza sin disparar un solo tiro, ¿cuál es el problema de Israel?

El problema es que Abbas sabía cuál sería la reacción del actual gobierno israelí. Su acuerdo con Hamás le proporciona a los israelíes municiones innecesarias. El hecho se produce después de lograr otra flexibilización de Netanyahu. En efecto, a su amenaza de desmantelar la Autoridad Palestina, el premier israelí respondió autorizando a su equipo negociador a anunciar que la construcción en los territorios sería “moderada” y que la construcción de nuevas casas particulares sería congelada. La segunda condición de los palestinos, de que se debata inmediato el tema fronteras será aceptada, a condición de que también se traten los demás temas centrales. Y también el tema de los presos palestinos, dijo Bibi, se podrá resolver por las buenas.

Entonces, ¿cuál era el apuro de Abbas? Bien podía haber esperado a la firma de un acuerdo marco con Israel, incluidas sus condiciones, e incluida la liberación de la cuarta tanda de presos, que hubiera abarcado también a los árabes de ciudadanía israelí, y el compromiso israelí a liberar otros 400 presos en la siguiente etapa, antes de correr a abrazarse con los fanáticos de Hamás. Éstos no tardaron en hacer su propio marketing del acuerdo, en contra de las negociaciones: “El pueblo palestino estaba yendo por un mal camino en estas negociaciones con Israel; este es el primer paso para corregir el rumbo”, dijo sin empacho un dirigente hamásico.

Dado que no se habló ni se resolvió ninguno de los puntos de discordia entre ambas agrupaciones palestinas, el acuerdo puede explotar antes de que se concrete siquiera la formación del gobierno interino. Hamás y Fatah difieren, especialmente, en quién va a controlar los medios de combate que hoy posee Hamás, con decenas de miles de cohetes apuntados a Israel y, sobre todo, qué agenda va a primar: la de dos estados (Fatah), o la de un solo estado, islámico y con la destrucción de Israel mediante, esgrimida por Hamás. Y si la lucha frente a Israel será la diplomática del Fatah o la violenta de Hamás.

Y dado que sabía que este acuerdo echaría por tierra la firma del acuerdo marco, la responsabilidad política de Abbas supera en este caso a la de Netanyahu que, hay que decirlo, dio mejores muestras de flexibilidad y muñeca política a la hora de ofrecer soluciones creativas, aun con la presión de su ala derecha soplándole en la nuca.

En tanto, todas las partes parecen respirar aliviadas en esta semana, como quien ha ganado tiempo hasta el próximo round. La única pregunta que queda pendiente es si el tiempo corre a favor de alguno de ellos. Si el fracaso total de las negociaciones lleva a una nueva erupción de violencia, ambos habrán perdido.

Y quién sabe, quizás todas estas acciones y reacciones no sean más que enérgicos intentos de último momento, antes del 30 de abril, fecha tope de esta etapa de las negociaciones, por llegar en buena posición a un final un poco más feliz. Inchallah…

John Kerry, bueno para los palestinos… y para los israelíes

Imagen

En Israel también lo acusaron de perseguir solamente el Premio Nobel de la Paz. John Kerry.

Por Marcelo Kisilevski

El hermano del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, publicó ayer en Yediot Ajaronot una carta abierta a los israelíes donde intenta defenderlo de aquellos que lo denostan en el lado israelí de la mesa de negociaciones con los palestinos. Algún transnochado diputado israelí (específicamente Moti Yoguev, de Habait Hayehudí, partido religioso nacionalista), dijo que en sus palabras acerca del posible boicot a Israel se notaba un “tono antisemita”. Antes, el ministro de Defensa Moshé Yaalón lo había acusado en diálogos cerrados de ser “obsesivo y mesiánico” en sus denodados esfuerzos de paz. Algún otro aseguró que Kerry había “declarado una guerra al Santo Bendito Sea”. Sus comentarios sobre la ola de boicots que podría estar cirniéndose sobre Israel si esta negociación fracasa fueron tomados como desembozadas amenazas por parte del Secretario de Estado de que EEUU apoyaría tales boicots. No fue un malentendido: fue un calculado -y notoriamente sobreactuado- ataque contra el norteamericano.

