¿Jaredim al ejército? No los hagan reir

Contra lo que se cree, cada vez más jaredim van al ejército. Unidad de "Najal Jaredí".

Yo estaba de acuerdo con la Ley Tal. En eso me diferenciaba de mis correligionarios laicos (nótese el contrasentido: “correligionarios laicos” es tan paradójico como “el juez que es perfecto porque nunca falla”…), sin por eso ganarme la simpatía de los religiosos.

La Ley Tal planteaba para los jaredim (ortodoxos de negro, que no aceptan la existencia del moderno Estado de Israel por razones teológicas), una solución para el tema del servicio militar que en su mayoría no cumplen.

Según el plan trazado en la mentada Ley, el estudiante de ieshivá estudiaría hasta los 20 años sin ser llamado a filas. A los 20 se le otorgaría un año de gracia, en el que podría salir de la ieshivá al mercado laboral, si así lo deseaba, sin que el ejército lo moleste. Al término de ese año debía optar: volver a la ieshivá para siempre, o salir al mercado del trabajo productivo. Si optaba por esto último, debía primero prestar un año de servicio civil, tal como lo hacen las mujeres religiosas sionistas.

Los laicos se opusieron porque se estaba legitimando por ley el no cumplimiento del servicio militar por parte de un sector visto como privilegiado. Los laicos, decían, damos tres años de servicio regular, y luego somos “soldados de tiempo completo con 11 meses de vacaciones”, por hacer un mes anual en la reserva.

Yo, en cambio la apoyaba. El status quo en materia de religión y estado, con todos los beneficios a los religiosos, fue una manera que encontró Ben Gurión para permitir a los partidos religiosos acercarse a la estructura del Estado recién fundado y no boicotearlo, sin por eso renunciar a sus principios. Se trató pues, de un invento laico y no se podía venir luego con quejas al sector religioso.

Pero no todos los religiosos quieren ser estudiantes de ieshivá de por vida. Muchos quieren trabajar -de hecho muchos lo hacen-, pero otros no pueden hacerlo porque serían llamados al servicio militar, lo que está mal visto en sus comunidades, que los escupirían a la calle. Ir al ejército, para muchos, implica renunciar a su familia y su pertenencia. La Ley Tal les ofrecía un salvoconducto y los acercaba un paso más a la sociedad general.

En teoría todo perfecto. Pero hubo dos problemas, sin contar la oposición de los laicos: primero, que en los hechos muy pocos jaredim se acogieron a esta Ley supuestamente beneficiosa para ellos.

Segundo, lo que yo no tuve en cuenta en su momento: que se trataba de una ley. La forma que tiene la tradición política de Israel de arreglar sus entuertos entre mayoría y minorías es a través de acuerdos políticos, y no de leyes que fijan dichos acuerdos para siempre.

El precedente es la famosa y por suerte malograda Ley de Conversión. Sobre suelo israelí, la única conversión al judaísmo legítima, que da status válido para aspectos civiles como casamiento y divorcio, es la ortodoxa. Pero se trata de un acuerdo, logrado en su momento por el partido gobernante de turno para que los partidos religiosos no abandonaran la coalición.

En el momento que los religiosos usaron su poder de lobby para dar a dicho estado de cosas fuerza de ley, no sólo los conservadores y reformistas en Israel pusieron el grito en el cielo, sino que toda la judería norteamericana, en su mayoría conservadora y reformista, también se pararon sobre sus patas traseras. Y ellos sí tienen fuerza política en Israel.

Como crudamente me dijo por entonces un amigo, rabino en Nueva Jersey: “Si esta Ley de Conversión se aprueba, estarán creando un pueblo judío paralelo. Los judíos norteamericanos les podrán decir con justicia: ‘Estan en su derecho de dictar leyes, pero si sancionan la Ley de Conversión, métanse su Estado en el trasero y no nos llamen más'”.

Es decir, los judíos de la Diáspora pueden vivir con una situación en la que la conversión es tal y cual, pero no con una en la que dicha situación se cristaliza para siempre en ley.

Lo mismo se puede decir de la Ley Tal sobre el servicio militar para los jaredim. Yo estoy de acuerdo con su esencia, pero darle forma de ley a lo que podría haber sido otro acuerdo político, creó más problemas que soluciones.

Ahora, la Corte Suprema de Justicia anuló su continuación, y pasará a mejor vida. Los laicos pueden decir que se ha hecho justicia. Sólo que la discusión si Ley o no Ley, es una discusión de laicos. Muchas encuestas en la calle jaredí dan cuenta de que muy pocos, siquiera, han escuchado hablar de la Ley Tal. Y sobre ir al ejército: no los hagan reír.

Es decir, la Ley Tal no logró modificar nada. Su anulación, tampoco. Es tan solo una vuelta a lo que había antes, y las modificaciones, que se están produciendo en la calle -más jaredim trabajan, más van por motu proprio al ejército- no vendrán de la Knesset, sino de la tradición política israelí de trifulcas esporádicas, acuerdos de convivencia pacífica y evoluciones sociales silenciosas.

Exclusión de mujeres… ahora en la ginecología

"Devolver a las mujeres a las publicidades callejeras". Mujeres se preparan para salir a manifestar.

Genial. Los organizadores de la Convención sobre “Innovaciones en la ginecología  y la Halajá (ley religiosa judía)” han anunciado que las mujeres no podrán participar. Las ginecólogas y las investigadoras en el área que debían exponer, deberán enviar hombres a hacerlo por ellas. Para las mujeres se anuncia una convención en fecha separada. Deberían agradecer.

Las preguntas son muchas. ¿Cuál es el miedo de los ginecólogos religiosos? ¿Estar sentados cerca de mujeres en la platea de la Convención? ¿O en realidad no hay ginecólogos religiosos y los temerosos son los organizadores, que temen por las tentaciones que sufrirán los participantes masculinos durante el evento? ¿Quién fue el imbécil que se olvidó que la ginecología es la medicina femenina?

La imbecilidad, ya lo vemos, no es exclusiva de ningún pueblo ni sector social. Una columnista en la prensa israelí (Tzefi Saar, Haaretz) propone sumarse y aportar más propuestas para enriquecer el espíritu de la época:

– Prohibir la entrada a los jardines de infantes a personas entre 2 y 6 años de edad.

– Emitir órdenes judiciales de alejamiento a abogados de los tribunales.

– Prohibir la postulación de políticos de mente estrecha, nacionalistas y racistas en la lista del Likud a la Knesset.

– Se prohibirá el estudio de la Torá a estudiantes de ieshivot.

