De knishes, de Facebook, y de Lubavitch también*

Reflexiones desde afuera sobre el devenir de las comunidades judías en Sudamérica, que se debaten a capa y espada, con liderazgo, creatividad y profesionalización creciente, entre fuerzas centrífugas que las desintegran y fuerzas centrípetas que son reacción a las primeras, pero que no siempre responden al proyecto original que les dio vida hace más de un siglo. 

Por Marcelo Kisilevski, Modiín

El primer nuevo desafío con el que se enfrentan las comunidades judías de América Latina es, en realidad, uno viejo: el éxodo de sus jóvenes. Un éxodo que se da en varios niveles, no siempre físicos.

Durante el último año he tenido la oportunidad de visitar numerosas comunidades judías. Todas pujantes, todas pletóricas de actividades, propuestas, en una lucha permanente por ser atractivas en un mundo convertido en un supermercado de opciones, para un miembro de la comunidad convertido en consumidor, sea de la edad que fuere.

Y los jóvenes miran el panorama grande: ¿por qué voy a casarme con un/a judío/a cuando las opciones son tantas otras, fuera de mi comunidad?, se preguntan. ¿Por qué habría de quedarme en mi ciudad o pueblo, cuando el mundo ahí afuera es tanto más grande? Y si me voy, ¿por qué habría de ser Israel mi primera opción, cuando hay tantas otras que revisar?

El posmodernismo y la globalización ha traído a las comunidades el desafío de la competencia. La identidad del individuo ya no se compone de una, sino de muchas identidades parciales, que generan tantas comunidades como personas hay, pudiendo cada individuo pertenecer a decenas de ellas. Tantas, como a la cantidad de grupos de facebook a los que se quiera pertenecer con sólo hacer un clic. ¿Por qué habríamos de pertenecer sólo al grupo «Yo también me siento orgulloso de ser judío», cuando es más sexy ser de «Nudistas contra la matanza de toros»?

Fuerzas centrífugas

Lo que resulta, como dos caras de una misma moneda, es una polarización entre las fuerzas centrífugas y las centrípetas. De un lado, los jóvenes que se alejan de instituciones judías centrales que ven como anacrónicas. Aquí se dan dos atenuantes. Uno ya tradicional, y el otro novedoso, interesante, al que las comunidades debieran prestar atención y decidido apoyo.

Lo tradicional: los jóvenes que vuelven a la comunidad luego de completar sus estudios universitarios, casarse y convertirse en padres jóvenes que buscan marcos judaicos para sus pequeños.

Lo novedoso: jóvenes que se salen de las estructuras y crean sus propios marcos. Grupos sociales, bandas de música, clubes de cine, revistas satíricas de humor propio judío, proyectos particulares ad hoc. Estructuras académicas no alineadas como Lomdim, o un poco más institucionalizadas como Hilel, esta última con propuestas donde lo judío es tangencial, pero está, porque el nombre del juego es «Peoplehood». Una «Pueblitud» judía (el lector que haya descubierto una mejor traducción, favor de avisarnos) que, dicho sea de paso, ha desplazado a Israel de su anterior centralidad.

En junio se reunió la cuarta conferencia internacional ROI en Jerusalem. Reúne a jóvenes judíos que ya no se sienten representados por las viejas estructuras y reinventan su judaísmo con proyectos de todo tipo, particularistas judíos, o universalistas desde lo judío. Si pasan ciertos filtros, reciben ayuda económica de una filántropa judía estadounidense, Lynn Schusterman, tampoco alineada con nadie.

Se trata del nuevo paradigma de judaísmo desinstitucionalizado pero vivo, entramado en las redes sociales, individualizado pero «facebookizado», que viene levantando polvareda desde Estados Unidos, pero que ya está haciendo carne en América Latina. Las instituciones no lo ven, porque los jóvenes, aunque quieran seguir siendo judíos, les votan con los pies. No parece ser un proceso que ellas puedan evitar (si es que esto fuera siquiera deseable) y, por lo tanto, la nueva pregunta será cómo acompañar el proceso.

Fuerzas centrípetas

Las fuerzas centrípetas tienen un solo nombre: Jabad Lubavitch. Jóvenes en estado de anomia que, cada vez más, se repliegan, buscan refugio y respuesta en una religiosidad que les resuelva la incertidumbre provocada, por un lado, por la pérdida de relevancia de las instituciones y, por el otro, por el posmodernismo del «todo vale y todo es lo mismo», del relativismo cultural y del relativismo moral. Pensemos lo que pensáremos del fenómeno, no cabe duda que el movimiento Lubavitch se ha convertido en las últimas décadas en una alternativa judía válida para decenas de miles de jóvenes judíos en el mundo entero. Reducirlo a «qué buen marketing que hacen», es la manera más simple y simplista de no querer entender quiénes somos hoy, y hacia dónde vamos.