Para presentar su caso a favor de su hermano, Cameron Kerry despliega en su artículo el pasado judío de la familia, remontándose a los días de la Segunda Guerra Mundial. Comienza contando que viajó con un grupo de su sinagoga en Boston a los campos de exterminio en Europa. Su abuelo Frederick Kerry, nacido como Fritz Cohen, tuvo que convertirse al catolicismo debido al antisemitismo en el ejército checo, en cuyas filas servía. Su madre fue una de tantos refugiados huidos a París por el terror nazi, y sirvió como enfermera antes de ser encerrada por su ayuda a la resistencia antinazi francesa. Entre otros, ayudó a familias judías a huir de la Francia de Vichy. Cameron mismo, con todo este telón de fondo, se convirtió más tarde al judaísmo y John le dio su bendición, si bien no se sumó.

Todo esto y muchos otros episodios que cuenta son parte, según Kerry, del ADN de su hermano John. Esto, y el hecho de que desde siempre estuvo involucrado y siguiendo de cerca el conflicto mesoriental, incluido un vuelo en un avión militar cruzando todo Israel, comprendiendo que se podía atravesar el país en minutos. Desde entonces, dice, John está comprometido con la seguridad de Israel. Y para Kerry, como para muchos israelíes, incluido el aquí firmante, la única manera de que Israel continúe siendo un estado que sea a la vez seguro y a la vez judío y democrático, es crear un estado palestino a su lado, con el que pueda vivir relativamente en paz. (Y no me refiero aquí a la pregunta de si es posible llegar a eso o no. Esa es una incógnita que dejo a la opinología y la futurología de los lectores, aunque tratándose del Medio Oriente, no recomiendo estar seguro de ningún escenario, ni rosado ni negro).

Los exabruptos de algunos políticos israelíes deben ser leídos como nerviosismo por lo que se perfila como la cercanía de la hora de la verdad, el “money time”, cuando ambas partes deberán tomar decisiones históricas como dolorosas. También los palestinos opuestos al proceso de paz hacen lo propio, en su caso aumentando los intentos de atentados terroristas, tanto desde Gaza como desde Cisjordania, para sabotear un proceso que ven como amenazante a sus mitos relativos a Dar El Islam, el antiguo Califato perdido, dogma central del radicalismo islámico. En ambos casos, se trataría de buenas noticias, en el sentido de que algo de verdad está logrando mover John Kerry.

Buena propuesta, mala propuesta

Ciertamente su propuesta para un acuerdo marco que logre persuadir a ambas partes de permanecer en la mesa de negociaciones más allá de la fecha tope de fin de abril próximo, no es todo lo que la parte israelí sueña; tampoco es la panacea para los palestinos. A saber:

1) Acuerdo de “dos estados para dos pueblos” tomando las líneas de 1967 como base, con intercambio de territorios. A eso -a tomar 1967 como base- se opone el equipo negociador israelí.

2) Jerusalem será la capital de ambos estados. A esto también se opone Israel.

3) Todas las medidas de seguridad posibles para Israel, incluida la presencia del ejército israelí en el Valle del Jordán. A esto se oponen los palestinos.

4) Los refugiados serán absorbidos en el estado palestino. A ello se oponen también los palestinos; implicaría la renuncia al sacralizado derecho al retorno, quizás un árbol demasiado alto del que les será difícil bajarse. Pero resolvería un absurdo único en términos de política internacional: que un reclamo de un país a otro sea que éste acepte en su territorio a parte de la población de aquél.

5) Reconocimiento de la naturaleza judía del Estado de Israel. A esto se oponen los palestinos con más energía aun.

6) Compensación económica a los judíos orientales, aquellos que fueron prácticamente expulsados de los países del Medio Oriente en reacción a la creación de Israel. Este curioso punto puede estar motivado en su percepción de que es necesario trazar un paralelismo con los refugiados palestinos, que ulteriormente podrían ser también compensados materialmente. O bien, como se ha analizado en Israel, podría ser un intento de congraciarse con una parte de la opinión pública israelí, prácticamente la mitad de la población judía, que, debido a sus vivencias personales de expulsión y persecución, no ve con buenos ojos ningún acuerdo con árabes de cualquier tipo y lugar. De todos modos un punto extraño, si bien se mira, que implica involucrar -y hacer pagar- a otros países que no son parte de esta negociación específica.