– Los jazanim no podrán entrar en las sinagogas.

Y así sucesivamente. Podemos seguir nosotros: los actores serán excluidos de los teatros, los periodistas de las redacciones, los revoltosos estudiantes tendrán prohibido ir a clases.

Y la vuelta puede seguir: los ladrones no podrán ir a la cárcel, los enfermos no podrán entrar en los hospitales, los asesinos no podrán ingresar en la sala de ejecución (en USA y otros lugares), los drogadictos tendrán prohibida la entrada a instituciones de rehabilitación, los negros no podrán entrar en lugares de blancos, los habitantes de viviendas no podrán ingresar en ellas. O sea, ¿para qué limitarse?

Podemos también ponernos serios y analizar. ¿A qué se debe esta fiebre de la condenable práctica religiosa de “exclusión de mujeres”? En efecto, en los últimos dos años se acumularon los ámbitos de exclusión.

A la tradicional “Ezrat Nashim”, la costumbre más antigua de separar a las mujeres de los hombres en las sinagogas ortodoxas, se le sumaron ahora: separación en algunos autobuses de pasajeros, prohibición rabínica a los soldados religiosos -contra órdenes de sus comandantes- de presenciar actos militares donde cantan chicas, separación de las veredas: de un lado caminan los hombres, enfrente las mujeres. En algunos hogares ultraortodoxos se ha comenzado a ver mesas separadas para las comidas: mamá y las chicas por aquí, papá y los muchachos por allá.

Los incidentes se multiplican. Una inmigrante rusa se niega a pasar a la parte trasera del autobús generando el escándalo. A una nena de 8 años que va al colegio, un jaredí (ultraortodoxo) le escupe en la cara por caminar en la vereda equivocada en Beit Shemesh, una ciudad con predominancia religiosa, pero no ultra. Empresas privadas se autocensuran, absteniéndose de colocar imágenes femeninas en las publicidades en la vía pública, para que los jaredim no las arranquen. Manifestaciones, debate público.

Las teorías que he recolectado en este ambiente enrarecido son dos. Una es buena noticia: las mujeres están protagonizando una revolución silenciosa contra su condición. En los últimos años han surgido ONGs de mujeres religiosas, que se quejan por el hecho de que no sólo deben criar a numerosos hijos, sino que son las que mantienen económicamente el hogar, mientras los hombres tienen exención para estudiar en las ieshivot, so pena de ser convocados a las filas del ejército, y para cuidar “el alma del pueblo judío”.

Son ellas las que se están formando, se profesionalizan, son las que estudian matemática y computación, se modernizan, y empiezan a abrir los ojos. Por fin, han comenzado a sentir que “algo huele mal en Meah Shearim”, y que a las mujeres “les vieron la cara”.

La fiebre excluidora, entonces, sería una reacción masculina contra la revolución femenina. ¿Se pronuncian? ¿Se expresan? ¿Salen a la calle? ¿Cantan?? El mensaje de Hadarat Nashim es: aquí todavía mandamos nosotros.

La otra teoría, que no es contradictoria, preanuncia batallas por venir. Dice que los cambios en la sociedad ultraortodoxa (jaredit) no provienen sólo de un despertar de la conciencia femenina, sino que los hombres también están saliendo de la égida de los rabinos, en múltiples marcos de trabajo para jaredim, ejército para jaredim, educación superior para jaredim, mujeres que se profesionalizan y se expresan, etc.

Por eso, los “askanim”, activistas colaboradores de los rabinos y de los partidos políticos jaredim, se están quedando “sin trabajo” una especie de “mano de obra desocupada a la jaredí”, y han hallado solución a su inactividad: la militancia de imponer en la calle ultraortodoxa prácticas absolutamente novedosas -y perniciosas- en la tradición judía.

En efecto, no existe una verdadera tradición de exclusión de mujeres en el judaísmo tradicional, fuera de las sinagogas. Es más: no hay ni siquiera hoy un solo “psak halajá” (fallo halájico) que lo ordene o la avale. Alguien lo está inventando, contradiciendo todo espíritu judaico. Y debe ser detenido.

De knishes, de Facebook, y de Lubavitch también*

Reflexiones desde afuera sobre el devenir de las comunidades judías en Sudamérica, que se debaten a capa y espada, con liderazgo, creatividad y profesionalización creciente, entre fuerzas centrífugas que las desintegran y fuerzas centrípetas que son reacción a las primeras, pero que no siempre responden al proyecto original que les dio vida hace más de un siglo. 

Por Marcelo Kisilevski, Modiín

El primer nuevo desafío con el que se enfrentan las comunidades judías de América Latina es, en realidad, uno viejo: el éxodo de sus jóvenes. Un éxodo que se da en varios niveles, no siempre físicos.

Durante el último año he tenido la oportunidad de visitar numerosas comunidades judías. Todas pujantes, todas pletóricas de actividades, propuestas, en una lucha permanente por ser atractivas en un mundo convertido en un supermercado de opciones, para un miembro de la comunidad convertido en consumidor, sea de la edad que fuere.

Y los jóvenes miran el panorama grande: ¿por qué voy a casarme con un/a judío/a cuando las opciones son tantas otras, fuera de mi comunidad?, se preguntan. ¿Por qué habría de quedarme en mi ciudad o pueblo, cuando el mundo ahí afuera es tanto más grande? Y si me voy, ¿por qué habría de ser Israel mi primera opción, cuando hay tantas otras que revisar?

El posmodernismo y la globalización ha traído a las comunidades el desafío de la competencia. La identidad del individuo ya no se compone de una, sino de muchas identidades parciales, que generan tantas comunidades como personas hay, pudiendo cada individuo pertenecer a decenas de ellas. Tantas, como a la cantidad de grupos de facebook a los que se quiera pertenecer con sólo hacer un clic. ¿Por qué habríamos de pertenecer sólo al grupo “Yo también me siento orgulloso de ser judío”, cuando es más sexy ser de “Nudistas contra la matanza de toros”?

Fuerzas centrífugas

Lo que resulta, como dos caras de una misma moneda, es una polarización entre las fuerzas centrífugas y las centrípetas. De un lado, los jóvenes que se alejan de instituciones judías centrales que ven como anacrónicas. Aquí se dan dos atenuantes. Uno ya tradicional, y el otro novedoso, interesante, al que las comunidades debieran prestar atención y decidido apoyo.

Lo tradicional: los jóvenes que vuelven a la comunidad luego de completar sus estudios universitarios, casarse y convertirse en padres jóvenes que buscan marcos judaicos para sus pequeños.