¿Y las instituciones judías? Están allí, en el medio, con una relevancia que varía de país a país y de ciudad a ciudad. En algunos lugares son de verdad, todavía, centrales y relevantes. En otros, quedan como resabios, cumpliendo a rajatablas la regla universal de que ninguna institución se autodisuelve por motu proprio, pero sin atinar a debatir a fondo qué función debieran tener las instancias comunitarias en nuestros días.

Están allí con mucha buena voluntad, con mucho tiempo y dinero de sus askanim, que también son cada vez menos, intentando profesionalizarse, y sobrevivir a las marchas de nuestro siglo. Sobre todo, se discute mucho, a veces con más ego que sentido. Como siempre. Pero se siguen generando cosas, se siguen capeando las crisis financieras con cierres y fusiones de escuelas, a veces renovando estructuras e incluso, aquí y allá, construyendo nuevos clubes. «Quizás -parecen decir-, cuando pasen estas tormentas, o cuando vengan algunas peores incitadas desde afuera, todos querrán volver. Entonces, aquí estaremos esperándolos, como una buena madre judía, con knishes calentitos y reproches a granel. Por eso, no nos rendimos. Por eso, aquí nos quedamos».

*Publicado en «Piedra Libre» N° 48, Israel, julio 2011.

El status de Israel ante los judíos del mundo

Peter Beinart es un joven periodista estadounidense judío que ha publicado un extenso artículo en el último número de The New York Review of Books en el que acusa a la clase dirgiente judía de su país de haber traicionado las ideas liberales y de alejar a la juventud, provocando, paradójicamente, la asimilación.

Beinart sostiene que esa clase dirigente, que comprende sobre todo el AIPAC, el lobby más influyente, y otras organizaciones judías, ha sacrificado los valores liberales para defender a Israel haga lo que haga, y advierte que esta actitud conduce a la pérdida de apoyo a la causa judía por parte de los jóvenes judíos de Estados Unidos que se sienten alienados al ver que sus representantes pisotean los valores liberales.

Beinart explica que, en su condición de liberal, ha de ser crítico con quienes no comparten las ideas liberales, y esto mismo debe aplicarse a Israel, es decir que cuando Israel se aparta del ideario liberal también se le debe criticar, algo que nunca hace la clase dirigente judía de Estados Unidos.

Beinart incluye en el ideario liberal a la libertad de expresión, los derechos humanos, el debate abierto, el escepticismo sobre la fuerza militar y la búsqueda de la paz.

Ojalá los jóvenes judíos, no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo, pudieran hacer la distinción: una cosa es la conducta de Israel, y otra bien diferente su esencia como expresión del derecho de autodeterminación judío, y pudieran defender no sólo ese logro sino todo lo bueno que ha hecho Israel desde entonces.

Por otro lado, la cuestión que eleva Beinart es una cuestión que debiera preocupar a las dirigencias judías: los jóvenes no hacen la mentada distinción, esa es la realidad. Y se están alejando. No quieren quedar «pegados» con conductas de Israel que consideran cuestionables.

No por nada crece en el mundo la protesta judía contra las políticas del gobierno israelí de turno. Es un síntoma, y catalogar a todos de «traidores» porque no nos gustan sus ideas o sus métodos, es hacer la del avestruz. Y seguir insistiendo como en los años ’60 que «los trapitos sucios los lavamos en casa» es no entender que el mundo ha cambiado y que, entre otros cambios, las paredes de esa «casa» se han vuelto transparentes.

En ese sentido, considero saludable la protesta judía desde fuera de Israel, en tanto y en cuanto se hace desde la identificación con aquel viejo ideal. Que protesten significa que todavía les interesa. También significa la posibilidad de mostrar un pueblo judío que discute, que se pelea, que se apasiona y que usa el cerebro, sin alinearse incondicionalmente con ningún liderazgo, porque el pueblo judío es un pueblo eminentemente no autoritario. Eso es también parte de nuestro nuevo mundo: no sólo hay que serlo, también hay que parecerlo.

En definitiva, a los jóvenes: quédense y protesten, que vuestra protesta, no vuestra indiferencia, es lo que nos hace falta. A los dirigentes: si de verdad les interesa la continuidad judía, tan sólo abran los corazones y los espacios, y escuchen.