Se dice con razón que una negociación exitosa es aquella en la que ambas partes se sienten perdedoras en igual medida. Para que esta negociación sea exitosa, hace falta un mediador que, si bien pueda no ser imparcial (y Kerry, insistimos, se declara abiertamente pro-israelí), por lo menos sea equilibrado. Los israelíes no necesitan un mediador que sea favorable solamente a Israel, porque la sola sospecha de que ello es así echaría por tierra la confianza palestina en esa mediación. Obama y Kerry son mejores que sus antecesores para los israelíes, porque son mejores que esos mismos antecesores para los palestinos. Una propuesta que incluye puntos inaceptables para ambas partes, por lo tanto, es una buena propuesta. Por lo menos para seguir negociando más allá de abril.

Comunidad judía de Palestina: ¿por qué no?

POR MARCELO KISILEVSKI

Por primera vez en las negociaciones sale a la luz la posibilidad de que los colonos judíos en los asentamientos en los territorios de Cisjordania, aquellos que no sean anexados a Israel, permanezcan en sus casas y vivan como ciudadanos comunes del futuro estado palestino. Esta vez es la reacción palestina la que pone de manifiesto una de las grandes paradojas del proceso negociador. 

JudiosArabes

“Vecinos llaman a la paz”. Judíos y árabes manifiestan por la convivencia del lado israelí. ¿Próximamente en Palestina?

La noticia fue tapa ayer, cuando la agencia de noticias francesa AFP citó a una alta fuente gubernamental según la cual el premier israelí Netanyahu “cree que en la paz, así como en Israel existe una minoría árabe, no existe razón lógica para en el estado palestino no haya una minoría judía, y que a los judíos que viven hoy en Judea y Samaria (Cisjordania) se les otorgue la posibilidad de quedarse allí”.

Por estas playas todos, a uno y otro lado de la Línea Verde, pusieron el grito en el cielo, y ahora veremos las razones. Pero cabe recordar que la incógnita de “qué hacer con los colonos” ya flota en el aire desde el primer día en que Israel, de la mano de Ehud Barak en Camp David versión 2000, instalara el principio de “intercambio de territorios”.

Según este principio, Israel anexaría ciertos bloques de asentamientos, cercanos a la Línea Verde, y entregaría todo lo demás. El cálculo grueso es de integrar a Israel a unos 150 mil colonos, y nada se decía de los restantes 200 mil. A cambio, Israel entregaría a Palestina, territorios actualmente bajo soberanía israelí, pero no poblados.

Con los años hubo insinuaciones de escenarios futuros. Se dice que si Ariel Sharón no hubiera caído en coma, habría continuado la retirada unilateral también en Cisjordania. Y que si su continuador Ehud Olmert no se hubiera enredado en la aventura de la Guerra del Líbano II en 2006, habría puesto en marcha un plan que ya tenía nombre: Operativo Convergencia.

En 2008, Olmert mostró al presidente palestino Mahmud Abbas (Abu Mazen) un mapa con ocho bloques de asentamientos que serían anexados por Israel y los territorios que serían entregados a cambio, a Palestina. Abbas pidió consultarlo, pero Olmert le dijo que era la línea roja y rehusó entregarle el mapa secreto, que fue filtrado por el diario Haaretz. Como quiera que sea, si bien el mapa de Olmert implica anexión, también significa la disposición tácita a renunciar a todo lo demás.

Un fantasma recorre Cisjordania

Ya el entonces presidente norteamericano George Bush hijo, durante el mandato de Ariel Sharón, había dado su beneplácito a Israel para la anexión -siempre a cambio de otros territorios- de tres de dichos bloques: Gush Etzion en el sur, Maalé Adumim al este de Jerusalén, y la ciudad de Ariel y alrededores en el norte de Samaria. Desde esa posición negocia desde entonces Israel: la anexión de los bloques es explícita; la renuncia a 200 mil colonos y sus asentamientos es tácita, pero siempre estuvo ahí.

El único que parecía advertir el problema parecía ser el Rabino Menajem Fruman de Tekoa, en el sur de Cisjordania, que hablaba de paz con imanes musulmanes, y que proponía la permanencia de los colonos en sus casas en un futuro arreglo.