Lo novedoso: jóvenes que se salen de las estructuras y crean sus propios marcos. Grupos sociales, bandas de música, clubes de cine, revistas satíricas de humor propio judío, proyectos particulares ad hoc. Estructuras académicas no alineadas como Lomdim, o un poco más institucionalizadas como Hilel, esta última con propuestas donde lo judío es tangencial, pero está, porque el nombre del juego es “Peoplehood”. Una “Pueblitud” judía (el lector que haya descubierto una mejor traducción, favor de avisarnos) que, dicho sea de paso, ha desplazado a Israel de su anterior centralidad.

En junio se reunió la cuarta conferencia internacional ROI en Jerusalem. Reúne a jóvenes judíos que ya no se sienten representados por las viejas estructuras y reinventan su judaísmo con proyectos de todo tipo, particularistas judíos, o universalistas desde lo judío. Si pasan ciertos filtros, reciben ayuda económica de una filántropa judía estadounidense, Lynn Schusterman, tampoco alineada con nadie.

Se trata del nuevo paradigma de judaísmo desinstitucionalizado pero vivo, entramado en las redes sociales, individualizado pero “facebookizado”, que viene levantando polvareda desde Estados Unidos, pero que ya está haciendo carne en América Latina. Las instituciones no lo ven, porque los jóvenes, aunque quieran seguir siendo judíos, les votan con los pies. No parece ser un proceso que ellas puedan evitar (si es que esto fuera siquiera deseable) y, por lo tanto, la nueva pregunta será cómo acompañar el proceso.

Fuerzas centrípetas

Las fuerzas centrípetas tienen un solo nombre: Jabad Lubavitch. Jóvenes en estado de anomia que, cada vez más, se repliegan, buscan refugio y respuesta en una religiosidad que les resuelva la incertidumbre provocada, por un lado, por la pérdida de relevancia de las instituciones y, por el otro, por el posmodernismo del “todo vale y todo es lo mismo”, del relativismo cultural y del relativismo moral. Pensemos lo que pensáremos del fenómeno, no cabe duda que el movimiento Lubavitch se ha convertido en las últimas décadas en una alternativa judía válida para decenas de miles de jóvenes judíos en el mundo entero. Reducirlo a “qué buen marketing que hacen”, es la manera más simple y simplista de no querer entender quiénes somos hoy, y hacia dónde vamos.

¿Y las instituciones judías? Están allí, en el medio, con una relevancia que varía de país a país y de ciudad a ciudad. En algunos lugares son de verdad, todavía, centrales y relevantes. En otros, quedan como resabios, cumpliendo a rajatablas la regla universal de que ninguna institución se autodisuelve por motu proprio, pero sin atinar a debatir a fondo qué función debieran tener las instancias comunitarias en nuestros días.

Están allí con mucha buena voluntad, con mucho tiempo y dinero de sus askanim, que también son cada vez menos, intentando profesionalizarse, y sobrevivir a las marchas de nuestro siglo. Sobre todo, se discute mucho, a veces con más ego que sentido. Como siempre. Pero se siguen generando cosas, se siguen capeando las crisis financieras con cierres y fusiones de escuelas, a veces renovando estructuras e incluso, aquí y allá, construyendo nuevos clubes. “Quizás -parecen decir-, cuando pasen estas tormentas, o cuando vengan algunas peores incitadas desde afuera, todos querrán volver. Entonces, aquí estaremos esperándolos, como una buena madre judía, con knishes calentitos y reproches a granel. Por eso, no nos rendimos. Por eso, aquí nos quedamos”.

*Publicado en “Piedra Libre” N° 48, Israel, julio 2011.

¡Y dale con “Estado judío”!

¿A qué se debe, de verdad, la negativa palestina y de todo el mundo árabe a reconocer a Israel como Estado del pueblo judío?

Por Marcelo Kisilevski

Las dos partes en las negociaciones, Israel y los palestinos, se enfrentan actualmente en torno a dos puntos no elevados anteriormente como condición para negociar: en este rincón, la exigencia palestina de continuar con el congelamiento de la construcción en los territorios. En el otro, la exigencia israelí del reconocimiento palestino de Israel como estado judío.

Ninguna de los dos puntos había trabado antes las negociaciones. La construcción en los territorios es un punto central de ellas, no está fuera de ellas. Es cierto: ya había sido uno de los hitos de la Hoja de Ruta, luego que los palestinos atinaran a desmantelar todas las organizaciones terroristas. En Cisjordania, el terrorismo ha descendido a niveles nunca conocidos, de la mano de una verdadera persecución policial de la Autoridad Palestina contra los miembros de Hamás, y una “movida” general de construcción de un eventual estado viable en los territotorios gobernados por Mahmud Abbas y Salam Fayad.

Pero las organizaciones terroristas siguen vivas y coleando: el Hamás no sólo existe, incluso gobierna la Franja de Gaza. La Jihad Islámica está muy lejos de desaparecer. El Tanzim y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, los brazos armados del partido oficial Fatah, tampoco se han llamado a disolución. Eso solo ya libera a Israel, a nivel legal, de tener que paralizar los bulldozers en la Margen Occidental.

Pero, como quiera que sea, con construcción o sin ella, con “estado judío” o sin él, esto no había detenido antes las negociaciones. Los palestinos, de Oslo a esta parte, habían negociado a la sombra de más y más asentamientos. Los israelíes elevan en cada etapa –lo hizo Barak, lo hizo Olmert- la exigencia de reconocimiento de Israel como Estado judío, pero aun así, nunca dejaron de avanzar en el proceso.

Dicho sea de paso, para aquellos que todavía siguen sosteniendo el supuesto fracaso de Oslo: hoy, todo el mainstream israelí, incluido el mismísimo Likud de Biniamín Netaniahu, acepta la fórmula de “dos estados para dos pueblos”. Seguirá llevando tiempo –y sobre todo vidas humanas, lamentablemente- pero hacia eso vamos. Cuando este escriba iniciaba su carrera periodística en Nueva Sión, a fines de los ’80, se trataba de una frase “subversiva”.