Fuera de eso, el interrogante flotaba como un fantasma del que nadie hablaba: qué hacer con los colonos, pues, a la luz de la Desconexión de Gaza en 2005, queda claro que será técnica y políticamente imposible evacuar a todos. De repente sale la voz oficial: es un interrogante que habrá que resolver, dijo la fuente del Despacho del Primer Ministro en Jerusalén, y el premier no se opone a que permanezcan en sus lugares bajo soberanía palestina. Nada dijo de qué ciudadanía habrían de adoptar, ni de miles de detalles más, pero la piedra ya fue lanzada.

Del lado israelí, la derecha ya se ocupó de poner a Netanyahu en el banquillo de los acusados de alta traición. Naftali Bennett, líder del partido religioso nacional “La Casa Judía”, miembro de la coalición, dijo que “las palabras citadas son muy graves y demuestran una pérdida de cordura y de valores. Dos mil años de añoranza por Eretz Israel no pasaron para que vivamos bajo el gobierno de Abu Mazen”. Así se refirieron también personeros del ala derecha del propio Likud, como el vice ministro de Defensa Dany Danón y el vicecanciller Zeev Elkin, que hace ya un buen tiempo se la tienen jurada al titular de su partido.

Con todo, y a pesar de que como siempre no ofrecen solución alternativa al embrollo, las reacciones de la derecha israelí son previsibles. Lo que grita al cielo, en cambio, es la reacción palestina. El jefe del equipo negociador palestino, Saeb Erekat, fue contundente: “Todo aquel que hable de dejar a los colonos judíos en el estado palestino, de hecho está diciendo que no quiere un estado palestino. A ningún colono le será permitido permanecer en el estado palestino, ni siquiera uno, dado que los asentamientos son ilegales y la presencia de los colonos en territorios ocupados es ilegal”.

Es decir: mientras que Israel mantiene la igualdad de derechos de su minoría árabe, mientras también se le exige recibir a los refugiados palestinos, a los palestinos les está permitido negarse a poseer una minoría judía en su futuro estado, y las razones escapan a toda lógica.

Cuando el débil siempre tiene razón

¿Qué pasaría si los judíos que actualmente viven en territorio de lo que será el estado palestino pasan por un proceso de integración, anulando las desigualdades y ateniéndose a las nuevas leyes? Algunos dirán que se tratará de una minoría hostil, pero recordemos que la mayoría musulmana en el futuro estado palestino tampoco les será exactamente amigable. Así que dejemos eso por un momento y hablemos de principios.

Las negociaciones entre Israel y el futuro Estado de Palestina son las únicas en las que las exigencias de una parte son que millones de habitantes propios, pasen al territorio del adversario. En efecto, los palestinos tienen muchas exigencias que implican traslado masivo de población, luego que durante décadas vienen denunciándolo como violatorio de los derechos humanos: nos solamente millones de palestinos a los que llaman refugiados (a los que se han negado sistemáticamente a integrar, dar bienestar, vivienda, etc.) deberán pasar a Israel, en el marco del derecho al retorno palestino, sino que cientos de miles de judíos deberían abandonar Palestina y retornar al lado israelí.

Cuando se señala que la postura de Abu Mazen y Saeb Erekat de que “ningún judío permanecerá en territorio palestino” rememora el Judenrein de Hitler, los propalestinos se rasgan las vestiduras: no se puede comparar a Hitler con Abu Mazen. ¿Por qué? Porque los palestinos son la parte débil y Hitler era el poder, y porque los colonos viven como reyes y armados hasta los dientes, hacen vandalismo, etc. Pero en el marco de la paz, esto será modificado y los palestinos pasarán a ser el poder. Mientras tanto, en el altar de la debilidad palestina, la izquierda cae en la justificación de todas las atrocidades palestinas, tanto las de violencia física como las de violencia retórica. Y esto es violencia retórica.

A mis amigos de la izquierda les digo: la debilidad no otorga automáticamente la razón. Pues lo que están planteando los palestinos es un escenario para cuando dejen de ser débiles, para cuando posean en sus manos una maquinaria estatal igual a la de cualquier país, con poder para reprimir, para controlar, para dar ciudadanía o expulsar, para dar bienestar o para decidir sobre la vida y la muerte de sus habitantes. Yo también quiero el estado palestino y que dejen de ser débiles. ¿Pero qué diremos entonces de su ideología de no permanencia de judíos?

Los colonos deberán pensar qué harán en la perspectiva, por ahora lejana, de un estado palestino que quizás los incluya. Los palestinos, por su parte, deberán dar explicaciones: ¿por qué se oponen al nacimiento de la comunidad judía de Palestina?

Revolución femenina en la piel de Miss árabe israelí

POR MARCELO KISILEVSKI*

Un concurso de belleza, organizado por una revista, busca abrir el camino a las mujeres en el mundo árabe contemporáneo.

Image

Sexualidad, pero con moderación y buen gusto. Tapa de la revista árabe israelí Lilac.

TEL AVIV. ESPECIAL – 26/12/13 – 10:22

En Nazareth, al norte de Israel, tuvo lugar la semana pasada la elección de Miss Lilac, la reina de belleza del sector árabe israelí. Fue organizada por Lilac (se pronuncia Láilac), la primera revista femenina árabe israelí, y la primera en publicar en su portada, hace dos años, la foto de una top model, Huda Nakash, nada menos que en bikini.  Si en el mundo, los concursos de belleza son cuestionados como instrumento de “cosificación” de la mujer por excelencia, aquí es símbolo de la revolución femenina árabe israelí.

La organizadora del certamen es Yara Mashur, directora de Lilac, y gurú feminista del sector. “Nosotros nos abrimos al mundo a través de Internet”, dice Mashur. “Ahora tenemos una nueva generación que es exigente. Una generación que quiere democracia, que quiere triunfar en la vida. Si bien Huda Nakash tuvo que pedir permiso a sus padres para posar en bikini, y el 60% de los árabes la condenó, el restante 40% la consagró, y los demás se tuvieron que resignar. Esto es nuevo para nosotros”.

Pues la elección de la Miss Israel del sector árabe israelí no es cómo en todo el mundo. Tiene que mantener un delicado equilibrio entre lo religioso y lo laico, lo tradicional y lo moderno, lo árabe y lo israelí, lo conservador y lo sexy, lo feminista frente a lo machista, todas brechas que desgarran a ese sector de la sociedad israelí. A pesar de que ya ha habido participantes árabes en el concurso de belleza nacional e incluso ganadoras, como Rana Raslan en 1999, todavía les resulta necesario un certamen separado donde, por ejemplo, no tengan que desfilar en traje de baño.

Las ocho finalistas tuvieron que sobreponerse a las críticas de los que, en la familia ampliada o en la aldea, presionaron para anular su participación. “Mi familia me apoyó en esto”, dice Súmud Fáradj, una de ellas. “Pero hubo vecinos que le decían a mi mamá cómo me permitían usar esas minis tan cortas, y cosas así”.

Yacub, hermano de la participante Nadín Abadu, es “casi” de la nueva generación: “No me molesta en absoluto (su participación). Es 2013, no se puede seguir viviendo en los años ‘50”. Sin embargo, ¿permitiría que Nadín se fotografíe en bikini en la portada de Lilac? “No, hay límites. Jamás le permitiría hacer algo así”.

Con todo, existe un discurso de cambio en este colectivo humano. Se ven a sí mismos como una sociedad más abierta y liberal, dispuestos a aceptar que las mujeres sigan una carrera, a veces a expensas de la crianza de hijos, cosa impensable hace apenas quince años. Las estadísticas lo confirman: desde 1990 se duplicó la cantidad de mujeres árabes que trabajan: de un 10% al 22%, todavía bajo pero en firme ascenso.

El problema, según explican los antropólogos, es cuando la modernización es arrítmica, es decir, no se da en todos los sectores, o siquiera en todas las generaciones de una misma familia, de modo homogéneo ni al mismo tiempo.

Un ejemplo de “integración homogénea” es otra jueza del certamen de belleza, Suhir Avud, coiffeur y dueña de una cadena de cafés. “Yo peinaba a las novias, y sus novios impacientes preguntaban: ‘¿Dónde se puede tomar café por aquí?’ Entonces surgió la idea de abrir cafés junto a las peluquerías, y fue todo un éxito”. Su hija, cuenta, tiene 22 años, y novio hace seis. Ellos salen sin que a Suhir se le mueva un pelo. Pero admite: “Esto mis padres no me lo hubieran permitido jamás. Esa es nuestra evolución”.