Más allá de las estratagemas de Mahmud Abbas y de Netanyahu para empantanar las negociaciones, lo que resulta extraño es la negativa palestina a reconocer a Israel como estado judío. La exigencia israelí no fue elevada en Oslo, y luego fue rechazada sin que Israel se escandalizara, pero la negativa palestina no deja de ser enervante. Pues la fórmula de “dos estados para dos pueblos” es una copia de la votada en la ONU en noviembre de 1947: un estado judío y otro árabe en lo que se conoce como Palestina. Israel aceptó la Partición entonces, y vuelve a aceptar dicha fórmula hoy en día. En los círculos progresistas, nos hemos resistido a formular preguntas: ¿por qué los palestinos la rechazan? ¿Cuáles son las motivaciones palestinas profundas para rechazar el derecho de autodeterminación del pueblo judío en Israel, como reflejo especular directo del derecho de autodeterminación del pueblo palestino en el mismo lugar? Para los palestinos, se debe crear un Estado palestino en Cisjordania y Gaza. Pero Israel no puede ser del otro pueblo: debe ser binacional. Quien crea en la autodeterminación de los pueblos, de todos los pueblos, podría sopesar seriamente la posibilidad de enviar a los palestinos delicadamente a freír espárragos.

Como se diría en Israel, algunos argumentos de esta negativa hacen levantar las cejas. Dijo el canciller egipcio, Ahmed Abu Gheit, en una entrevista televisiva: “La demanda de Israel de ser reconocido como un Estado judío es preocupante”, y la equiparó con la decisión iraní de llamarse “República Islámica de Irán”. Saeb Erekat, jefe del equipo negociador palestino, fue más lejos: “No existe país en el mundo en el que las identidades nacional y religiosa estén entrelazadas”.

Existe un pequeño problema: se trata de una vil mentira, y los palestinos lo saben. No sólo porque la Constitución griega diga que la religión “imperante” allí “es la de la Iglesia Ortodoxa Oriental de Cristo”, y así en muchos países pequeños y alejados del tema, sino porque en la propia constitución de la Autoridad Nacional Palestina se lee, en el artículo 4, que “el Islam es la religión oficial de Palestina” y que “los principios de la Shaaría Islámica (equivalente a la Halajá judía, M.K.) serán la principal fuente de legislación”. De Irán no hace falta hablar. Y en la bandera de Arabia Saudita se puede leer la fórmula de fe islámica “Alahu Ajbar” (Alá es el más grande), y así sucesivamente.

Y eso es sólo si permitimos que los palestinos definan al judaísmo como religión. El judaísmo es una entidad histórica y nacional, con un componente religioso fuerte. Otra vez, como en las épocas más oscuras, otros vienen y nos definen desde afuera. La totalidad de los países árabes pertenecen tanto a la Liga Árabe como a la Organización de la Conferencia Islámica. La organización que los define como “pueblo árabe” y la que les da carácter religioso musulmán. Nuevamente: a freír espárragos.

La pregunta se repite, ensordecedora: ¿qué es lo que hace, a ojos de los palestinos y demás países árabes y musulmanes, que su definición como tales sea aceptable y legítima, mientras que la definición de Israel como judío sea inadmisible?

Los palestinos aducen varios argumentos: que ello pondría en peligro a la minoría árabe en Israel, por ejemplo, y por lo tanto se trata de una exigencia que acerca a Israel a los límites del fascismo. Vamos: ninguna minoría del Medio Oriente está más segura que la árabe israelí. Usted no quisiera ser parte de una minoría en ningún otro país árabe. Con todos los problemas que quedan por resolver, ni los propios árabes israelíes desean ser parte de ningún otro estado árabe.

Las razones no declaradas tienen que ver, precisamente, con la naturaleza totalitaria del Islam al que adscriben todos los países del Medio Oriente sin que nadie se atreva a acusarlos de oscurantistas, pues ello sería cometer el pecado capital de “imperialismo cultural”, Dios nos libre.

Pero las cosas deben ser dichas. Desde un punto de vista teológico, existe una estrecha vinculación entre la ley islámica y la soberanía política, de un modo que no se da en el cristianismo ni en el judaísmo. El Corán divide al mundo entre Dar El Islam (Casa de la Paz) y Dar el Harb (Casa de la Guerra). La Casa de la Paz consiste en todos aquellos territorios donde ya gobierna o ha gobernado alguna vez el Islam. Así, tanto Israel como Al Andaluz (toda la Península Ibérica), deben ser reconquistados primero. La Casa de la Guerra está compuesta por todos aquellos territorios que aún no han conocido el gobierno de Alá. La paz universal llegará cuando todos los hombres acepten a Alá, o bien se sometan al gobierno del Islam mediante la condición de “dhimmi” (minoría tolerada y protegida) y el pago de la “jizya“, el impuesto de los no musulmanes.

La aceptación de una soberanía no musulmana en Palestina, cuyo territorio es parte de Dar El Islam, va contra las leyes del Corán y la Shaaría. Lo comprendió muy bien Anwar Sadat en el momento de ser asesinado brutalmente por los Hermanos Musulmanes en 1981, luego de aceptar el Estado de Israel a cambio de la Península del Sinaí. Cuando se le preguntó a Arafat por qué no aceptaba la oferta sin precedentes de Barak en Camp David versión 2000, dijo sin ambajes: “Si yo no vuelvo con la bandera palestina flameando en el Monte del Templo y con el derecho al retorno de todos los refugiados, a mí me matan”. Tenía razón: la soberanía es teológicamente fundamental, y el derecho al retorno de los refugiados acabaría con el carácter judío de Israel.

Podríamos haber esperado que con el ascenso del Panarabismo en los años ’50, todo el paradigma islámico de Dar El Islam-Dar El Harb se hubiera suavizado, “europeizado”, para dar paso a las posturas, quizás no menos totalitarias, incluso expansionistas, pero sí más moderadas teológicamente, en los estados que llevan la voz cantante en la región. El no reconocimiento de Israel como expresión de la autodeterminación judía, pone esta supuesta moderación histórica en tela de juicio, y acerca las posturas palestinas a las más reaccionarias y premodernas concepciones islámicas fundamentalistas.

Netanyahu no se equivoca en la esencia de su demanda, pero la banaliza, al utilizarla para “franelear” a los palestinos y a Estados Unidos: el reconocimiento de Israel como estado judío no debe ser una mera “precondición” para seguir negociando, sino que debe ser elevado como uno de los puntos centrales de las tratativas, al mismo nivel como lo son Jerusalem, la delimitación de las fronteras, los asentamientos y el destino de los refugiados palestinos.

He aquí una base, poco tratada hasta hoy por el “campo de la paz”, para una paz duradera entre los pueblos: la del reconocimiento mutuo, verdadero, profundo y justo.

 Publicado en Nueva Sión N° 955, noviembre 2010

El status de Israel ante los judíos del mundo

Peter Beinart es un joven periodista estadounidense judío que ha publicado un extenso artículo en el último número de The New York Review of Books en el que acusa a la clase dirgiente judía de su país de haber traicionado las ideas liberales y de alejar a la juventud, provocando, paradójicamente, la asimilación.

Beinart sostiene que esa clase dirigente, que comprende sobre todo el AIPAC, el lobby más influyente, y otras organizaciones judías, ha sacrificado los valores liberales para defender a Israel haga lo que haga, y advierte que esta actitud conduce a la pérdida de apoyo a la causa judía por parte de los jóvenes judíos de Estados Unidos que se sienten alienados al ver que sus representantes pisotean los valores liberales.

Beinart explica que, en su condición de liberal, ha de ser crítico con quienes no comparten las ideas liberales, y esto mismo debe aplicarse a Israel, es decir que cuando Israel se aparta del ideario liberal también se le debe criticar, algo que nunca hace la clase dirigente judía de Estados Unidos.

Beinart incluye en el ideario liberal a la libertad de expresión, los derechos humanos, el debate abierto, el escepticismo sobre la fuerza militar y la búsqueda de la paz.

Ojalá los jóvenes judíos, no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo, pudieran hacer la distinción: una cosa es la conducta de Israel, y otra bien diferente su esencia como expresión del derecho de autodeterminación judío, y pudieran defender no sólo ese logro sino todo lo bueno que ha hecho Israel desde entonces.

Por otro lado, la cuestión que eleva Beinart es una cuestión que debiera preocupar a las dirigencias judías: los jóvenes no hacen la mentada distinción, esa es la realidad. Y se están alejando. No quieren quedar “pegados” con conductas de Israel que consideran cuestionables.

No por nada crece en el mundo la protesta judía contra las políticas del gobierno israelí de turno. Es un síntoma, y catalogar a todos de “traidores” porque no nos gustan sus ideas o sus métodos, es hacer la del avestruz. Y seguir insistiendo como en los años ’60 que “los trapitos sucios los lavamos en casa” es no entender que el mundo ha cambiado y que, entre otros cambios, las paredes de esa “casa” se han vuelto transparentes.

En ese sentido, considero saludable la protesta judía desde fuera de Israel, en tanto y en cuanto se hace desde la identificación con aquel viejo ideal. Que protesten significa que todavía les interesa. También significa la posibilidad de mostrar un pueblo judío que discute, que se pelea, que se apasiona y que usa el cerebro, sin alinearse incondicionalmente con ningún liderazgo, porque el pueblo judío es un pueblo eminentemente no autoritario. Eso es también parte de nuestro nuevo mundo: no sólo hay que serlo, también hay que parecerlo.

En definitiva, a los jóvenes: quédense y protesten, que vuestra protesta, no vuestra indiferencia, es lo que nos hace falta. A los dirigentes: si de verdad les interesa la continuidad judía, tan sólo abran los corazones y los espacios, y escuchen.

¿Se puede ser pro-Israel y criticar a su gobierno?

Biniamín Netanyahu ofreció al mejor y más brillante defensor del “Caso de Israel”, el famoso abogado norteamericano Alan Dershowitz, ser embajador de Israel en la ONU.  Éste rechazó cortésmente la invitación, porque le crearía problemas con su ciudadanía norteamericana, pero además, según dijo, porque “tiene problemas” con la política israelí de asentamientos en los territorios.

Si en el post anterior hablábamos de la posibilidad o no de criticar las políticas de Israel desde una postura pro-israelí, tres iniciativas que son una, tocan esa posibilidad con por medio de la acción. Empezó J-Street (http://jstreet.org/), un grupo de lobbistas judíos norteamericanos que decidieron impulsar la política oficial de la Casa Blanca de impulsar la solución pacífica del conflicto palestino-israelí basada en “dos estados para dos pueblos”. Lo hacen como saben los estadounidenses, con mucho fundraising, con imagen, nivel intelectual y contactos en las altas esferas. Fue fundada por Jeremy Ben-Ami, ex asesor político de Bill Clinton, en abril de 2008.

Les siguió una iniciativa llamada J-Call (http://www.jcall.eu/?lang=es), que comenzó como un petitorio internético titulado “Un llamado judío europeo a la razón”, y fue lanzado como agrupación este 3 de mayo en el Parlamento Europeo en Bruselas, autoproclamándose como la versión europea de J-Street.
Por último, despacio, los latinoamericanos han decidido promover “J-Llamada” (http://www.petition.fm/petitions/jllamado), un petitorio titulado: “Un llamado a la razón: judíos lationamericanos por la paz en el Medio Oriente”. Lo impulsa Darío Teitelbaum, miembro de la dirigencia del movimiento Hashomer Hatzair Mundial, y la idea es también tender a convertirlo en movimiento. Los principios y el texto del petitorio son los mismos que en la versión europea:
 
Llamamiento a la razón

Ciudadanos de países Latinoamericanos, judíos, estamos implicados en la vida política y social de nuestros respectivos países. Cualesquiera sean nuestros itinerarios personales, el vínculo al Estado de Israel forma parte de nuestra identidad. El futuro y la seguridad de este Estado al que estamos indefectiblemente ligados nos preocupan.

Sin embargo, vemos que la existencia de Israel está de nuevo en peligro. Lejos de subestimar la amenaza de sus enemigos exteriores, sabemos que este peligro se encuentra también en la ocupación y la implantación ininterrumpida de los asentamientos en Cisjordania y en los barrios árabes de Jerusalén Este, lo que constituye un error político y una falta moral. Y esto alimenta, además un proceso de deslegitimación inaceptable de Israel como Estado.

Por estos motivos hemos decidido movilizarnos en torno a los siguientes principios :
El futuro de Israel pasa necesariamente por el establecimiento de una paz con el pueblo palestino según el principio de “dos Pueblos, dos Estados”. Lo sabemos todos, es urgente.

Pronto Israel deberá enfrentarse a una alternativa desastrosa: o convertirse en un Estado donde los judíos serían minoritarios en su propio país o establecer un régimen que deshonre a Israel y lo transforme en un campo de guerra civil. Si bien la última palabra pertenece al pueblo soberano de Israel, la solidaridad de los judíos de la Diáspora les obliga a actuar para que esta decisión sea la correcta. La alineación sistemática en favor a las políticas del gobierno israelí es peligrosa ya que va en contra de los intereses verdaderos del Estado de Israel.

Queremos crear un movimiento latinoamericano capaz de hacer oír la voz de la razón a todos. Este movimiento se sitúa más allá de desacuerdos partidistas. Ambiciona trabajar por la supervivencia de Israel como Estado judío y democrático y dicha supervivencia se ve condicionada por la creación de un Estado palestino soberano y viable.