En los sectores de “integración arrítmica”, en cambio, la hija se occidentaliza y tiene novio, pero los padres (o sus abuelos, o sus tíos y primos) aún no han pasado por ese proceso. Debido a ello, dos mujeres al año promedio son aún asesinadas en el sector árabe israelí por sus propios parientes en lo que se da en llamar “asesinatos por el honor familiar”, muy típico en todas las sociedades árabes contemporáneas.

Por eso, según cuenta Yara Mashur, el día que publicó su portada con la Nakash en bikini, muchos le preguntaban si la modelo seguía aún con vida. “No sólo no la mataron, sino que se convirtió en top model, con contratos aquí en Israel y en el exterior”, les respondió.

La ganadora de la edición 2013 de Miss Lilac fue la joven Caterine Qinaáni. Una vez coronada expresó su deseo triunfal: “Quiero, con la ayuda de Allah, ser modelo, y cumplir el sueño de todas las mujeres árabes que también quieren serlo”. Un sueño simple que, sin embargo, sigue siendo un verdadero desafío para el establishment varonil.

*Publicado en Clarín, 26.12.13

El inusual temporal de nieve que logró acercar a Israel y a Hamas

POR MARCELO KISILEVSKI

El Estado judío envió a Gaza agua y combustible. Y alimentos y frazadas a Cisjordania.

Imagen

TEL AVIV. ESPECIAL PARA CLARÍN – 15/12/13

La inusual tormenta que azota al Oriente Medio, y que convirtió a Jerusalén y a Safed en verdaderas prisiones de nieve, cobrándose cuatro víctimas fatales, no perdonó tampoco a los palestinos. En la Franja de Gaza, que también vio la nieve en algunas zonas, más de 4.000 personas fueron evacuadas de sus hogares inundados, según informó Muhamad al-Madaina, del Departamento de Defensa Civil de Gaza.

La buena noticia es que el temporal logró acercar a Israel con Hamas. El gobierno del movimiento islamista radical que gobierna la Franja de Gaza hizo llegar al ejército israelí a través de las Naciones Unidas un pedido de ayuda para capear los daños de la tormenta, en especial inundaciones y cortes masivos en el suministro eléctrico.

A raíz del pedido, el coordinador de actividades en los territorios por parte del ejército israelí, general Eitán Dangot, autorizó a la compañía acuífera israelí Mekorot transferir a la Franja bombas de agua a través del paso fronterizo Kerem Shalom.

En diálogo con funcionarios de la Autoridad Palestina y de la comunidad internacional, Dangot enfatizó que “Israel hará todo lo que esté a su alcance para asistir a la población civil tanto en Gaza como en Cisjordania”, en especial transferencia de electricidad a la central eléctrica gazeña, así como combustible y gas.

El primer ministro de Hamas, Ismail Haniyeh, llamó a sus fuerzas a permitir la entrada de combustible y otros suministros a la Franja de Gaza desde territorio israelí.

“Hemos sobrevivido a dos guerras frente a Israel, y sobreviviremos también a esto”, declaró. Las cámaras lo captaron con chaleco de rescate en las calles de Gaza, siguiendo los acontecimientos.

En Cisjordania, gobernada por el partido laico nacionalista Fatah, la cooperación entre la Autoridad Palestina e Israel fue más abierta. Allí se abrió una oficina de enlace conjunto israelo-palestino, dedicado especialmente a supervisar el despeje de rutas de la copiosa nieve. Equipos de rescate israelíes utilizaron pequeñas embarcaciones para hacer llegar alimentos y frazadas a casas palestinas, de donde evacuaron también a unas 700 personas.

 

Publicado en Clarín, http://www.clarin.com, 15.12.13

La buena nueva egipcia: “Yo también soy musulmán”

Tahrir Square

Como ya se ha dicho, es imposible prever cuál será el desenlace de la actual serie de acontecimientos, entre la participación ciudadana, la política y la violencia que sacuden a Egipto. Lo que sí podemos afirmar sin temor a pronunciar otra profecía incumplida, es que el avance del islam radical en el Medio Oriente no puede darse ya más por sobreentendido. La segunda revolución egipcia implica la existencia, en las propias sociedades mesorientales, de sectores amplios que intentan modificar una sentencia que parecía segura.