Más allá del escándalo que pueda producir su contenido pro-estado palestino, la novedad de estas tres iniciativas, que son en realidad una sola, no es esa. En efecto, la idea de “dos estados para dos pueblos” ya había sido instituida en los avatares del proceso de paz desde la Hoja de Ruta, el primer documento -elaborado por la Administración Bush (hijo)- que explicitó las palabras “estado palestino” como estación terminal de las negociaciones. El documento, recordemos, fue firmado por el entonces primer ministro israelí Ariel Sharón y refrendado por el gabinete israelí. La última expresión oficial fue el pronunciamiento del actual premier, Biniamín Netanyahu, en su discurso de Bar Ilán, en favor de la fórmula de dos estados.  La verdad es que, con su llamado a la paz y a dos estados, estos judíos de la Diáspora no están haciendo más que dar un espaldarazo a lo que ya es política oficial del Estado de Israel.

Por eso, no es ésa la innovación de J-Street y sus vástagos. A decir verdad, se trata por ahora de llamados a la paz bastante generales y, si bien se lee, simplistas: paz en el Medio Oriente, dos estados, no a la construcción en los territorios, incluido Jerusalem, hasta que se decida qué pasará allí. Eso es todo. La idea, lo declaran ellos mismos, es ser abarcativos, tratar de superar las diferencias partidistas, anteponiendo la preocupación por la letigimidad y la seguridad de Israel como estado judío.

La novedad, en cambio, es que se trata de judíos de la Diáspora que intentan romper un tabú: el de que “nuestros desacuerdos los ventilamos sólo puertas adentro”, pues “críticas de judíos son utilizadas por los antisionistas para deslegitimar a Israel”.

Ya he dado mi posición al respecto en más de un lugar y ocasión: este argumento se ha utilizado para censurar a las izquierdas comunitarias, más que lo que ha servido a la hasbará de Israel o a la lucha contra el antisionismo. En la era de Internet, no se puede plantear como real que, por ejemplo, la prensa crítica israelí se acalle. Se ha llegado a asegurar que el escritor israelí  “Amós Oz y muchos como él son los peores enemigos de Israel”. ¿De verdad se pretende que Amós Oz, Premio Israel y Premio Príncipe de Asturias, entre otros premios, deje de escribir lo que piensa y que sus artículos no sean traducidos al inglés y al español? ¿De verdad piensan que el silencio de Amós Oz sería “bueno para los judíos”? Al contrario, Amós Oz debe seguir escribiendo, y a él se le deben sumar voces judías pro-israelíes en la Diáspora.

El mentado tabú está basado en ciertos supuestos erróneos o irrealistas:

– Como está dicho, “los antisionistas se basan en opiniones judías para atacar a Israel”. Vean, si no, el ejemplo de Noam Chomsky. Respuesta: el problema es que los judíos pro-israelíes no habían hecho hasta ahora oír su voz. Noam Chomsky es un judío judeófobo, enfermo de auto-odio. Aquí hablamos de voces judías sionistas que se atreven a disentir desde el amor a Israel, desde el denominador común entre izquierda sionista y derecha sionista, de la defensa del derecho de autodeterminación del pueblo judío. A partir de ahí, el judío diaspórico no debe estar obligado a defender toda política del gobierno israelí de turno. Esa censura interna es la que ha terminado por alejar a masas de judíos de los ámbitos comunitarios institucionalizados. Lo que faltaba no era una voz judía crítica, sino una voz judeo-sionista crítica.

-“Los antisemitas no deben ver nuestras divisiones; debemos mostrar una imagen de fuerte unión, y sólo así los disuadiremos de atacar nuestra legitimidad”. Como se diría en inglés: yeah, right. Los ataques, lejos de disminuir debido a la supuesta unión, aumentan, con o sin ayuda de los Amós Oz del mundo. Yo prefiero otra estrategia: no dirigirnos a los antisemitas deslegitimadores, sino a la gran mayoría que desea entender la complejidad del conflicto desde el derecho de todos los pueblos a su autodeterminación, incluido el judío. A esa gran mayoría, yo quiero contarle de nuestra pluralidad, nuestra disidencia interna, nuestra política de inclusión de todas las opiniones, cuyo denominador común son el sincero deseo de paz.

-“El gobierno israelí necesita ‘silencio de radio’ en la calle judía, un alineamiento incondicional con el estado israelí”. Nuevamente, este supuesto confunde entre estado y gobierno. Las comunidades están unidas incondicionalmente con Israel como estado judío, pues es un componente central -aunque no el único- de su identidad como pueblo. Pero eso no significa que deban apoyar sus políticas coyunturales.

Más aun: el gobierno de turno no quiere “silencio de radio”, sino apoyo a sus políticas gritado a los cuatro vientos. Lo busca con fruición Biniamín Netanyahu cuando habla ante AIPAC, y cuando recluta a Elie Wiesel para que haga hasbará “pro-israelí”, que es en realidad pro-gobierno de derecha israelí.

Tengo noticias para ustedes: yo estoy de acuerdo con Bibi, aunque ahora mis amigos de la izquierda frunzan la nariz. Me parece absolutamente legítimo que Netanyahu busque apoyo donde le dé la gana. Que lo haga en AIPAC, que lo haga en Francia con Elie Wiesel, y que mande a Avigdor Liberman a buscar el apoyo de la AMIA a su gobierno, aunque la institución judeo-argentina esté dirigida por el Laborismo; allá ellos y sus incoherencias. Estoy incluso de acuerdo con que el Likud israelí recaude fondos en USA para sus campañas electorales.

Con lo que no puedo estar de acuerdo es con la hipocresía de estimular voces judías diaspóricas cuando están a favor de su gobierno, pero censurar las voces judías diaspóricas que le están en contra. Si se abre el juego a las voces judías diaspóricas, que se abra para todas ellas.

Pero tengo mejores noticias aun: el gobierno israelí no es hipócrita porque no censura ni puede censurar nada, sino que la autocensura viene de adentro. La verdad es que a Israel le importan bien poco, lamentablemente, las repercusiones de sus políticas en las comunidades judías del exterior. Y por eso es peligroso, no solamente para Israel sino también para las propias comunidades, alinearse con todas las medidas, políticas y acciones del gobierno de Israel de turno. Parafraseando a Clemenceau, la identidad judía es demasiado importante para los judíos de la Diáspora, como para dejarla en manos de Israel y, mucho menos, de los antisionistas.

Es hora de otra mirada judeo-diaspórica sobre Israel. Una mirada de militancia por reafirmar el derecho del pueblo judío a su propio estado, pues esa es la línea roja, y es innegociable. Una mirada, también, que no se alinee automáticamente con todo lo que hace Israel en tal o cual situación. Una mirada que sirva también a sus hermanos en Israel para obtener otra perspectiva: ni mejor ni peor, sencillamente con otro ángulo. Una mirada que sirva de posibilidad a los judíos de relacionarse de otra manera con el Israel que en el fondo aman. Una mirada que le sirva al judío diaspórico preocupado para hacer la defensa de Israel desde una postura que no violente sus principios en pos de la paz.

Biniamín Netanyahu ofreció al mejor y más brillante defensor del “Caso de Israel”, el famoso abogado norteamericano Alan Dershowitz, ser embajador de Israel en la ONU.  Éste rechazó cortésmente la invitación, porque le crearía problemas con su ciudadanía norteamericana, pero además, según dijo, porque “tiene problemas” con la política israelí de asentamientos en los territorios.

Israel también se puede beneficiar la nueva voz del judío diaspórico, al ganar a un amigo que le sea sincero, que le diga de verdad, y sin obsecuencia, lo que espera de él.

Haití y nosotros

¿A quién le interesa Haití?

Cada vez que se produce un terremoto en el mundo, y se empiezan a inundar los medios de comunicación con los informes y las explicaciones, uno piensa que, en realidad, todo lo que se dice sobre el evento en cuestión habla más de quien habla, que del evento en cuestión.

En eso pensaba cuando escuchaba el informe de Ariel Segal, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Católica de Lima, acerca de por qué Haití, en realidad, no le interesa a nadie. En pocas palabras, allí se produjo la primera revolución latinoamericana por la independencia, pero fue una revolución de esclavos. Por eso, Francia no tiene mayor interés en ayudar a su ex colonia por no haber allí recursos ni cultura en común. Los países latinoamericanos mismos, que se independizaron después, lo hicieron liderados por elites criollas temerosas de que sus propios esclavos se revelaran de crearse contacto alguno con Haití.

De ese modo, Haití ha quedado pobre, ignorante y sin nada que ofrecer a otros países en términos de intereses, que es en definitiva lo que une a los países a la hora de entablar relaciones. Y como todo esto es así, no cabe esperar demasiado dentro de un par de meses, cuando el polvo del terremoto termine de depositarse. Entonces, ¿dónde quedarán las denuncias -incluida esta- sobre la indiferencia del mundo mientras la gente en Haití se sigue muriendo por falta de asistencia?

Vaya como consuelo este reporte de la CNN sobre el único hospital de campaña -el israelí- montado al día de hoy en Haití.

http://www.cnn.com/video/?/video/world/2010/01/18/dnt.cohen.haiti.patients.dying.cnn

Rabino contra la religión en Tzahal

SoldadoReza

Érase un grupo de soldados que regresaron a su base después del franco de Pesaj, sin afeitarse, lo cual está prohibido en el ejército. Sólo que estos soldados, además, eran amigos, y miembros del movimiento Masortí, o sea, de la corriente religiosa conservadora.

Según la tradición, estamos en los días de la Cuenta del Omer, que dura 49 días, o sea, las siete semanas entre Pesaj y Shavuot. Durante todos esos días, la grey practicante mantiene algunas normas de duelo por la destrucción de nuestro Templo, entre otras desgracias históricas, y una de ellas es el no afeitarse. Y la corriente conservadora, igual que la ortodoxa, es “halájica” en estos asuntos, es decir, sus miembros se ciñen en comunidad a las reglas rituales.

Pero en Tzahal, el ejército israelí, hay rabinos militares encargados de decidir quién es religioso y quién no. De otro modo, toda la soldadezca podría aprovechar la volada y decidir por motu propio, de repente, no afeitarse, lo cual significaría una falta masiva a la disciplina militar, rayana en el motín, Dios nos libre.

Y el comandante de los muchachos conservadores, temeroso de semejante insolencia o, más bien, cuidadoso de su propio trasero, envió a sus subordinados ante el rabino, para que fallara en su caso: ¿tienen derecho a llamarse religiosos y a no afeitarse en los días de la Cuenta del Omer?

Hete aquí que el rabino falló en contra de la religiosidad de los chicos, quienes debieron afeitarse en contra de sus creencias religiosas judaicas. “Ustedes no son religiosos”, determinó, “y por lo tanto no podrán cumplir con las reglas del Omer, y deberán afeitarse”. Lean otra vez, por si todavía no se quedaron con la boca abierta.

Los conservadores no son “religiosos”, “datiím”, según la terminología israelí. Subrayo: cuando aquí la gente dice “datí”, según la terminología israelí -que no según la judía- la referencia es al ortodoxo, pues las demás corrientes, hasta que no hagan aliá en masa y corten y pinchen políticamente, no existen. Es una cuestión de posicionamiento, marketing puro. Así como la Coca Cola es sinónimo de toda bebida de cola siendo en realidad una marca, “datí”, religioso, es aquí sinónimo de ortodoxo. Sorry.

Nuestra historia no ha terminado, y los padres iban a protestar. Probablemente ganen, si es que no lo han logrado ya a la altura de estas líneas. Pero el hecho en sí marca de modo patente hasta las lágrimas, de risa y también de bronca, uno de los absurdos magistrales de la sociedad israelí: un rabino, y encima ortodoxo, de esos que de común nos insisten hasta el hartazgo, hasta que casi nos dan ganas de tirarlos desde el último piso de Azrieli, sin importar si somos conservadores o ateos, con que nos pongamos tefilin, comamos casher y no viajemos en Shabat, Guevalt!, prohibió -repito: prohibió- a otros judíos, que no importa si son conservadores o ateos, cumplir reglas de la halajá ortodoxa.

Más clarito, y sin tanta subordinada: rabino prohíbe a judíos practicar el judaísmo. ¿Ahora se entendió?

Es sólo un botón de muestra de lo que ya se ha convertido en lugar común: que Israel es el único país occidental en el que no existe la libertad de culto para los judíos. Vergüenza debería darnos.

Jerusalem se escribe con M

Jerusalem

Nos ha llegado el hermoso libro de Abraham Argov, “Jerusalem se escribe con M”, con estampas breves, entrañables, de la capital israelí, con sus calles y edificios que resuman historia, y también con su gente, que desborda en mundos enteros.