Dos frases rescato de la manifestación contra el depuesto presidente Muhammad Morsi. Una, pronunciada por una periodista egipcia en perfecto hebreo, entrevistada por el Canal 2 de la televisión israelí: “Nosotros no somos Siria”. En el país de la familia Assad se da una lucha sin cuartel entre dos bandos étnica y religiosamente bien identificados: por un lado la elite alawita pro iraní enquistada en el poder, una minoría oligárquica que gobierna autocráticamente un país de mayoría sunita; por otro, los propios sunitas, hartos del desgobierno y de la violencia, pero con una agenda de corte islamista radical.

En Egipto, los manifestantes dijeron claramente: aquí las cosas son mucho más complejas. La lógica imposible de la última revolución dejó atónito incluso al gobierno de Obama, quien debió soportar duras críticas en su campo doméstico por su ambivalente reacción a los acontecimientos: un movimiento claramente democrático pide a su ejército, que ha sostenido a los gobiernos más autoritarios, derribar un gobierno democráticamente electo, con el fin de restaurar… la democracia.

La buena nueva consistiría en que los egipcios declaran que pueden aspirar a la democracia, pero no al precio de caer en la trampa del islamismo radical, que busca encaramarse en el sistema democrático para perpetuarse en el poder. En otras palabras, democráticos pero no imbéciles.

Obviamente la Hermandad Musulmana los ha ayudado, destruyendo totalmente la economía egipcia, cometiendo todos los errores de manejo político posibles, e intentando de manera demasiado burda la destrucción de los resortes de convivencia que los egipcios consideraban una buena base para comenzar a construir una sociedad y un país más o menos sustentables. Pero eso no quita mérito a los egipcios de intentar no caer en el mismo error que plagó al siglo 20 de autoritarismos, de izquierda y derecha, que llegaron –y en algunas latitudes aún llegan- al poder por vías límpidamente democráticas.

“No nos robará la religión”

La segunda frase, leída en uno de los carteles de la manifestación en Plaza Tahrir era aún más emocionante: “Yo también soy musulmán”. El cartel acusaba con dedo invisible y con incontenible ira a la Hermandad Musulmana y a su representante, el ex presidente Morsi, y le decía: “Usted nos ha robado la revolución, está intentando robarnos el país, pero no le permitiremos robarnos también la religión”.

“El Islam –parecía seguir diciendo el conmovedor cartel- no es radical. No es esa versión deforme y violenta que ustedes intentan imponer como el islam verdadero. El islam es una religión de paz, que le dice ‘No’ al régimen de exclusión que ustedes instauran. No lo lograrán”.

Las sencilla frase “Yo también soy musulmán” es una excelente noticia, más allá del desenlace que pueda tener la ola de violencia desatada por la Hermandad, la cual técnicamente puede entender que se le ha arrebatado el gobierno democráticamente alcanzado. Es excelente, porque su mensaje que no va dirigido solamente a Muhammad Morsi sino también a todos los movimientos islamistas de los cuales la Hermandad Musulmana es su matriz histórica: el Hamás palestino, la Jihad Mundial, la Jihad Islámica palestina, la Jihad Islámica jordana, incluso grupos más radicales como los salafistas y hasta el propio Al Qaeda que, bajo el nombre de Jabhat al-Nusra hegemoniza la rebeldía en Siria.

La frase, así como toda la segunda revuelta egipcia, es una clara toma de posición de la principal sociedad en el Medio Oriente, en contra de dos paradigmas: uno, el del radicalismo y la violencia islámica como corriente hegemónica en la religión musulmana. Desde ahora, los moderados también se animan a hablar, y sólo es de esperar que el ejemplo cunda.

El otro paradigma es el del “choque de civilizaciones” como status eterno e irremediable de la geopolítica mundial del siglo XXI. La guerra que el islamismo radical impone a los “Cruzados”, o sea al Occidente visto por aquél como un enemigo religioso, puede ser ganada si la alianza es con aquellos que dicen: “Yo también soy musulmán”.

Los occidentales amantes de la paz, la justicia social y los derechos humanos deben aprender la lección, dejar de tratar al islamismo radical con los guantes de seda del multiculturalismo e incluso del socialismo, y tender una mano urgente a los sectores moderados (y oprimidos) del mundo musulmán, cuyas voces han sido hasta ahora acalladas, sacrificadas en el altar de lo “politically correct”.

*Publicado en “El Diario Judío”, http://www.eldiariojudio.com

Rabino Menajem Fruman Z”L, el “extraño” rabino de Tekoa

  Imagen

El Rabino Menajem Fruman con un amigo, Ibrahim Abulhawa,

invitado al casamiento de la hija de Fruman.

Pocas personas en Israel ilustran tanto la complejidad del conflicto israelo-palestino como el Rabino Menajem Fruman, que falleció a principios de este mes. Era colono de los territorios, pues vivía en el asentamiento de Tekoa. Por otro lado era “pacifista”, pues quería solucionar el conflicto, y para ello fue capaz de hacer lo prohibido: conversar y activar con el Hamás. Incluso llegó a desempeñarse como “enlace” entre el establishment rabínico israelí y líderes musulmanes. Por un tercer lado, ir hasta el fondo del diálogo tenía podía tener ribetes extremos: participar junto con los sacerdotes del Hamás en manifestaciones contra las Marchas del Orgullo Gay. Fue muy controvertido incluso a su muerte, cuando su vida se convierte en texto. Un texto que vale la pena leer.

 Dentro del amplio paraguas ideológico del sionismo surge el Rabino Menajem Fruman, que funda junto con su grupo un asentamiento que, si bien está en los territorios, se plantea como premisa la convivencia, tanto entre judíos religiosos y laicos, como entre judíos y palestinos de la zona.

 Según él, el conflicto entre israelíes y palestinos es eminentemente religioso. Por ende, sólo los sacerdotes de ambos credos serán capaces de llegar a la paz entre ambos pueblos. Veía con preocupación la actitud menospreciativa de los israelíes hacia los palestinos, pues, sostenía, esa actitud es la que impide un diálogo verdaderamente abierto y sincero. Afirmaba que, dado el carácter religioso del conflicto, es justamente con el liderazgo del Hamás que se debe dialogar. Ello se debe a que sólo ellos comprenden que su visión puede no cumplirse de modo inmediato sino que la resolución última, en especial sus plazos y cronogramas, están en manos de Dios. Ello se contrapone a la visión laica, según la cual, son precisamente los religiosos los que carecen de toda capacidad de flexibilización de sus posiciones. Paradójicamente, desde esa visión laica, son los mismos laicos los que actúan más “religiosamente” al oponerse a todo diálogo con el Hamás.

 ¿Y los asentamientos? Los laicos en Israel están dispuestos a evacuar. Los religiosos se oponen, y sostienen que deben permanecer todos ellos bajo soberanía israelí. Los partidos de centro se han mostrado más pragmáticos: anexar los grandes bloques de asentamientos a Israel, evacuar el resto, transferir territorios bajo soberanía israelí a los palestinos en compensación por las anexiones. Del lado palestino, el presidente Mahmud Abbas ha expresado lo que ningún líder no judío se había atrevido a pronunciar desde Hitler: que ningún judío vivirá en el Estado palestino a crearse. Eso hizo correr un escalofrío por las espaldas de muchos judíos, que recuerdan el concepto de Judenrein, zona “limpia” de judíos de la Alemania nazi.

Sólo Menajem Fruman plantea un escenario que no sólo es pragmático sino que aparece como el único plausible: una Tierra de Israel en la que existen dos estados, uno palestino y otro judío, y en donde cada uno alberga una minoría nacional del pueblo vecino. Israel ya tiene un 20% de palestinos con ciudadanía israelí plena. Que el Estado palestino tenga un porcentaje de judíos con ciudadanía palestina plena, no debería poner los pelos de punta a nadie. Al fin y al cabo, los judíos han vivido en Eretz Israel siempre, hoy existe el Estado de Israel, y su propuesta no contradice en una sola coma a la promesa divina hecha a los Patriarcas hebreos. El cumplimiento de la promesa seguirá siendo esperado con ansias, pues habrá de llegar indudablemente, algún día.

 Es tan sencillo, que aun hoy nadie, salvo el fallecido Rabino Menajem Fruman de Tekoa, se atreve a hablar del asunto. Sin dudas, un pensador “extraño”, quizás demasiado adelantado a su tiempo.

 * Publicado en El Diario Judío, http://www.eldiariojudio.com, 13.3.13