Abraham Argov es un hombre de Jerusalem. Ha vivido allí desde siempre, y ha trabajado y activado por la ciudad y por el mundo judío, del que Jerusalem es centro. Y la centralidad de Argov, olé de la Argentina, queda oculta, como el misterio mismo de la ciudad. Como pista, por ahí aparece una foto de él caminando por la Ciudad Vieja, medio de espaldas, a la Hitchkok. En otra da la cara, tocando el violín nada menos que con Teddy Kolleck, el legendario alcalde. Y aunque titule una de sus estampas, como otra pista, “El Teddy Kolleck que yo conocí”, y aunque haya trabajado con él (infidencia nuestra), en su texto se empecina en el misterio, y salvo ese desliz con el violín, insiste en ser el que sostiene la “cámara”, en lugar de estar frente a ella.

Se puede visitar la ciudad y llevar tranquilamente este libro, para leer y  dar voz a los lugares, que son mudos, pero sólo en apariencia.

Me tomo el atrevimiento de publicar uno de los textos, que habla de un lugar de esos, que es mudo sólo en apariencia: un simple hospital. Pero un hospital de Jerusalem:

Hospital Shaarei Tzedek

Hace algunas semanas visité en el Hospital Shaarei Zedek a un buen amigo, internado por unos días.

En su habitación había tres camas, separadas por cortinas. Una estaba ocupada por él, nacido en Roma y descendiente de una familia llegada a Italia tal vez en la época de los césares o quizás en tiempos de la expulsión de los judíos de España, no lo sabe. Su idioma materno es el italiano, pero domina también el español, el portugués, el francés y el inglés, además del hebreo. Su esposa, nacida en Rusia, habla ruso y alemán, ya que sus padres emigraron de Rusia a Alemania, para salir de allí con el surgimiento del nazismo, y partir a Palestina. Además de hebreo, habla también español, portugués e inglés. A pesar de sus sólidos conocimientos de la tradición judía, los dos impartieron a sus hijos una educación laica.

En la cama contigua se veía a un inmigrante de la ex Unión Soviética, religioso, que pasaba la mayor parte del tiempo leyendo libros sagrados y rezando en hebreo. Cuando entraba a visitarlo su hija, una mujer de mediana edad vestida como las mujeres religiosas de Jerusalem y acompañada por cinco niños (cuatro varoncitos con solideos y una niña), el abuelo hablaba con ellos en un hebreo insuficiente; cuando no lograba expresarse en el idioma de los nietos, recurría a su hija y hablaba en ruso.

En la tercera cama había un hombre de mediana edad, un poblador de la vecina aldea árabe de Djabel Mukabar, quien recibía la visita de sus dos mujeres, tres hijos, dos hermanos y su padre. Todos hablaban árabe entre sí, y hebreo conmigo.

Dos días después, en mi segunda visita, ya no vi a la familia árabe. El problema médico se había solucionado y el enfermo había sido dado de alta. Junto a esa cama encontré a un grupo de jóvenes que acompañaban al nuevo paciente, joven como ellos. Todos hablaban español y estudiaban en un instituto religioso para jóvenes interesados en abrazar el judaísmo. El grupo estaba integrado por muchachos de Venezuela, Colombia, Brasil y España (Ibiza), y una joven peruana.

Trabé conversación con ellos, que no cesaban de plantearme preguntas. Todo les interesaba: el país, su geografía, sus costumbres, las comunidades judías de la diáspora.

Uno de ellos me relató su historia. Nació cristiano, y un tío suyo le reveló en secreto que la familia había llegado a Sudamérica siglos atrás huyendo de la Inquisición y que, desde entonces, conservaba en secreto los ritos de la religión judía a la que siempre había pertenecido. El trauma del muchacho fue tremendo al escuchar la revelación del tío; empezó a interesarse por su pasado familiar, leyó todo lo que estaba a su alcance sobre la historia y la tradición judía, y hoy en día está en Jerusalem preparando su retorno a las fuentes para reintegrarse a su viejo-nuevo origen.

Cuatro historias, cuatro estampas diferentes, muchos idiomas y costumbres en una misma sala del Hospital Shaarei Zedek.

 

La Muerte Vecina

A veces la muerte necesita nombre y apellido. Por eso, tal vez, porque es difícil, Israel decide honrar al último soldado muerto ese año. Este año, todos los soldados muertos se llamaron Yonatan Netanel, oficial comandante de destacamento, muerto por “fuego amigo” en el operativo “Plomo fundido” en la Franja de Gaza. Él y su familia fueron honrados por el estado y el ejército, las fotos de sus padres, su viuda, y su hijita Maayán salieron en todos los medios.

Yo recuerdo a Malki Netanel, la mamá de Yonatan, de la calle Arieh Dultzin, en el barrio de Guivat Masuá en Jerusalem. Allí viví 3 años con mi familia. Cuando recibimos muchos invitados, Malki nos prestó todas las sillas. Desde entonces, siempre nos saludaba, preguntaba si necesitábamos algo, se esforzaba en encontrar algo que pudiera hacer por nosotros. Con dulzura, sin cargosear, parecía explicarnos que al ayudarnos, nosotros en realidad la ayudábamos a ella. Los ortodoxos conciben una especie de “banco de mitzvot”: si hacen más buenas acciones, así les irá de bien en el mundo venidero, a la hora del último balance. Por eso, cuando uno hace una buena acción, te la agradecen diciendo: “shetizké lemitzvot”, algo así como: “que se te acrediten buenas acciones (en el banco del más allá)”.

Y Malki, mamá de Yonatan z”l, invertía mucho en su banco de mitzvot. Quizás será por eso que llamó a su hijo Yonatan, como una plegaria doble: Yonatan significa “Dios ha dado”. Y “Netanel” significa… exactamente lo mismo, aunque invertido: “Ha dado Dios”. Yonatan Netanel. Dios ha dado, ha dado Dios. Como un pedido, o como un temor y una premonición.

No lo sé, sólo sé que por lo que sabemos de este mundo de más acá, a Malki no le alcanzaron sus depósitos en el banco de más allá. A menos que estemos viendo, nosotros acá, todo al revés.

Una buena y hermosa familia, la familia Netanel, de Jerusalem. Yonatan murió por “fuego amigo” en el operativo “Plomo fundido”. Su padre, el rabino Amos Netanel, esposo de Malki, se apresuró a enviar una carta de “abrazo” y amor a los soldados que dispararon equivocadamente un obús de tanque contra la edificación en la que se ocultaron Yonatan y los soldados que comandaba.

Nada de venganza, nada de odio. Así debía ser, porque fue Dios el que lo ha dado. Y fue Dios el que ha quitado, quien sabe, para dar otra cosa.